lunes, 25 de julio de 2011
El lugar secreto
domingo, 12 de junio de 2011
Frutos silvestres

domingo, 5 de junio de 2011
Notas de otra época IV: Buscando en los libros

jueves, 26 de mayo de 2011
Notas de otra época III: Aprendices, Carpinteros, Ebanistas.

lunes, 23 de mayo de 2011
Notas de otra época II: El Aprendizaje

Nuestra imaginación colectiva postmoderna está saturada imágenes que representan a un maestro, que descubre en un individuo joven unas cualidades insospechadas por tanto por él mismo como por los demás. Acto seguido, este joven se convertirá en el elegido para desempeñar tal o cual labor de importancia para el resto de su comunidad. Si bien algo tiene de cierto la historia, ésta es una visión sesgada y, en múltiples ocasiones, pervertida, al descontextualizar el drama que se desarrolla en el interior del sujeto.
En realidad, siempre es el alumno quien elige al maestro, quedando bajo su responsabilidad el saber reconocer qué instructor es el adecuado. Sin embargo, aún antes que esto será necesario que pueda eligirse a sí mismo como receptor y portador del conocimiento. Iniciar la búsqueda del conocimiento es el producto de una toma de conciencia y como tal, conlleva la adquisición de una nueva responsabilidad. Es importante tener esto claro; cada cuál es responsable de su vida, de sus elecciones, y de cada una de las palabras y acciones que deriven de éstas.
Lo primero será, siempre, y ante todas las cosas, aprender a cuidar de uno mismo. Es terrible ver tantos aspirantes deseosos de encontrar un maestro externo que los elija, que por impaciencia acaban recibiendo un pobre fajo de fotocopias llenas de listados de correspondencias, objetos “mágicos o nombres de dioses/as, cuyas aplicaciones repetirán sin más como quien arregla un aparador… Dado que la sola enumeración y disposición de elementos no tiene ningún valor por sí misma, todo el ritual se convierte en una especie de teatrillo vacuo, y las herramientas que deberían ser catalizadores, en pura parafernalia, rozando la burla hacia aquello que debería sernos sagrado.
Otros peligros para aquellos que buscan ser descubiertos y pulidos como “diamantes en bruto” son el acabar convirtiéndose en las desgraciadas Galateas de algunos Pigmaliones -en una especie de versión tragicómica del mito-, o bien, directamente, en víctimas de uno o varios de los depredadores que merodean a la espera de que caiga alguna mente blandita para la cena. No podemos transitar el mundo atacados de paranoia, pero tampoco como si fuéramos pisando un lecho de rosas (de hecho, si uno resbala y va a caer en cualquiera de los dos extremos, está perdido). Sencillamente, no deberíamos dejar en manos de otros, ya sean hombres o dioses, las tareas que sólo a nosotros atañen, empezando por la que concierne a la propia formación.
La información nos llega de una forma constante, a través de muchos canales, tanto externos como internos. Una vez lleva uno cierto rodaje, empieza a comprender que no es tan importante “ser enseñado” como aprender, y que aprender no es sólo recibir información, sino separar aquella que es válida de la que no lo es, procesarla en nuestro interior, y saber qué hacer con ella en aplicación a la realidad de nuestra persona y nuestro entorno.
Del mismo modo que sucede con los buenos profesores, los buenos instructores saben que la mayoría de datos pueden consultarse en fuentes que están al alcance de todos, que más que su posesión, lo que importa es saber acudir a las fuentes correctas, las relaciones que establezcamos, y la coherencia de este análisis o elaboración con el uso o propósito al que está destinado.
Un maestro no es aquel que nos dará el listado con las respuestas correctas, sino aquel que azuzará nuestras mentes y, por supuesto, nuestras manos, para que se pongan a trabajar. Lo que en realidad importa no puede ser enseñado, sino simplemente vivido. Y la tarea de un maestro no es, por tanto, otra que la de inducir estas experiencias en la persona que recibe el entrenamiento, a través de los métodos que están bajo su competencia.
Pero en lo que llega el encuentro con una de estas personas, tampoco es conveniente lloriquear como un cachorro que ha extraviado a su mamá, dado que podriamos atraer con esta actitud múltiples elementos indeseados. Todo lo contrario. Empecemos por aprender a aprovechar los recursos a nuestro alcance, por poner a prueba nuestras propias capacidades. Como la vida misma el Arte es un camino solitario, en el que no siempre alguien podrá tomarnos de la mano para llevarnos a un lugar mejor… hay cuestiones que uno debe resolver solo.
Notas de otra época I

De vez en cuando nos encontramos con algo que escribimos hace tiempo, como si un espejo singular pudiera devolvernos la imagen de lo que alguna vez fuimos y darle voz. Ya no nos reconocemos plenamente en ella, es posible incluso que no nos caiga del todo bien, pero sabemos que era necesaria su existencia para llegar a ser lo que ahora somos. De hecho, del mismo modo en que sus conocimientos son más pobres y sus formas menos refinadas, tiene claro el lugar hacia el que señala, cumpliendo por lo tanto la función de recordárnoslo cuando empezamos a salirnos de nuestro propio camino.
Hace poco reencontré algunos artículos escritos allá por 2007, antes de venir a vivir a México. En su día debían formar parte de una serie que quedó inconclusa y nunca se publicó. Un sinfín de cosas han cambiado en estos años, incluyendo no sólo mi modo de decir las cosas, sino también los motivos. Sin embargo, si estos mismos textos pertenecieran otra persona, no me parecerían tan mal, así que, por lo que puedan servir a otros, he decidido publicarlos.
viernes, 25 de febrero de 2011
Momentos de felicidad
jueves, 3 de febrero de 2011
Desde la raíz
Con frecuencia la mitología describe cómo criaturas invencibles son derrotadas tras encontrar una debilidad no aparente. Por ejemplo, en los doce trabajos de Heracles; su fuerza sobrehumana ayuda, pero no es suficiente para superar las pruebas que debe enfrentar. Dadas sus evidentes desventajas físicas ante el resto de especies, si la humanidad ha podido sobrevivir ha sido gracias a su capacidad de adaptación cultural al medio. Por lo tanto, se podría decir que el rasgo distintivo, y tal vez la función, del ser humano es ser capaz de partir de una base acumulada de conocimiento y experiencia para pensar y probar nuevas soluciones en cada ámbito de la existencia. Otra cosa es que esta ventaja sea aprovechada.
Gran parte de nuestra vida funciona a través de procesos automatizados, lo cual nos permite el ahorro de tiempo, energía y demás recursos que supondría el detenernos a pensar cada cosa en cada momento antes de tomar una decisión, o realizar un movimiento. Sin embargo, si estos automatismos no han sido elegidos de modo consciente, es posible que repitamos una y otra vez los mismos errores, que vivamos una y otra vez toda suerte de cosas desagradables y empecemos a desesperarnos, ya agotados, porque nuestros esfuerzos por detenerlas parecen no funcionar. No hace mucho escribí sobre la necesidad egótica que nos lleva a pelear contra todo, valorando nuestro esfuerzo o sacrificio incluso por encima la efectividad de nuestras acciones. Dicho de otro modo, nuestra tendencia a complicarnos en exceso e inclinarnos a hacer una epopeya de cualquier cosa. En muchas ocasiones no es fuerza – ni siquiera fuerza de voluntad- lo que necesitamos, sino claridad mental para localizar el punto exacto en el que una ligera presión es más que suficiente.
Para encontrar soluciones adecuadas e introducir mejoras en nuestra vida y nuestro entorno, como si nos enfrentáramos a nuestra propia Hidra, resultará siempre más práctico el acudir a la raíz e identificar los programas que están funcionando en nosotros con el fin de realizar las modificaciones pertinentes. Como una de esas piezas pequeñas que parecen no hacer nada, pero son capaces de entorpecer o impedir el funcionamiento de una enorme máquina, en la raíz de cada cosa o situación que consideramos un problema suele encontrarse una idea errónea inducida desde el exterior, o bien una percepción incorrecta. La mayoría de veces ni siquiera nos damos cuenta de que está allí, y como estamos acostumbrados a su presencia y no levanta sospechas, puede tomar un tiempo remontar el hilo de nuestros pensamientos hasta dar con ese nudo.
Es probable que durante cierto tiempo a lo largo de nuestras vidas hayamos hecho uso de la magia, o de ciertas técnicas y conocimientos para enfrentar situaciones puntuales. Muchos libros están dedicados a compilar recetas, hechizos o incluso rituales para esto. La diferencia entre aplicar estas técnicas y estar en el sendero es la misma que existe entre tomar un medicamento para aliviar una dolencia en concreto y haber aprendido a llevar una vida saludable. Es más sencillo asimilar la relación “dolor-paracetamol”, que detenerse a examinar si nos duele la cabeza porque no estamos durmiendo bien, porque algo nos ha sentado mal, porque estamos preocupados, porque nos dio frío, etc. Podemos tomar paracetamol para aliviar el dolor de cabeza cada vez que éste se presenta, pero si encontramos el origen del asunto y aplicamos la solución adecuada, podemos evitar que el dolor aparezca y que sea necesario el medicamento. En el primer caso, la respuesta nos viene dada y no necesitamos comprender nada, pero acallamos el problema en lugar de resolverlo. En el segundo, sucede lo contrario, tenemos cierta idea de cuál podría ser la respuesta, pero es necesario prestar atención, adquirir conocimiento acerca del funcionamiento de nuestro cuerpo y actuar en consecuencia. Por este camino es posible que no sólo solucionemos el dolor de cabeza, sino que de paso nos sintamos, por ejemplo, más relajados y con mejor estado de ánimo.
El conocimiento, o la magia, no son elementos susceptibles de ser aislados; se filtran y extienden por todos los aspectos de nuestra vida y todos los segundos de nuestro tiempo. Llega un momento en el que desde dentro de nosotros parecen llamar a la magia o el conocimiento que se halla en cada cosa, y nos encontramos ante un mundo transformado, en el que vemos lo que antes nos estaba velado y experimentamos lo que un día nos pareció imposible. Este cambio no llega desde fuera, sino que emerge del interior pues, por insignificante que parezca, cada elemento que aparece en nuestra vida es como un ladrillo con el que, según elijamos, un puente o un muro, una casa o un mausoleo. Cuando tenemos claro qué queremos, nuestro ser va acumulando estas piezas y disponiéndolas en la forma que hemos seleccionado. Si nuestra intención no es clara, sólo las echará a un montón desordenado... Y si no nos damos cuenta de que un programa nocivo está funcionando en nuestro interior puede llegar a construirnos una fantástica cámara de tortura, o un fabuloso patíbulo.
Por lo tanto, es conveniente que permanezcamos atentos al modo en que estamos funcionando en nuestras relaciones, en nuestro lugar de trabajo, y en cualquier otro aspecto de nuestra vida incluyendo el modo en que nos hablamos a nosotros mismos. Evaluar nuestro sistema de creencias, de todo aquello que damos por sentado, y pensar un poco en aquellos puntos en los que podríamos mejorar sin demasiado esfuerzo. Atrevernos, por ejemplo, a pensar en aquello que realmente nos gustaría, en vez de en aquello con lo que nos podríamos conformar. Abrirnos a la posibilidad de algo realmente bueno, en vez de algo pasable. No se trata de condenarnos a la inconformidad, pues podemos hacer esto estando muy satisfechos y agradecidos con lo que ya tenemos, sino de estar dispuestos, dentro de nuestro campo de acción, a ir siempre un paso más allá y seguir trabajando por nosotros y aquellos que nos rodean. Y en vez de verlo como una penosa carga o un sacrificio, disfrutar del proceso.
jueves, 30 de diciembre de 2010
El pájaro de fuego

Nota: (1) Lo justo es hablar de resultados cumplidos: 5 de 5 en lo que a compromisos respecta, 9'5 de 11 objetivos cumplidos y - para mi sorpresa - 16'75 de los 18 deseos. No todos eran fáciles, no hice trampas al respecto. Ahora doy las gracias por la realización de todos ellos, incluyendo aquellos que han traído con ellos alguna que otra lección dura de digerir. El tiempo dirá, al repetir la experiencia, si ha sido sólo una cuestión de "suerte", pero como experiencia considero que las estadísticas están a favor de volverlo a probar.
domingo, 24 de octubre de 2010
Gandhi y la lata de atún
Gandhi y la lata de atúnVerónica Murguía (Las rayas de la cebra)
Publicado en La Jornada, el 17 de octubre de 2010"Mientras escribo estas líneas miro la portada de un libro editado por Thomas Merton que recoge algunas ideas de Mahatma Gandhi acerca de la no violencia y sus posibilidades espirituales y políticas. (...)Yo aspiro a ser pacifista, pero soy la peor del mundo. En los días que precedieron el bombardeo de Bagdad hice como doscientos letreros en los que se leía simplemente la palabra paz. Iba por todas partes con mis letreros bajo el brazo y pedía permiso para pegarlos en los escaparates de las tiendas. Entonces entré a una de ésas en las que hay incienso, fuentecitas y ángeles por todos lados. Me pareció apropiadísimo para poner un letrero pacifista, pues en la puerta se ofrecía “ayuda espiritual” y vendían cuarzos, gotas de Bach y cosas tranquilizadoras. Me llevé un chasco. Dijeron que no y que “ellos no se metían en cosas de ésas”. Les menté la madre. Gandhi me hubiera puesto como chancla. Decía de la gente como yo: quienes aspiran a ser pacifistas pero persisten en ser violentos –una mentada de madre es violencia– son hipócritas, deshonestos y cobardes.Después de este incidente han pasado muchas cosas. ¿Quién me iba a decir que mis carteles serían apropiados para la situación mexicana? (...)Sigo siendo una pésima aspirante a la ahimsa o paz. Bastan diez minutos de propaganda del Senado, gobierno federal, la Fundación Fox, Televisa o TV Azteca, para que se me vayan los estribos. Pero mis reflexiones, vertidas en el molde de nuestra realidad, tienen la paz, la resistencia no violenta a la brutalidad y la preservación de lo humano, como tema.Lo que me lleva a la lata de atún. Una noche iba de regreso a mi casa cuando escuché en la radio a dos periodistas quienes, estupefactos, se preguntaban qué pasaba que casi nadie llevaba ayuda a la Cruz Roja para los damnificados de Veracruz, Chiapas y Oaxaca. Decían, con razón, que en ocasión del terremoto que destruyó Puerto Príncipe, la ayuda fue tan abundante que no había dónde ponerla. ¿Y ahora?Tengo una hipótesis: estamos exhaustos. Escuchamos a diario noticias de balaceras, levantados, narcofosas, etcétera. Los desastres naturales son la cereza de un pastel horroroso y, además, nadie quiere que le tomen el pelo y que su donación sea usada como propaganda política, o robada por funcionarios sin escrúpulos. En el caso haitiano, tal vez la gente se dijo: yo doy lo que pueda y que se hagan bolas en Haití. Si se lo roban, será asunto de sus conciencias.Bueno, pues en este caso, dar la lata, aunque le pongan su calcomanía del PRI, como decían que estaba haciendo el gobernador de Veracruz, es resistencia pacífica. Sabemos lo que puede pasar, es decir, que hagan caravana con nuestro sombrero. Que acabe en la mesa de una persona corrupta. Lo sabemos. Nadie nos está haciendo tontos. Damos a pesar de ellos. Damos porque no podemos permitir que también nos quiten (junto con la posibilidad de trabajar y vivir en paz) la disposición a ser solidarios. Damos porque es una forma de diferenciarnos de ellos, los que están del lado de la descomposición y la indiferencia. Damos porque un acto solidario en estas circunstancias es un acto libérrimo y soberano. Nadie nos obliga a dar la lata de atún. Todo conspira en contra: el tráfico, el hastío, el temor a que no llegue a manos del hambriento, la desesperanza. Pero si lo damos a sabiendas de todo esto, nos alejamos del camino que lleva a este país a convertirse, de una sociedad, en una turba de gente con la boca abierta frente a la tele.
Demos, pues. "
