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lunes, 25 de julio de 2011

El lugar secreto




Todos hemos corrido a él en los momentos difíciles en búsqueda de serenidad. Puede ser un rincón del parque, una mesa concreta en una cafetería, un lugar en la playa, un recuerdo de nuestra infancia o una melodía. Puede ser físico o mental, pero en el lugar secreto el tiempo parece detenerse, y el espacio ajustarse a nuestra medida. Nada en él nos es demasiado extraño, nada constituye una amenaza; podemos recorrer su extensión entregados a la libertad de ser nosotros mismos. No hay que justificarse, no hay que dar explicaciones.

Tal vez por esto, algunas personas cometen el error de llevar sus fantasías a este lugar, volviéndolo estéril. El lugar secreto no es un escondite, no es un mundo a parte, necesita de la interacción con nuestras vidas reales, de un ir y venir constante de ideas y realizaciones.
El lugar secreto es seguro, pero no es sólo un refugio, sino un espacio para la reflexión y la práctica. Es lo que encontramos al deslizarnos por detrás del escenario, la tramoya de nuestras vidas, la sala de máquinas. Dentro de sus nebulosos límites podemos limpiar de elementos indeseables los lentes de nuestra interpretación, y atrevernos a observar un pedacito del mundo de un modo más cercano a lo que en verdad debe ser.

El lugar secreto es un lugar de trabajo, aunque el trabajo consista en algo tan aparentemente sencillo como pensar en aquello que somos y hacemos. Es muy fácil caer en la corriente de los sucesos, por esto tenemos que asegurarnos un tiempo y un lugar para centrarnos y empezar a participar de un modo consciente en nuestra vida. El lugar secreto nos recuerda aquello que queremos, y nos da las herramientas para conseguirlo.
Sin importar la programación de la radio o la tv, allí suena siempre nuestra propia música. Sin importar los discursos y consejos, bienintencionados o no, de aquellos que nos rodean, allí tenemos la información que necesitamos para tomar nuestras decisiones a resguardo de presiones ajenas, y allí realizamos nuestras elecciones antes de salir a los caminos del mundo exterior.

A lo largo de los años el lugar secreto nos da una idea algo más certera acerca de lo que somos, las etapas por las que pasamos, y aquello que éstas dejan en nuestra vida. Lo que allí vemos, lo que entendemos y decidimos, nos ayuda a forjar una referencia de nosotros mismos en la construcción de nuestras vidas y de nuestras relaciones con otros. ¿Qué haríamos si no temiéramos no ser la respuesta a expectativas ajenas? ¿Cómo nos sentiríamos si nadie estuviera dispuesto a juzgarnos? ¿Como cambiaría nuestra actitud hacia los demás si no nos sintiéramos amenazados?

No se trata de reducir el mundo a nuestra medida, sino de ampliar nuestra medida desde el núcleo. No salir a conquistar nuevos territorios, sino sentirnos siempre en casa en nuestra propia piel. Ser conscientes del papel que jugamos en la conservación de este espacio nos lleva a ser más selectivos con lo que dejamos entrar en él, especialmente esas cargas que llevamos usualmente con nosotros. También nos lleva a tratar a los demás de una manera más sincera, desnuda de artificios o segundas intenciones. Cuando nos acostumbramos a actuar y relacionarnos desde nuestro centro, esto tendría tanto sentido como ensuciar el agua que más tarde beberemos.

El "lugar seguro" tiene un papel fundamental en las prácticas de Pathworking pero, independientemente de éstas, se podría decir que todos tenemos uno. Depende de nosotros que lo usemos para evadirnos o para trabajar en la realización de aquello que más nos importa.

domingo, 12 de junio de 2011

Frutos silvestres



El desencanto es una medicina en la medida que nos ayuda a ver las cosas tal como son y no tal como quisiéramos que fueran, pero es también un veneno potencial que puede insensibilizarnos o inmovilizarnos. A menudo queremos estar preparados, más de la cuenta. Tratamos de preveernos de lo malo, y de lo demasiado bueno, midiendo cada paso y cada palabra, temerosos de la traición de nuestra sombra o incluso de nuestro aliento. De un posible vaho capaz de revelar que albergamos en nuestro interior el calor de las cosas vivas, de recordarnos de qué lado del espejo nos encontramos; cuál es la carne y cuál el reflejo.

Uno se lo piensa mucho antes de escribir sobre aquellas cosas que insospechadamente descienden a la raíz y remueven el fondo, despertando las voces de aquellas criaturas que, a pesar de no existir, permanecían allí dormidas. Cuando abren perezosas sus grandes ojos, vemos con ellas cosas que antes parecían no estar ahí. Nos empujan hacia las paredes entre las que nos encerramos, como si quisieran golpearnos con furia, sólo para que descubramos que todo el muro era una ilusión.

Y a veces uno se cansa de las líneas domesticadas, de las palabras bien portadas que han perdido aquel olor salvaje con el que nos acompañaban mientras cruzábamos a solas el bosque y decidieron seguirnos. A veces uno debe alejarse de las cosechas y volver redescubrir los frutos silvestres, unas veces más amargos, y otras más dulces que aquellos del agricultor, pero que en todo caso no están allí para ser explotados, ni serán arrancados aún verdes para madurar artificialmente en el viaje hacia el supermercado.

Hay lecciones que resultan demasiado caras como para ser desaprovechadas. Lecciones como un pasaje encantado que nos llevan, a través de la ruptura, más allá de nuestros propios límites; Allí dónde es tan difícil - como innecesario- dar explicaciones.
A veces partimos de una casa que fue un cascarón, con una o dos maletas, hacia un futuro a menudo imaginado, siempre incierto. El camino es en ocasiones una cuerda suspendida en el vacío, pero miramos al frente para no perder el equilibrio. Miramos atrás, a veces, y no sabríamos decir cómo salimos de aquella trampa, o cómo recuperamos el camino después de un largo extravío. Los finales se mezclan con los principios; repetimos escenarios y diálogos que más nos gustan como si fueran el estribillo de la canción de nuestros huesos.

Hay mañanas en las que todo parece nuevo, posiblemente porque lo es. Días en los que, sin previo aviso, las puertas se abren, las cosas ya no son lo que eran, aunque nos cueste tanto creerlo y aún más aceptarlo. Aquello que nos rodeaba, o aquello que nos habitaba, ha cambiado, por mucho que temamos ser engañados y terminar confirmando nuestra expectativa de fracaso. Y una parte de nosotros se ha preparado ya para dar el salto -por más que tenga que cargar con el peso de nuestro recelo-, y remontar el vuelo hacia un paisaje desconocido, desde el que abordar nuevas tareas y acunar nuevas preguntas.

Todo lo extraño en nosotros nos devuelve al espejo, a tomar conciencia de aquello que no queríamos, no podíamos, o no sabíamos ver de nosotros y del mundo hasta el momento. Tal vez necesitemos nuevas palabras para describir nuevas sensaciones, nuevos objetos de referencia. Tal vez nuestras palabras se transformen simplemente en una sonrisa, o en el desencadenante de una serie de acciones. A veces es mejor no saber qué va a pasar, especialmente si eso significa que estamos recuperando nuestro presente.

domingo, 5 de junio de 2011

Notas de otra época IV: Buscando en los libros


The Fall (2005), Chris Peters



Buscando libros


A la hora de buscar libros, es útil fijarse más allá de la portada y la sinopsis, en datos como obras del autor y de la editorial. Al igual que se encontramos “estilos” ( y “modas”) en el vestir, también los encontraremos en el mundo editorial, así como en las corrientes interpretativas de la historia. Si prestamos atención a estos datos, en combinación con nuestras lecturas, podremos identificar qué estilo personal, corriente y época corresponde a cada autor, de modo que, por acumulación de estos datos, acabaremos por tener un contexto que nos permitirá saber con bastante exactitud qué podemos esperar de un libro sólo con ojear esa páginas de créditos comúnmente ignoradas. Por esto resulta muy importante dar referencias completas a la hora de mencionar una obra, o citar un fragmento de la misma. Es una norma de cortesía entre los buscadores, el tipo de trabajo que no se hace tan sólo para uno mismo, sino también para los demás, y para la búsqueda en sí.

Pero no se trata sólo acelerar y precisar el resultado de nuestra búsqueda (y la de otros), sino, al mismo tiempo, ser capaces de discernir las particularidades de cada texto. Creo recomendable considerar la objetividad como un valor que debe anteceder a la detracción, antes de apasionarse con un punto de vista dado.

Todos estamos enlazados con el tiempo en el que vivimos, y al que pertenecemos, que ejerce el poderoso influjo de su presencia continua, consciente o no, a nuestro alrededor. En segundo término, todos estamos influenciados por la cultura en la que hemos sido educados, o bien por la “tradición” o “escuela de conocimiento” en la que hemos desarrollado nuestra formación. En tercera instancia nuestra historia personal y nuestro carácter también nos condicionan. El discurso de cualquier autor está teñido en mayor o menor medida por estos tres factores y, en consecuencia, ninguna obra puede ser completamente imparcial. No nos conviene ser ingenuos al acercarnos a ella en busca de información: estas influencias pueden hacer que el autor que estamos leyendo, o la corriente en la que éste se engloba, deforme sutilmente la realidad de la que se está hablando. En el mejor de los casos, se tratará de una visión parcial, pero no dogmática; en el peor, lamentablemente, ciertos autores llegan a hacer trampa, amañando los datos o bien mostrándolos de un modo sesgado, ofreciendo sólo aquellos que convengan a las conclusiones que ocupan su exposición.

Es necesario mantener despierta nuestra capacidad de cuestionar, así como poner un límite a nuestra confianza o creencia, o al menos no regalarlas al primero que pase y “hable bonito”... Debemos respetar el valor de nuestro propio juicio, cuya capacidad de crítica se templará y se afinará con la adquisición de saber y experiencia. Por el bien de nuestra formación y crecimiento, será conveniente contrastar autores, corrientes y puntos de vista, con el fin de compensar o corregir los excesos de cada cuál con su contrario y hacernos una idea más cercana a la objetividad. Si bien cuando alcancemos el grado de madurez correspondiente, será lícito y preciso tomar una visión particular sobre cualquier asunto, que debería seguir evolucionando con nosotros. Sin embargo, hay que tener en cuenta que ser crítico no es lo mismo que andar de criticones o quisquillosos, del mismo modo que adquirir conocimiento no es lo mismo que andar de sabelotodo o pedante.



Piezas Faltantes


El nivel de comprensión depende tanto del autor como del lector. El primero, permanece inmutable, en el sentido que la obra ha sido fijada ( si bien algunos autores añaden notas, introducciones o mejoras en sucesivas ediciones de la obra); el segundo depende de nuestra situación personal. Una interesante experiencia se da con ese libro preferido que suele acompañarnos a lo largo de varios años de nuestra vida, ese al que regresamos cada cierto tiempo, y que cada vez que releemos nos da algo que antes nos pasó desapercibido.

Un obstáculo que podemos encontrar es que, cuando no contamos con un instructor más experimentado al que podamos preguntar, no entendemos algunas referencias o datos proporcionados por los libros que hemos atesorado, y se nos hace difícil situarlos en árbol de nuestro conocimiento… que de repente parece más una escoba despeinada que a un árbol. Pero hay que tener en cuenta que si nos acercamos a libros que provienen de escuelas de conocimiento, con sistemas consolidados, que parecen dirigidos directamente a los “entendidos” en la materia, es normal toparnos con cosas así. Así mismo, en ocasiones encontramos antes el libro que cuenta el final de la película que el que relata el principio. Muchas escuelas comparten conceptos similares o correspondientes, a los que dan nombres diferentes o agrupan de un modo distinto.

Nuestra formación en este sentido se asemeja mucho al montaje de un rompecabezas; empezamos por las esquinas, que son las piezas más fáciles de reconocer, y progresamos a medida que encontramos otras que encajan con éstas… pero siempre hay unas últimas piezas que no sabemos ubicar hasta que todas las de su alrededor nos revelan su perfil. Eso sí, llegar a esa sensación de júbilo súbito y arrebatador de poner en su lugar la pieza rebelde, requiere cierta paciencia.


Subjetividad y comunicación


El conocimiento objetivo es aquel que puede transmitirse de una a otra persona, con la mínima variación en lo que a su esencia se refiere. Si señalo un árbol a otra persona, ésta convendrá conmigo en que aquello es un “árbol”. Ciertamente, luego podemos discutir otros conceptos, como el nombre de su especie o si el color de sus hojas se ve más marrón que verde... Pero en cualquier caso, tanto esa persona como yo tendremos una idea común de lo que es una “especie” de árbol o lo que son “el marrón” y el “verde”- ese tipo de datos, en un ejemplo rudimentario, serían los de carácter objetivo.

Los datos subjetivos son aquellos que no podemos trasladar con la seguridad de que el receptor los perciba tal como nosotros lo hacemos. Esto es, si trato de explicar a alguien lo que significa para mí la visión de ese árbol. Ésta aproximación subjetiva será también lícita para nuestra lectura, y de hecho, en nuestro aprendizaje y formación personal nos veremos obligados a trabajar repetidamente sobre este nivel.

Ahora bien, dada la función referencial de los datos objetivos ( idealmente objetivos sería una definición más adecuada, que pertenecen al espacio común), en nuestra comunicación con otros, a fin de relacionarnos con el debido respeto hacia las tradiciones o escuelas de conocimiento así como hacia otros buscadores, deberemos tratar de no confundir la naturaleza de éstos datos objetivos con la de aquellos subjetivos (o más personales, que pertenecen a la esfera de nuestra intimidad).

Aplicado a los libros (pero también a otros campos), esta lectura subjetiva se aplica cuando hacemos reelaboraciones de las ideas que nos da a conocer el autor, cuando interpretamos a nuestro modo éstas ideas, o cuando dejamos de lado al autor y su intención, para abrazar las sugerencias que sus letras inspiran en nosotros. Dirigida del modo adecuado, esta interpretación puede llevarse a cabo sin que se convierta en un sacrilegio, o una falta de cortesía.

Es posible que al acercarnos a un autor complejo no tengamos ni la formación ni la experiencia necesaria para entender el mensaje que éste quiso transmitir; pero las imágenes que la lectura despierten en nosotros una respuesta, los fragmentos escogidos, leídos y releídos, pueden hacernos pensar acerca de algunas ideas y elaborar teorías propias que cumplan una función en un momento determinado de nuestra vida.
Lo ilícito, lo nocivo, sería creer que esa interpretación es la misma que le dio su autor, o escribir todas esas especulaciones … y pretender convencer a otros de que son el “auténtico” legado del autor que, curiosamente, nadie ha comprendido bien salvo nosotros o nuestro grupo…

Tanto la búsqueda de datos objetivos como la de subjetivos se pueden realizar en la lectura de obras específicas acerca de escuelas de conocimiento, y, sin embargo, es aconsejable de vez en cuando alejarse del género “manual” o “tratado” para echar un vistazo a la literatura. Ya sea en los grandes clásicos, como en pequeñas joyas encontradas dónde menos espera uno (por ejemplo, aquellas obras destinadas a un público infantil), la literatura presenta, a menudo, una visión privilegiada de la vida y las posibilidades del ser humano; y permite al tiempo una mayor libertad en lo que a interpretaciones y reinterpretaciones se refiere.

Más allá de este aspecto, se da el caso de que, frecuentemente, obras bajo una apariencia meramente literaria llevan en sí una carga mayor de información útil y valiosa para nuestra búsqueda que otras obras creadas con fines pretendidamente pedagógicos.

jueves, 26 de mayo de 2011

Notas de otra época III: Aprendices, Carpinteros, Ebanistas.




Aprendices, Carpinteros, Ebanistas. (2007)

Tanto si estamos empezando la búsqueda, como si ya llevamos algún tiempo en ella es probable que alberguemos ciertas dudas acerca de quién es quién en el mundo de la magia, la espiritualidad, el conocimiento o la tradición; y todas las “respuestas” parezcan venir codificadas en intrincados sistemas de grados, jerarquías, modalidades y estilos.
A menudo, las cosas pueden comprenderse aferrándonos a una sencilla explicación. Pensemos , a modo de metáfora, en el conjunto de personas que trabajan la madera; aficionados, profesionales y artesanos. Los primeros serán capaces de hacer un arreglo en casa ante una urgencia. Los segundos, deben ser capaces de realizar un trabajo de calidad y se espera de ellos que posean los conocimientos y destreza necesarios para elaborar piezas fiables. En tercer lugar, los artesanos emplearán su saber y habilidad, aderezados con esa percepción acrecentada por los años de experiencia, en la creación de obras destinadas a ir más allá de las prestaciones comunes del objeto.

No importa si hablamos de un trabajo de la madera destinado a la estructura de un barco, o a la confección de mobiliario, o si dentro de éste último se pretende una tendencia rústica o de diseño innovador; El aprendiz o aficionado, tomará como referente al profesional, y éste, a su vez, al artesano que conserva el legado de la profesión y posee el secreto de sus tesoros.

En el universo del buscador, ocurre exactamente lo mismo; Ningún carpintero mirara con malos ojos a un niño que le presente con desparpajo una creación – por desastrosa que ésta sea- nacida del deseo de imitar a sus ídolos, como tampoco a un aprendiz que comete un error no avisado y que se apresura a buscar el modo de comprender dónde está el fallo, con la firme intención de no repetirlo. Muy diferente ha de ser, sin embargo, la reacción ante un estafador, una persona que esté ofreciendo algo que queda por encima de sus capacidades, o bien alguien que esté ofreciendo un trabajo de pésima calidad con la intención de sacar un margen de beneficio mayor, sin pensar en el perjuicio que pueda provocar a los usuarios.

Cada paso que se da en la búsqueda nos liga a una responsabilidad no sólo hacia nosotros mismos, sino también para con los demás, y con el Camino. Esto obliga desde un buen principio a no inventar cuentos que puedan conducir a otros a un equívoco, especialmente cuando no se tiene una respuesta clara sobre una pregunta dada; y, en cuanto a la práctica, a que los experimentos sólo se hagan en casa, pues en la mayoría de casos es mejor no hacer nada que dejar a una persona peor de lo que estaba antes de encontrarse con uno.

A menudo se ha criticado el comercio de lo sagrado, es decir el intercambio de servicios "mágicos" por dinero. Existe otra modalidad, más sutil, en la que ciertos individuos obtienen un beneficio personal a costa de su clientela, esta vez de carácter psicológico más que económico, y es a través del engaño explícito o implícito. Mienten cuando se presentan como portadores de un legado que jamás recaerá en sus manos, cuando contaminan el mundo con una fuente prácticamente inagotable de desinformación, o cuando muestran a los demás un surtido de sus “capacidades” o “conocimientos” como si éstos fueran lo único a lo que se puede aspirar.

Fallando en la primera prueba, poco es lo que pueden enseñar; ellos cierran para el auténtico buscador las puertas que es su legítimo derecho abrir. Por lo tanto, al mismo tiempo, el escoger a los instructores adecuados es a la vez la primera lección y la primera elección crucial para el que se embarca en la búsqueda.

A pesar de la diferencia de criterios, a pesar de las múltiples modalidades y estilos, lo cierto es que la mayoría de auténticos buscadores son capaces de reconocerse entre sí, y todos los que merezcan dicha categoría reconocerán la figura de un maestro. De modo que, si en un momento dado nos sentimos algo extraviados, podemos acercarnos respetuosamente a una de éstas figuras de referencia, a pesar de no sentirnos identificados completamente con la modalidad en la que desarrolla su tarea, pues posiblemente pueda darnos las indicaciones precisas para localizar aquellos contactos más afines a nosotros. Para cualquier persona que esté en el Camino, dar indicaciones a los recién llegados, despistados o extraviados es parte de la tarea a realizar.

lunes, 23 de mayo de 2011

Notas de otra época II: El Aprendizaje


La leçon difficile (1884), William-Adolphe Bouguereau



El Aprendizaje
(2007)

Nuestra imaginación colectiva postmoderna está saturada imágenes que representan a un maestro, que descubre en un individuo joven unas cualidades insospechadas por tanto por él mismo como por los demás. Acto seguido, este joven se convertirá en el elegido para desempeñar tal o cual labor de importancia para el resto de su comunidad. Si bien algo tiene de cierto la historia, ésta es una visión sesgada y, en múltiples ocasiones, pervertida, al descontextualizar el drama que se desarrolla en el interior del sujeto.

En realidad, siempre es el alumno quien elige al maestro, quedando bajo su responsabilidad el saber reconocer qué instructor es el adecuado. Sin embargo, aún antes que esto será necesario que pueda eligirse a sí mismo como receptor y portador del conocimiento. Iniciar la búsqueda del conocimiento es el producto de una toma de conciencia y como tal, conlleva la adquisición de una nueva responsabilidad. Es importante tener esto claro; cada cuál es responsable de su vida, de sus elecciones, y de cada una de las palabras y acciones que deriven de éstas.

Lo primero será, siempre, y ante todas las cosas, aprender a cuidar de uno mismo. Es terrible ver tantos aspirantes deseosos de encontrar un maestro externo que los elija, que por impaciencia acaban recibiendo un pobre fajo de fotocopias llenas de listados de correspondencias, objetosmágicos o nombres de dioses/as, cuyas aplicaciones repetirán sin más como quien arregla un aparador… Dado que la sola enumeración y disposición de elementos no tiene ningún valor por sí misma, todo el ritual se convierte en una especie de teatrillo vacuo, y las herramientas que deberían ser catalizadores, en pura parafernalia, rozando la burla hacia aquello que debería sernos sagrado.

Otros peligros para aquellos que buscan ser descubiertos y pulidos como “diamantes en bruto” son el acabar convirtiéndose en las desgraciadas Galateas de algunos Pigmaliones -en una especie de versión tragicómica del mito-, o bien, directamente, en víctimas de uno o varios de los depredadores que merodean a la espera de que caiga alguna mente blandita para la cena. No podemos transitar el mundo atacados de paranoia, pero tampoco como si fuéramos pisando un lecho de rosas (de hecho, si uno resbala y va a caer en cualquiera de los dos extremos, está perdido). Sencillamente, no deberíamos dejar en manos de otros, ya sean hombres o dioses, las tareas que sólo a nosotros atañen, empezando por la que concierne a la propia formación.

La información nos llega de una forma constante, a través de muchos canales, tanto externos como internos. Una vez lleva uno cierto rodaje, empieza a comprender que no es tan importante “ser enseñado” como aprender, y que aprender no es sólo recibir información, sino separar aquella que es válida de la que no lo es, procesarla en nuestro interior, y saber qué hacer con ella en aplicación a la realidad de nuestra persona y nuestro entorno.

Del mismo modo que sucede con los buenos profesores, los buenos instructores saben que la mayoría de datos pueden consultarse en fuentes que están al alcance de todos, que más que su posesión, lo que importa es saber acudir a las fuentes correctas, las relaciones que establezcamos, y la coherencia de este análisis o elaboración con el uso o propósito al que está destinado.

Un maestro no es aquel que nos dará el listado con las respuestas correctas, sino aquel que azuzará nuestras mentes y, por supuesto, nuestras manos, para que se pongan a trabajar. Lo que en realidad importa no puede ser enseñado, sino simplemente vivido. Y la tarea de un maestro no es, por tanto, otra que la de inducir estas experiencias en la persona que recibe el entrenamiento, a través de los métodos que están bajo su competencia.

Pero en lo que llega el encuentro con una de estas personas, tampoco es conveniente lloriquear como un cachorro que ha extraviado a su mamá, dado que podriamos atraer con esta actitud múltiples elementos indeseados. Todo lo contrario. Empecemos por aprender a aprovechar los recursos a nuestro alcance, por poner a prueba nuestras propias capacidades. Como la vida misma el Arte es un camino solitario, en el que no siempre alguien podrá tomarnos de la mano para llevarnos a un lugar mejorhay cuestiones que uno debe resolver solo.


Notas de otra época I


Katia lisant (1968-76), Balthus

De vez en cuando nos encontramos con algo que escribimos hace tiempo, como si un espejo singular pudiera devolvernos la imagen de lo que alguna vez fuimos y darle voz. Ya no nos reconocemos plenamente en ella, es posible incluso que no nos caiga del todo bien, pero sabemos que era necesaria su existencia para llegar a ser lo que ahora somos. De hecho, del mismo modo en que sus conocimientos son más pobres y sus formas menos refinadas, tiene claro el lugar hacia el que señala, cumpliendo por lo tanto la función de recordárnoslo cuando empezamos a salirnos de nuestro propio camino.

Hace poco reencontré algunos artículos escritos allá por 2007, antes de venir a vivir a México. En su día debían formar parte de una serie que quedó inconclusa y nunca se publicó. Un sinfín de cosas han cambiado en estos años, incluyendo no sólo mi modo de decir las cosas, sino también los motivos. Sin embargo, si estos mismos textos pertenecieran otra persona, no me parecerían tan mal, así que, por lo que puedan servir a otros, he decidido publicarlos.


viernes, 25 de febrero de 2011

Momentos de felicidad


Porque sí llegan, había que escribir un poco al respecto. Con algo más que suerte y algo menos que sacrificio, los momentos de felicidad aprenden a encontrarnos. No salir a abrazarlos debería ser considerado un crimen porque creo firmemente que la felicidad no es sino la consecuencia natural de haber hecho algo bien.

He publicado muy poco en las últimas semanas, mientras del otro lado de la pantalla ha habido -y, de hecho, aún hay-, mucho que hacer. La explotación intensiva no tiene caso, cada trabajo que realizamos tiene un ritmo y unas condiciones propias. Tampoco tiene demasiado sentido fijar una meta o alimentar un deseo si una vez que llegamos a ella o éste se realiza lo dejamos pasar con indiferencia.

La verdad es que estoy viviendo momentos muy felices prácticamente en cada aspecto de mi existencia y me entrego a la tarea de recolectar algunos datos acerca de los mismos... Más que nada porque si algo tengo claro es que no son fruto de la casualidad.

Primero se vive, luego se escribe al respecto.

De todos modos quería avisar que en las últimas semanas he recibido más correo que de costumbre, así que es posible que entre una cosa y otra tarde en responder los mails, pero lo haré. Mientras tanto, www.perroaullador.blogspot.com, en su tercer aniversario, cuenta con más de 200 posts publicados :)

Gracias por estar ahí,

Vae.



jueves, 3 de febrero de 2011

Desde la raíz



Con frecuencia la mitología describe cómo criaturas invencibles son derrotadas tras encontrar una debilidad no aparente. Por ejemplo, en los doce trabajos de Heracles; su fuerza sobrehumana ayuda, pero no es suficiente para superar las pruebas que debe enfrentar. Dadas sus evidentes desventajas físicas ante el resto de especies, si la humanidad ha podido sobrevivir ha sido gracias a su capacidad de adaptación cultural al medio. Por lo tanto, se podría decir que el rasgo distintivo, y tal vez la función, del ser humano es ser capaz de partir de una base acumulada de conocimiento y experiencia para pensar y probar nuevas soluciones en cada ámbito de la existencia. Otra cosa es que esta ventaja sea aprovechada.

Gran parte de nuestra vida funciona a través de procesos automatizados, lo cual nos permite el ahorro de tiempo, energía y demás recursos que supondría el detenernos a pensar cada cosa en cada momento antes de tomar una decisión, o realizar un movimiento. Sin embargo, si estos automatismos no han sido elegidos de modo consciente, es posible que repitamos una y otra vez los mismos errores, que vivamos una y otra vez toda suerte de cosas desagradables y empecemos a desesperarnos, ya agotados, porque nuestros esfuerzos por detenerlas parecen no funcionar. No hace mucho escribí sobre la necesidad egótica que nos lleva a pelear contra todo, valorando nuestro esfuerzo o sacrificio incluso por encima la efectividad de nuestras acciones. Dicho de otro modo, nuestra tendencia a complicarnos en exceso e inclinarnos a hacer una epopeya de cualquier cosa. En muchas ocasiones no es fuerza – ni siquiera fuerza de voluntad- lo que necesitamos, sino claridad mental para localizar el punto exacto en el que una ligera presión es más que suficiente.

Para encontrar soluciones adecuadas e introducir mejoras en nuestra vida y nuestro entorno, como si nos enfrentáramos a nuestra propia Hidra, resultará siempre más práctico el acudir a la raíz e identificar los programas que están funcionando en nosotros con el fin de realizar las modificaciones pertinentes. Como una de esas piezas pequeñas que parecen no hacer nada, pero son capaces de entorpecer o impedir el funcionamiento de una enorme máquina, en la raíz de cada cosa o situación que consideramos un problema suele encontrarse una idea errónea inducida desde el exterior, o bien una percepción incorrecta. La mayoría de veces ni siquiera nos damos cuenta de que está allí, y como estamos acostumbrados a su presencia y no levanta sospechas, puede tomar un tiempo remontar el hilo de nuestros pensamientos hasta dar con ese nudo.

Es probable que durante cierto tiempo a lo largo de nuestras vidas hayamos hecho uso de la magia, o de ciertas técnicas y conocimientos para enfrentar situaciones puntuales. Muchos libros están dedicados a compilar recetas, hechizos o incluso rituales para esto. La diferencia entre aplicar estas técnicas y estar en el sendero es la misma que existe entre tomar un medicamento para aliviar una dolencia en concreto y haber aprendido a llevar una vida saludable. Es más sencillo asimilar la relación “dolor-paracetamol”, que detenerse a examinar si nos duele la cabeza porque no estamos durmiendo bien, porque algo nos ha sentado mal, porque estamos preocupados, porque nos dio frío, etc. Podemos tomar paracetamol para aliviar el dolor de cabeza cada vez que éste se presenta, pero si encontramos el origen del asunto y aplicamos la solución adecuada, podemos evitar que el dolor aparezca y que sea necesario el medicamento. En el primer caso, la respuesta nos viene dada y no necesitamos comprender nada, pero acallamos el problema en lugar de resolverlo. En el segundo, sucede lo contrario, tenemos cierta idea de cuál podría ser la respuesta, pero es necesario prestar atención, adquirir conocimiento acerca del funcionamiento de nuestro cuerpo y actuar en consecuencia. Por este camino es posible que no sólo solucionemos el dolor de cabeza, sino que de paso nos sintamos, por ejemplo, más relajados y con mejor estado de ánimo.

El conocimiento, o la magia, no son elementos susceptibles de ser aislados; se filtran y extienden por todos los aspectos de nuestra vida y todos los segundos de nuestro tiempo. Llega un momento en el que desde dentro de nosotros parecen llamar a la magia o el conocimiento que se halla en cada cosa, y nos encontramos ante un mundo transformado, en el que vemos lo que antes nos estaba velado y experimentamos lo que un día nos pareció imposible. Este cambio no llega desde fuera, sino que emerge del interior pues, por insignificante que parezca, cada elemento que aparece en nuestra vida es como un ladrillo con el que, según elijamos, un puente o un muro, una casa o un mausoleo. Cuando tenemos claro qué queremos, nuestro ser va acumulando estas piezas y disponiéndolas en la forma que hemos seleccionado. Si nuestra intención no es clara, sólo las echará a un montón desordenado... Y si no nos damos cuenta de que un programa nocivo está funcionando en nuestro interior puede llegar a construirnos una fantástica cámara de tortura, o un fabuloso patíbulo.

Por lo tanto, es conveniente que permanezcamos atentos al modo en que estamos funcionando en nuestras relaciones, en nuestro lugar de trabajo, y en cualquier otro aspecto de nuestra vida incluyendo el modo en que nos hablamos a nosotros mismos. Evaluar nuestro sistema de creencias, de todo aquello que damos por sentado, y pensar un poco en aquellos puntos en los que podríamos mejorar sin demasiado esfuerzo. Atrevernos, por ejemplo, a pensar en aquello que realmente nos gustaría, en vez de en aquello con lo que nos podríamos conformar. Abrirnos a la posibilidad de algo realmente bueno, en vez de algo pasable. No se trata de condenarnos a la inconformidad, pues podemos hacer esto estando muy satisfechos y agradecidos con lo que ya tenemos, sino de estar dispuestos, dentro de nuestro campo de acción, a ir siempre un paso más allá y seguir trabajando por nosotros y aquellos que nos rodean. Y en vez de verlo como una penosa carga o un sacrificio, disfrutar del proceso.

jueves, 30 de diciembre de 2010

El pájaro de fuego


Ilustración para "El pájaro de fuego"

Otra llamada
que la del bosque, hace pura
la umbría insomne.
Yo voy delante. ¿Sigues?
No me giraré. ¿Me amas?

Carles Riba, Del Foc i del joc (1946).


En el corazón del invierno se suceden los últimos días del año gregoriano, con su corte de recuerdos del tiempo en que crecimos; Reuniones familiares, campanadas y uvas, apartarse un poco del bullicio y pegarse al cristal empanado de la ventana para perder la vista en la oscuridad salpicada de luces de colores. Sosteniendo con fuerza un puñado de deseos, para dejarlos volar más allá de un cielo nocturno empapado de toda la expectación de un nuevo principio.
Podemos hacerlo en cualquier momento, pero culturalmente - y aunque a menudo no se aproveche como un trabajo real - conservamos la tendencia a reservar algo de este tiempo para la revisión de lo que ha pasado en nuestras vidas a lo largo del año que se va, y plantear nuevos propósitos para el que viene. Hace poco más de un año, con motivo del Solsticio de Invierno, hablé de las listas de compromisos, objetivos y deseos... (*)

La rueda del año me deja en otro punto esta vez, en aquello que sentimos cuando nos hallamos en el trance que discurre desde un final a un nuevo principio. Se suele emplear la imagen de la puerta, o del umbral, y sin embargo, rara vez cerramos los ojos para abrirlos en una realidad distinta. Sin embargo, a menudo el paso de un estadio a otro se asemeja más a un largo y angosto pasillo, un sendero poblado de fantasmas, como el que conduce del Inframundo a la luz del sol. Un recorrido imposible de cuantificar en tiempo o distancia, en el que como Psique, no podemos dejarnos atrapar por las espectrales manos que se tienden hacia nosotros, implorando nuestra atención y, como Orfeo, no podemos ni siquiera permitirnos mirar atrás. El mismo recorrido que lleva de la disolución a la germinación, de Samhain a Imbolg, en el que perdernos no significa ya morir, sino vagar por tiempo indefinido en la región de las sombras y despertar, tal vez, a la otra orilla de una vasta laguna de años de incertidumbre.

Puede no ser un recorrido agradable, cuando quedamos suspendidos entre el dolor por la pérdida y el deleite de aquello que está por llegar, entre nuestros deseos de felicidad y nuestra tendencia al autocastigo. Pero estamos preparados para ello, y podemos dejarnos llevar con confianza por la parte de nosotros que sabe lo que debe hacer. Somos más fuertes de lo que solemos considerar, sobrevivimos cuando el mundo de ilusiones que hemos dejado crecer a nuestro alrededor se derrumba, y lo hacemos, porque no somos ese reflejo pálido que lo recorre y juega a ser el rey, sino el ser que se permite proyectarlo. El despertar de esa conciencia que manteníamos en letargo puede ser como un gran pájaro de fuego alzándose y abrasando aquello que pueda impedirle batir sus alas. Y en muchas ocasiones la liberación no consiste tanto en romper un manojo de cadenas, sino en aceptar que nunca estuvieron ahí realmente.

Es comprensible que resulte aterrador, tanto cuando lo vemos como un cúmulo de factores externos que vienen a perturbar nuestro "statu quo", como cuando nos sentimos identificados con ello. Ir por el mundo destrozando aquello que ha tardado años en formarse y que, de alguna manera, "ya estaba bien", no suele hacernos sentir precisamente mejor con nosotros mismos. Solemos quedarnos a vivir por demasiado tiempo en un sueño petrificado, aunque la vida nos empuje siempre hacia adelante, incluso en el discreto destello de las pequeñas cosas.

Cuando el ave ígnea despliega sus alas y se dispone a emprender el vuelo, pensamos antes en aquello que va a terminar, en vez de en la bendición del vuelo. Posiblemente esta sea la causa de que suframos demasiadas veces los embates del monstruo de fuego al que insistimos en encerrar una y otra vez en la misma jaula imposible, y que sepamos tan poco del arte de volar, a pesar de que esté escrito en nuestra sangre como la canción más vieja del mundo.


***

Nota: (1) Lo justo es hablar de resultados cumplidos: 5 de 5 en lo que a compromisos respecta, 9'5 de 11 objetivos cumplidos y - para mi sorpresa - 16'75 de los 18 deseos. No todos eran fáciles, no hice trampas al respecto. Ahora doy las gracias por la realización de todos ellos, incluyendo aquellos que han traído con ellos alguna que otra lección dura de digerir. El tiempo dirá, al repetir la experiencia, si ha sido sólo una cuestión de "suerte", pero como experiencia considero que las estadísticas están a favor de volverlo a probar.

domingo, 24 de octubre de 2010

Gandhi y la lata de atún

Hace tiempo que no publico una nota o fragmento de prensa. Sigo leyendo los periódicos, como un reto, un intento de localizar uno o varios destellos de algo más o menos esperanzador entre la habitual sucesión de desgracias. La proporción entre lo uno y lo otro no me abruma. Como he comentado en alguna ocasión, no se trata de obsesionarse con el mal, ni tampoco de ignorarlo o negarlo, sino de hacer algo que valga la pena ser hecho, a pesar la larga sombra que proyecta sobre nuestras vidas.

Sin embargo, las personas que se que se ocupan en hacer y crear esas cosas que valen la pena, y compartirlas con otros, que en resumidas cuentas llevan a cabo una activa resistencia en múltiples frentes contra el guión dramático que parece imponerse sobre la actualidad (y no me refiero a la mexicana, sino a la mundial), raramente se dan a conocer en estos grandes medios. Uno las encuentra más a menudo en sus casas, en sus centros de trabajo, en pequeñas comunidades, o en algún rincón de internet, un blog, un podcast. Cada vez que doy con uno de ellos, despiertan mi admiración. Cada vez que descubro que allí había alguien con la luz prendida, por pequeña que sea, y aunque yo, como tantos otros, la ignoraran hasta el momento, doy las gracias porque sean muchos los que están dispuestos a hacer algo bueno, en muchas ocasiones sin esperar nada a cambio.

Dicho esto, hace unos días encontré uno de esos escritos que contra la tendencia antes mencionada, sí aparecen en prensa, y nos animan a seguir haciendo lo que creemos correcto, a pesar de los pesares. Y aquí está.

Gandhi y la lata de atún
Verónica Murguía (Las rayas de la cebra)
Publicado en La Jornada, el 17 de octubre de 2010


"Mientras escribo estas líneas miro la portada de un libro editado por Thomas Merton que recoge algunas ideas de Mahatma Gandhi acerca de la no violencia y sus posibilidades espirituales y políticas. (...)

Yo aspiro a ser pacifista, pero soy la peor del mundo. En los días que precedieron el bombardeo de Bagdad hice como doscientos letreros en los que se leía simplemente la palabra paz. Iba por todas partes con mis letreros bajo el brazo y pedía permiso para pegarlos en los escaparates de las tiendas. Entonces entré a una de ésas en las que hay incienso, fuentecitas y ángeles por todos lados. Me pareció apropiadísimo para poner un letrero pacifista, pues en la puerta se ofrecía “ayuda espiritual” y vendían cuarzos, gotas de Bach y cosas tranquilizadoras. Me llevé un chasco. Dijeron que no y que “ellos no se metían en cosas de ésas”. Les menté la madre. Gandhi me hubiera puesto como chancla. Decía de la gente como yo: quienes aspiran a ser pacifistas pero persisten en ser violentos –una mentada de madre es violencia– son hipócritas, deshonestos y cobardes.

Después de este incidente han pasado muchas cosas. ¿Quién me iba a decir que mis carteles serían apropiados para la situación mexicana? (...)

Sigo siendo una pésima aspirante a la ahimsa o paz. Bastan diez minutos de propaganda del Senado, gobierno federal, la Fundación Fox, Televisa o TV Azteca, para que se me vayan los estribos. Pero mis reflexiones, vertidas en el molde de nuestra realidad, tienen la paz, la resistencia no violenta a la brutalidad y la preservación de lo humano, como tema.

Lo que me lleva a la lata de atún. Una noche iba de regreso a mi casa cuando escuché en la radio a dos periodistas quienes, estupefactos, se preguntaban qué pasaba que casi nadie llevaba ayuda a la Cruz Roja para los damnificados de Veracruz, Chiapas y Oaxaca. Decían, con razón, que en ocasión del terremoto que destruyó Puerto Príncipe, la ayuda fue tan abundante que no había dónde ponerla. ¿Y ahora?

Tengo una hipótesis: estamos exhaustos. Escuchamos a diario noticias de balaceras, levantados, narcofosas, etcétera. Los desastres naturales son la cereza de un pastel horroroso y, además, nadie quiere que le tomen el pelo y que su donación sea usada como propaganda política, o robada por funcionarios sin escrúpulos. En el caso haitiano, tal vez la gente se dijo: yo doy lo que pueda y que se hagan bolas en Haití. Si se lo roban, será asunto de sus conciencias.

Bueno, pues en este caso, dar la lata, aunque le pongan su calcomanía del PRI, como decían que estaba haciendo el gobernador de Veracruz, es resistencia pacífica. Sabemos lo que puede pasar, es decir, que hagan caravana con nuestro sombrero. Que acabe en la mesa de una persona corrupta. Lo sabemos. Nadie nos está haciendo tontos. Damos a pesar de ellos. Damos porque no podemos permitir que también nos quiten (junto con la posibilidad de trabajar y vivir en paz) la disposición a ser solidarios. Damos porque es una forma de diferenciarnos de ellos, los que están del lado de la descomposición y la indiferencia. Damos porque un acto solidario en estas circunstancias es un acto libérrimo y soberano. Nadie nos obliga a dar la lata de atún. Todo conspira en contra: el tráfico, el hastío, el temor a que no llegue a manos del hambriento, la desesperanza. Pero si lo damos a sabiendas de todo esto, nos alejamos del camino que lleva a este país a convertirse, de una sociedad, en una turba de gente con la boca abierta frente a la tele.

Demos, pues. "