martes, 28 de julio de 2009

Hojas en el viento; Aprendiendo a desprenderse

Durante la adolescencia, recuerdo bien, me sentía como una hoja al viento, porque las situaciones del entorno, ante las que era impotente, me llevaban a su antojo. Una hoja seca, de un árbol desprendida, arrastrada sin cuidado, que se arremolinaba en las aceras junto al polvo y la basura; sólo esperando que la lluvia de finales de otoño empujara los fragmentos de su descomposición al oscuro reino de las cloacas.

Hoy, diez años después, de nuevo el viento me lleva como a una hoja, porque de repente, y tras los esfuerzos realizados para haberlo ganado, de nuevo se me escapa el manejo de los hilos que dan forma a mi destino. Y, sin embargo, hoy la hoja es verde y el viento es amigo; aunque no acabe de entender su invisible idioma. La hoja verde, la flor desprendida, cabalga como un pequeño ser a lomos de la bestia incorpórea, remonta el vuelo y se lanza aún más allá para aprender a ser ave y volar por sus propios medios, hasta el momento de descender a la tierra de nuevo transformada, y regocijarse en el sonido de las patas contra el suelo, en la carrera.

La situación externa es similar, pero el interior se ha transformado de un modo tan terrible que sabe, con una regia certeza, que no ha de volver a lo que un día fue, aunque el futuro sea oscuro, por incierto, y nada deje ver de sí. Y me pregunto - algunas veces- qué quieren los Dioses de mí esta vez... Me pregunto si esta prosperidad, o bonanza, que me rodea es un premio o un castigo, o un pago por adelantado para que trabaje por ellos y por lo que de ellos - más allá de ellos - he podido aprender y aprender a respetar.

...

Escribí esto la pasada primavera. Algunos meses más tarde, una amiga puso en mis manos un texto de Shakti Gawain - obra y autora desconocidas para mí, clásicas del "desarrollo personal" según Wikipedia - que parecía, de algún modo - y con todas las reservas que se requiera - seguir el hilo de estas ideas.

(...) La mayoría de personas de nuestra cultura han perdido la noción de quienes son realmente. Han perdido la conexión consciente con su yo más alto y, por tanto, han perdido el sentido de responsabilidad y poder de sus propias vidas. Muy en el fondo, tienen una sensación de desamparo, se sienten básicamente impotentes para efectuar cambios reales en sus vidas o en el mundo. Este íntimo sentimiento de impotencia hace que traten de sobrecompensarlo luchando y esforzándose mucho para lograr un poco de poder o control sobre su mundo.
Así, la gente se ha enfocado fuertemente hacia la obtención de metas; se relacionan emocionalmente con otras cosas y gentes, a las que consideran que necesitan para poder ser felices. Sienten que algo "les falta" por dentro y se convierten en seres tensos, ansiosos y nerviosos, que continuamente tratan de llenar el hueco tratando de manipular el mundo exterior para poder lograr lo que desean.
En situaciones como ésta mucha gente se marca metas y trata de crear lo que quiere de la vida, y desafortunadamente a este nivel de conciencia no funciona en absoluto... ya sea porque se han establecido obstáculos para no tener éxito, o, si logra sus metas, únicamente es para darse cuenta de que no les proporcionan la felicidad.
Es en este momento que nos damos cuenta y comenzamos a abrirnos un camino espiritual. Comprendemos que simplemente debe haber algo más en la vida y comenzamos a buscarlo.

Podemos pasar por distintas experiencias y procesos durante la búsqueda, pero finalmente poco a poco vamos recogiendo nuestros pedazos. Esto significa que volvemos a la experiencia de quienes somos realmente, de que somos imagen y semejanza de Dios o de la mente universal que está dentro de nosotros. A través de esta experiencia finalmente recuperamos nuestro poder (...).

Al abandonar un estado de vacío, de ansiedad y de manipulación, la primera lección, y la más importante que se debe aprender es a desprenderse. Deberá relajarse, dejar de luchar, dejar de tratar tan intensamente, dejar de manipular cosas y gentes para tratar de conseguir lo que quiere y necesita. En suma, sólo deje de "tratar de hacer" tanto y experimente únicamente el "ser" durante un tiempo.
Al hacer esto, de pronto descubrirá que en realidad está usted perfectamente. De hecho, se siente maravillosamente bien siendo únicamente usted, dejando ser al mundo, sin tratar de cambiar las cosas. Esta es la experiencia básica de ser "aquí y ahora" y es lo que la filosofía budista quiere decir con "desprenderse de las ataduras". Es una experiencia liberadora y básica para emprender el camino del conocimiento de uno mismo.
Una vez haya comenzado a experimentar esto más a menudo, estará abriendo el canal hacia si yo más alto y tarde o temprano una gran cantidad de energía creativa natural comenzará a fluir dentro de usted. Comenzará a ver que usted mismo está creando su vida entera y cada experiencia que le sucede, y empezará a interesarse en crear experiencias más gratificantes tanto para usted como para los demás (...).

Imaginemos que la vida es un río. Mucha gente se aferra a las orillas, por miedo a soltarse y correr el riesgo de ser arrastrada por la corriente. En un momento dado, voluntariamente, cada persona deberá soltarse y confiar en que el río lo lleve sano y salvo. En ese momento la persona aprende a "dejarse llevar por la corriente" y se siente maravillosamente bien.
Una vez que se haya acostumbrado a ir con el cauce del río, podrá comenzar a mirar hacia delante y a guiar su propio curso. Podrá decidir qué curso se ve mejor, podrá esquivar piedras y obstáculos y elegir cuál de los muchos canales y ramificaciones del río prefiere seguir, mientras continúa "dejándose llevar por la corriente".

Esta analogía nos muestra como podemos disfrutar aquí y ahora, dejándonos llevar por lo que es, y al mismo tiempo guiando nuestra vida conscientemente hacia nuestras metas, haciéndonos responsables de la creación de nuestros propios destinos (...).
Gawain, Shakti. "Visualización Creativa", Ed. Selector, México DF, 1994. pp.42-46

lunes, 20 de julio de 2009

Criticones; los peligros de definirse por oposición (2ª parte)

Viene de: Criticones; los peligros de definirse por oposición (1ª parte)

Territorios propios y territorios comunes o ajenos

Hay muchos motivos por los que resulta conveniente no llamar la atención. Hay normas de comunidad a las que atenernos para ahorrarnos problemas. Hay muchas personas incapaces de ver una realidad, tal cual es, pero también hay muchas otras que, aunque quisieran, no cuentan con el tiempo necesario para detenerse a analizar.

Por ejemplo, vamos a una entrevista de empleo y nos hacen el test de la figura humana de Machover (dibuja una persona...). Es lunes y el fin de semana hemos ido al campo (o bien planeamos la salida para el próximo) y esa idea “fresca” en mente nos inspira para nuestro dibujo. El resultado, a primera vista, es que nos vemos demasiado “campestres” para ocupar el puesto solicitado. Nosotros, sin embargo, sabemos que cuando toca trabajar, trabajamos como el que más, y lo hacemos bien... contamos con registros no-fantaseados en la memoria que nos avalan. ¿El test está mal? Seguramente no. Pero si estuviese todo bien no seria necesario fingir, no sería necesario estudiar las “respuestas correctas” en los manuales de psicotécnicos para pasar con éxito la prueba. ¿Qué ocurre entonces? Por un lado, puede que el psicólogo del área de personal no esté tan capacitado como sus superiores creen, pero puede ser también – y más probable- que no disponga de demasiado tiempo, que en lugar de realizar un análisis en profundidad de cada candidato, se fije en uno o dos rasgos relevantes, y en un sentido práctico decida “asegurar el tiro”.

Sucede que estamos en un territorio que no es el nuestro, en el que no somos el centro del universo sino “uno más” y no podemos esperar una atención personalizada. Para ser pragmáticos, debemos también “asegurar nuestro tiro”, evitando emitir señales que puedan resultar confusas al receptor o entrañar cualquier dificultad a la hora de ser descifradas. No pretender hacerlo pensar acerca de sus prejuicios o criterios de evaluación; ceñirnos a un código homologado que, a pesar de sus muchos defectos, funciona para ahorrar tiempo a ambos.

Con nosotros mismos, cuando a nuestro propio territorio nos referimos, sucede todo lo contrario. Sí somos el centro del universo, y nadie puede (ni debe) ocupar nuestro lugar; lo que los demás opinen, en positivo o en negativo, queda fuera de su jurisdicción. Aunque no nos demos cuenta en nuestro mundo diario, siempre existirá ese momento en el que estamos absolutamente solos. Los años pasan y suceden cambios en nuestras relaciones, cambiamos de grupos de conocidos, de compañeros de trabajo, de vecinos, de amigos y pareja... Lo único que permanece entre tanto cambio es el ese espejo en el que nos contemplamos mientras nuestra conciencia está despierta, y es con ese reflejo con el que realmente debería importarnos sentirnos en paz. Las rachas, buenas y malas, se suceden. Incluso nuestros errores pueden conducirnos a éxitos que, de otro modo, jamás hubiéramos conocido. Nosotros mismos podemos (y tenemos derecho a) cambiar, pero el espejo será el mismo. Y nada hay más importante que conservar el brillo de nuestros ojos en él.

Cuando no se conoce o respeta el límite: Intromisiones

Recuerdo la escena de Persépolis en la que Marjan está corriendo para no perder el autobús. Unos policías la obligan a detenerse... “Señorita, no corra”, “Voy a perder el autobús”, “Es que... verá... cuando corre su trasero hace un movimiento... obsceno”, “¡Entonces no me mire el culo!”. Algunas personas pueden sentirse ofendidas por algo que hacemos incluso sin el ánimo de molestar; en la mayoría de casos esto se deberá a que no tienen una noción clara de los límites existentes entre el territorio que les pertenece y el ajeno. Con ese ánimo de control, tratan de mirar allí donde nada tienen que hacer, y lo que llegan a ver (pero mucho más lo que proyectan al no ver) no les gusta. En otras palabras; no va a ser nuestra culpa que ellos sean unos entrometidos.

Se encuentran cruzando la línea que lleva a nuestro terreno particular, como si entraran a nuestras casas a decirnos cómo debemos cocinar, o de qué color debería ser la funda de nuestro sofá. A menudo, por si fuera poco, tratan de hablar y juzgar acerca de algo que en realidad no conocen ( “me imagino como será su casa por dentro aunque nunca me hayan invitado a entrar, seguro que está sucia y desordenada”), como una señal más de su tendencia a la intromisión y afán de control. Pero nuestra casa, nuestra persona, estará como nosotros consideremos oportuno - y si en ese momento no tenemos los recursos para una necesaria mano de pintura, o no es nuestra prioridad, es nuestro problema-, no como a nuestro vecino le parezca que deba estar.

No limitarnos por default, sino por elección

Resulta paradójico que a veces tengamos el valor de ser , o más bien expresarnos, como somos a pesar de las expectativas de nuestros seres queridos y sin darnos cuenta acabemos cumpliendo las de aquellos que no nos quieren ningún bien. Es importante saber distanciarnos de nuestras emociones por ese tipo de situaciones; las emociones funcionan como una bola de nieve que rueda desde lo alto de la montaña arrastrando consigo, no sólo más nieve, sino cualquier cosa que se encuentre a su paso.

Imaginemos que nuestros vecinos criticones tienen un perro. Son lo que son, pero quieren a su perro, y lo tratan bien. A nosotros nos gustan los perros... ¿ Deberían dejar de gustarnos porque son la mascota del bando contrario? Evidentemente, no. Y, sin embargo, a veces nos sentimos tentados a caer en ese tipo de trampas, de no-razonamientos.

La oposición que sentimos hacia ciertas personas ( o más bien hacia sus actitudes o comportamientos) no tiene porqué definirnos. Podemos tener ideas en común, y diferentes maneras de defenderlas. Situémonos en un parlamento, o asamblea, dividido en dos fracciones opuestas; su trabajo es legislar las normas o encontrar soluciones que sirvan a la comunidad, independientemente de la procedencia ideológica de cada bando. Asumamos que el “bando contrario” tiene buenas ideas, aunque sea de vez en cuando... si realmente nos parecen buenas, y miramos por el interés de algo que está más allá de nosotros mismos ( y de los otros), ¿ Será correcto desaprobarlas por venir de donde vienen? ¿Hasta qué punto nuestras emociones, nuestra identificación con lo que “nosotros” somos y lo que “ellos” son nos está limitando, e impidiendo que tomemos una decisión lógica y conveniente para todos?

A algunas personas les cuesta mucho aprender, porque están demasiado apegadas a sus emociones, una imagen de sí mismos que en lugar de haber modelado con sus propias manos, no es más que un escurridizo reflejo que temen mirar de frente. Un individuo con ánimo de aprender sabe que tiene el derecho de corregir sus errores, de introducir y liberar matices; que el proceso de aprendizaje es constante y no termina, al menos, hasta el momento de morir. Por lo tanto, si sus sentidos o su intelecto “captan” algo válido procedente del exterior, independientemente de su procedencia, lo sumará a su bagaje o, cuanto menos, hará la prueba.

Los criticones patológicos siempre se espeluznan ante esta actitud. Por un lado, se sienten enorgullecidos porque supone un reconocimiento de lo bueno de su idea o propuesta (“yo tenía razón”); pero, paralelamente, como se definen por oposición, seguirán criticándonos porque “nos apropiamos de su idea”. Hagamos lo que hagamos nunca estarán contentos, cegados por un apego que les impide razonar. Aceptar una de sus ideas equivale a quitarles un argumento de oposición, matar a su gallina de huevos de oro; criticarnos ahora se acerca más a lo que sería una crítica contra sí mismos, que es precisamente lo último que quieren hacer. Sólo hay una solución posible: Ignorarlos.

Tenemos a nuestro alcance toda una serie de ideas, propuestas, posibilidades con una validez potencial por sí mismas; como si nos halláramos en un mercado excelentemente surtido. Dependerá de nosotros escoger cuales nos convienen y cuales no. Puede que los mangos nos salieran malos la semana pasada, por quedar fuera de temporada, o bien que, simplemente nos hayamos empachado de mango y nos apetezca otra cosa. Así que esta semana compramos cerezas, o cualquier otra fruta. Las comemos, y nos sientan de maravilla... No es nuestra culpa si sólo pueden digerir determinados alimentos en determinadas condiciones, si, por ver unas cerezas en nuestra mano, pasan a convertirse en su “fruto prohibido”, aún cuando antes fuera su preferido.

viernes, 17 de julio de 2009

Criticones; los peligros de definirse por oposición (1ª parte)

En las últimas semanas he tratado de escribir en relación a aquello a lo que decimos “sí” y, lógicamente, en primer lugar deberíamos afirmarnos a nosotros mismos. A menudo, sin embargo, resulta más fácil saber aquello a lo que nos negamos; sin darnos cuenta de hasta qué punto puede llegar esto a condicionarnos. Debía tener mucho que reflexionar al respecto, por lo que resultó un artículo realmente extenso, que decidí dividir en dos posts. :)

La crítica no-constructiva y sus posibles consecuencias

Supongo que no soy la única que recibe críticas, y no me refiero a las de tipo constructivo, sino a aquellas otras hechas con toda la saña, con la intención de herir, cuanto más profundo mejor. En ocasiones estas críticas provienen de sectores o individuos por los que acabamos sintiendo una comprensible aversión. Uno puede sentir que ellos están en un extremo del espectro, y acabar por situarse a sí mismo en el otro; lo cual puede constituir un tremendo error.

Identificamos a estas personas o colectivos con una serie de ideas que no les pertenecen en exclusiva, es más, que ni siquiera tienen porqué estar efectivamente relacionadas con ellos. Se dice que las personas correctas hacen lo correcto con sandeces, y las personas incorrectas pueden echar a perder cualquier elemento de valor que caiga en sus manos. Estas ideas pueden ser perfectamente válidas para nosotros, aunque sea difícil darse cuenta cuando hay una barrera emocional de por medio. El primer paso será, en consecuencia, diferenciar entre la persona (o personas) que nos ataca y las ideas que emplea, o trata de emplear, contra nosotros.

Para no caer en la abstracción, pongamos un ejemplo: Supongamos que tenemos unos vecinos aparentemente “modélicos” que se molestan y nos critican porque nos ven salir de noche y llegar tarde, charlando y riendo ( nosotros vamos a tomar café, pero eso ellos no lo saben). En una disputa, nos dicen que somos unos “perdidos en la vida nocturna”... Ante esto, existen dos reacciones comunes. Que decidamos que ellos tienen razón y nos “remodelemos” encerrándonos en cada y apagando las luces a las 22:00, o bien que decidamos que ellos tienen razón y si antes tomábamos café pasemos a ingerir cuantos litros de alcohol nos quepan en el cuerpo, para que se quejen y critiquen con motivo. Como sea, les estamos dando la razón, y estamos permitiendo que se nos defina desde el exterior, convirtiéndonos en una construcción ajena, en lugar de estar expresando lo que en realidad somos y/o queremos ser. Con el tiempo, es probable que descubramos que esos vecinos no se molestan tanto cuando tienen invitados en su casa y celebran una fiesta entre semana, que tienen una familia desestructurada, sus vidas son un infierno, y la primera copa del día llega a las 10:00 de la mañana. Sin criticarlos a nuestra vez: ¿ Cómo hemos podido dar el poder de definirnos a unas gentes así?

Supongamos que estos vecinos se declaran “defensores de la decencia”; y para ellos la decencia es no tomar café de madrugada. Técnicamente, según esta definición, seremos unos indecentes. Pero si para nosotros la decencia consiste en no mentir, por ejemplo, y no mentimos, no encontraremos nada de indecente en nuestra actitud. Es importante entender que si otros nos gritan algo como “indecentes!!”, en la mayoría de casos será según su criterio, y no según el nuestro.

Convivencia

Siempre que sea posible, hay que tratar de convivir en paz. No puedes hacerlo con delincuentes o estafadores a tu alrededor, pero posiblemente sí con este tipo de personas que en lugar de tomarse el trabajo de arreglar sus propios asuntos, prefieren fisgonear y emitir juicios de valor sobre los ajenos. No niego que pueda llegar a ser muy molesto, y cuando se trata de personas con problemas de obsesión o similares, pueden acarrear problemas de las que deberíamos hablar en el apartado de defensa psíquica. Pero sin llegar a tal extremo, supongamos que extienden su crítica negativa acerca de nuestra “indecencia” en nuestro entorno, convirtiéndonos en las ovejas negras del barrio o la vecindad. Pero... que tan importante es esto? En toda organización humana existen leyes que regulan la convivencia. Si de nuestra capacidad de vivir en comunidad se trata, contamos con la seguridad de que la policía vendrá a amonestarnos en caso de estar infringiendo las normas. Y si nuestros vecinos criticones se pasan a las amenazas o al acoso, éstas mismas normas que regulan la convivencia se encargarán de ellos.

(Evidentemente, se trata de un ejemplo ideal porque todos conocemos esos casos en los que la “autoridad competente” vendrá 20 veces a revisar si tenemos permiso de obra para cambiar los azulejos de nuestro baño, pero se hará el desentendido cuando nosotros la llamemos porque nuestro vecino traficante está dando una fiesta de madrugada, y nosotros tenemos que levantarnos a las 4:30 AM para ir a trabajar. En esos casos la norma o la ley existe, pero no se aplica. Y hay que considerar si merece la pena seguir el enfrentamiento hasta el final y ser nosotros los castigados, o hacerse a la idea de mudarse de barrio).

Cuando se trata de afirmarse, de definirse por lo que uno es, y no por aquello a lo que se opone, el resto del universo viene sobrando. Los conceptos de otros acerca de lo que las cosas son, o de lo que nosotros somos, no tienen lugar aquí. Y nosotros sí debemos estar dispuestos a hacer ese trabajo, independientemente de aquello a lo que otros prefieran dedicar su tiempo. Así que, estemos en el momento en que estemos, nos ponemos en frente del espejo para ver qué es lo que éste nos devuelve. Pensamos en lo que surge de nosotros ser, lo que vamos a disfrutar haciendo, lo que creemos que vale la pena. Unos días nos apetecerá salir a las tantas a por nuestro café, otros no; y eso no significará que nos estemos “traicionando a nosotros mismos”. Nuestro rango de movilidad puede ser amplio, todos tenemos “épocas” y está bien, siempre que, en conjunto, exista cierta congruencia, una coherencia que nadie más tiene porqué entender.


Sigue en: Criticones; los peligros de definirse por oposición (2ª parte)

"Los bellos caminos que no llevan a ningún lugar"

Tengo el esbozo del escrito de la semana, no obstante se me cruzó una traducción que creo interesante reproducir aquí, tanto por su sentido literal como, en cierto modo, aquél metafórico que se le puede intuir.

Prudenci Bertrana: "Els bells camins que no menen enlloc" en Proses bàrbares, 1911


Los bellos caminos que no llevan a ningún lugar

No todo son rutas anchas y planas las que enlazan la tierra; no todo son vías utilitarias marcadas en el mapa, ingeniadas con teodolito, profanadoras de bellas soledades abiertas con detestables herramientas que rasgan montañas, agujerean rocas y afean riberas y por donde pasan deprisa la angustia, la vanidad, las tristezas más horribles y las más viles alegrías. No todo son tampoco humildes carreteras que ondean y divagan hacia muy lejos, ásperas y desniveladas. Ni todo son senderos hendidos por la huella del hombre que mata la hierba, bruñe las peñas, pisotea el barro y muele la arena. Entre unos y otros, como sutiles hilos de telaraña, invisibles, desconocidos, por los que no transita nadie que lleve prisa, ni que sepa con demasiada certeza dónde va y lo que busca, están los míos, los que yo sigo, los que a mí me gustan.

Caminos de atrevimiento, de osadía; surcos imperceptibles en la frondosidad de las matas, hileras de pisadas en los humedales; rastros que a penas ajan el musgo en la umbría, agujerean las zarzas en las ramblas o desprenden los cantos en las simas. No son rodeos ni atajos, ni van a ningún lugar, pues se interrumpen y recomienzan caprichosamente, se funden y se reencuentran sin pensarlo como estelas de vagancia o de exploraciones azarosas. Según cómo, terminan a la vera de un acantilado o en el umbral de un bosque impenetrable, al fondo de un hoyo obstruido de maleza, o al pie de un escarpado roquedal que se desmorona. Parece que busquen lo más ingrato a la huella humana, el peligro, lo imposible. Y nadie sabe si lo traspasan. Porque que el rastro se pierda, no significa que se haya detenido el camino. ¿ Quién puede detener a los caminantes de estos caminos?

Cada uno de ellos es un ser misterioso. ¿ Dónde iba, qué ilusión, qué necesidad, que obsesión lo empujaba? Triste, alegre, vencido o vencedor, perseguido o persiguiendo, el primero que se ha abierto paso allí donde no había está lleno de coraje, es un indómito. De su gesta ignorada, no queda otra señal que unos tallos rotos y unas hebras de ropa misteriosa prendidas en las espinas; pero llegarán otros que, animados por aquellos indicios, se lanzarán sin temor por el ligero sendero, seguros de superarlo, porque por allí donde ha pasado uno, pasan dos, y pasan cien. Quien no haya transitado por estas sendas desconoce la poesía de caminar y la inquietud de perderse. Nunca el viandante determinado, que espera anhelante llegar a término, sabrá lo que deja, lo que pierde, lo que abandona al lado de la ruta; en los flancos de las montañas que costea, en el fondo de los bosques que atraviesa, en las lejanías que entrevé. Los grandes enigmas de belleza que se presentan al otro lado de las cunetas, de los puentes y los terraplenes son lo que encanta al viajero, lo que le retiene cerca de la puerta del vagón o de la diligencia.

¡Ay del que no puede entretenerse!, ¡Pobre del que sea esclavo de los horarios y de los hitos kilométricos! ¡Correr mundo! He aquí una gran blasfemia. ¿ Para qué correr? ¿ Qué deleite da correr? Si os gusta saber algo del oreo en la espesura de los bosques, de los olores íntimos de los márgenes floridos, de los murmullos de las aguas vírgenes y de la bondad y suavidad del corazón de las montañas, es preciso menospreciar el tiempo, las brújulas y el dinero; es necesario hacerse cazador, contrabandista, boyero o leñador; es necesario transitar lastimosamente por los senderos que no llevan a ningún lugar. Ellos os mostrarán, no obstante, si es que tenéis confianza en su discurrir atrevido y valentía para seguirlos cuando remontan formidables cumbres, todos los misterios de las simas y todas las cavilaciones de las alturas. Y llegaréis a las encantadoras profundidades, junto al charco de agua cristalina donde el jabalí se abreva; al pinar sombrío donde las palomas zuritas duermen; y al muro de roca donde anidan los mochuelos y los zorros se esconden.

Por los senderos simplicísimos, es necesario ir con una gran valentía de corazón y una gran sencillez de ropa. A veces no son más que claros enigmáticos entre lo boscoso. No pasaríais sin dejar un pedazo de ropa, un fragmento de piel o una gota de sangre de vuestras venas. Son estrechos, son angustiantes, están rodeados de púas que se abalanzan sobre vosotros como garfios de bestia, están obstruidos de madreselva y de zarzas que os traban y detienen. Pero, ¿y después? Cuando los encontráis alfombrados de hojarasca o de musgo esponjoso, cuando planean por un viñedo muerto o por la húmeda lisura de una torrentera, ¡qué suavidad y qué deleite os dan y con qué rumor tan grato responden a vuestros pasos!

No os preocupe nunca el entrecruzamiento laberíntico de los hermosos caminos de solitud; todos son buenos, en todos hay poesía; al fin de todos encontraréis una visión de rusticidad sencilla y encantadora: el derribo de una masía, una cabaña abandonada, un campo desierto donde, en la rama más alta de una higuera muerta, late un andrajo, enseña de pobreza que os hace pensar en la casita chica, en las vacas magras, en el fuego de rastrojos y en la viejita adolorida que permanece en la banca. A menudo el camino divaga por montes desiertos; es una esfumadura de grisez más clara en las losas, un hueco en los arbustos; o bien rodea un yermo que forma un cerro, viéndose en la hierba seca como el rastro de unos dedos acariciando a contra pelo el lomo sedoso de un manso animal. Después va a parar a una cueva donde se adivina el refugio de un vagabundo, a la madriguera de boca ahumada por el ingenio de un cazador que intenta ahuyentar de allí un animal, y más allá traspasa una artiga que huele a tierra removida, en medio de la cual veréis una olla de hierro tiznada, unos zuecos, una pila de patatas. Y estos objetos, confiadamente dejados, os afirman en la certeza de que, allí, no transita otra alma viviente que la del valeroso artiguero, habitante de otro terreno ¡sabe Dios a cuántas horas de distancia ! Entonces los ojos del perdiguero y la vida del perdiguero se os convierten en amables y necesarios, como único amparo a vuestro aislamiento, y la caricia surge espontánea. Lo llamáis y él viene, y frente al sol melancólico que decanta en la puesta – hora ferviente para las almas emotivas – lo mimáis un instante.

Por los senderillos que no llevan a ningún lugar, no encontraréis hostales ni tabernas, pero no os faltarán – lo digo en verdad – paradores tan limpios y agradables como los de un camino real. Refugios amistosos y tibios, con hojarasca para sentarse, con ramitas para encender y con rocas llanas y limpias para servir de mesa. Y allí aún encontraréis cenizas de hogueras improvisadas (...) Y no sé qué extrañas envidias os despierta el desconocido que se ha detenido en aquel lugar antes que vosotros. Adivináis la media hora vivida reposando a pleno sol, en plena orgía de la vista entretenida, con el puro contento de una frugalidad heroica; y, aunque no seáis filósofos, aquellos restos os invitan a meditar como un borroso jeroglífico de felicidad terrenal.

Llega, no obstante, un momento en el que los senderos enigmáticos bajo la amenaza de la noche cercana, toman una indeterminación atemorizadora. No temáis: un poco de instinto de orientación y la firme confianza en vuestras piernas, y aquello que parece más traidor os guiará. Todos se escapan al final hacia las vías transitadas de las que han salido y a las que regresan infaliblemente. Ésta es su única esclavitud.

Y llega el momento en que oteáis la ciudad a lo lejos. La sensación es de disgusto. Sobre ella flotan nieblas negras y pesadas, y las farolas brillan tenues y tristes. Al llegar os extraña ese gentío que transita demasiado serio o demasiado risueño dentro de los vestidos lujosos, gesticulando de una manera postiza y almidonada. Vienen de admirar una película o una decoración teatral. Convienen que la naturaleza es bella. Convienen también que lo más estúpido y anticuado del mundo es ir a pie. Realmente se puede viajar sin fatigarse ni estropear la piel o la ropa. Pero ellos ignoran que la tierra no se deja pisar impunemente. Exige al hombre la piel muerta, sudor y alguna salpicadura de sangre. Los cartoncillos que se despachan en las taquillas de las estaciones, y que a todos nos parecen tan económicos, ¡se han pagado a un alto precio por hermanos nuestros que transitaban con mucha pena por los desmontes y túneles de los caminos modernos! El tributo a la tierra se entregó al progreso, y ahora se pasea con zapatos de charol y durmiendo en cómodas butacas.

Yo no anatematizo en absoluto al progreso, pero quisiera que se acordaran de esto y no hablaran tanto de las maravillas lejanas, inasequibles a los que no podemos pagar nuestro pasaje más que con las propias duricias y los propios sudores. ¡Oh!, Las grandes y espléndidas ciudades del extranjero, la sublimidad de los Alpes y de las cascadas del Niágara... Y bien, sí, pero decidme: ¿ Qué honestas y desoladoras bellezas se esconden en el azul de la pequeña montaña que se ve desde vuestra casa?


¡Nadie lo sabe!


miércoles, 8 de julio de 2009

Dos enfoques para el trabajo mágico y una técnica de autoevaluación

Se puede decir que existen dos enfoques básicos en el trabajo mágico, el "especifico" y el "indeterminado". Una formulación demasiado indeterminada puede tener el inconveniente de acarrear consecuencias con las que no habíamos contado, por poner un ejemplo típico, que trabajemos para conseguir dinero y acabemos recibiéndolo herencia de ser querido mediante. En el otro extremo, al emplear una formulación excesivamente específica, podemos encontrarnos malgastando energías en la construcción - a partir deimágenes o ideas transitorias - de trabas estúpidas contra nosotros mismos. Por ejemplo, trabajamos para conseguir dinero de un empleo concreto negándonos al mismo tiempo el poderlo recibir de un mejor empleo, sólo porque éste no cupo en nuestra perspectiva a la hora de diseñar el ritual.

Lógicamente hay que llegar a un equilibrio entre ambas para que las cosas funcionen medianamente bien. Es posible que si, en un momento determinado, queremos una casa, a la que en nuestra imaginación añadimos ciertas características como 60m2, ventanas grandes, o un jardín... pero seguramente la buscamos porque nuestra necesidad es seguridad, comodidad, tranquilidad, etc. Tal vez sea más sencillo empezar por ahí.
Si reformulamos el objetivo hacia la seguridad, la comodidad y la tranquilidad, no importará tanto cómo sea la casa que cubra estas necesidades. Incluso aunque no sea una casa la que las cubra, estará bien. Nos ahorramos el preocuparnos de que llegue por medios indeseados (que nos quitarían la "comodidad" o la "seguridad"), o el estar pendientes de reconocer si lo que se manifiesta es realmente lo que esperábamos o no.
Siendo muy específicos en los aspectos realmente importantes de nuestra búsqueda (por ejemplo, el consabido "sin dañar -más de lo necesario- a nadie" ), y aunque empleemos como "sugerencias" aquellas cosas que creemos que puedan ser vías de acceso a nuestro objetivo, podemos dejar abiertas las opciones de manifestación.

Una manera de conciliarlas es indagar en nosotros mismos hasta descubrir nuestras verdaderas necesidades, o nuestros verdaderos deseos. Podemos ser todo lo específicos que queramos respecto al modo en que nos queremos sentir en el momento en que el objetivo se cumpla.

Pero lo cierto es que, en muchas ocasiones, andamos perdidos en un mar de confusión, por la acumulación de tareas pendientes, ideas, deseos, proyectos... de modo que, a la hora de ponerse a trabajar, ni siquiera sabemos por dónde empezar. La parte de nosotros que sí lo sabe está tirando de nuestra manga desde el otro lado de toda esa maraña, tan extensa en ocasiones, que no alcanzamos a oír siquiera esa voz que en otro tiempo - cuando las cosas funcionaban - era tan familiar.

De vez en cuando conviene reestablecer un puente de comunicación entre nosotros, y nosotros mismos. Técnicas que suelen funcionar para esto son el dibujo, la pintura, o cualquier forma no verbal de expresión (p.ej. cuando preparamos el altar). Obviamente éstas pueden ser empleadas con fines mágicos, pero en esta ocasión, como decía más arriba, se trata de centrarnos en la comunicacción con nosotros mismos, en hacer una autoevaluación de nuestro estado, previa al trabajo mágico en sí, y perfectamente útil por sí sola.

Obviamente, no es necesario "saber dibujar", la gracia está en encontrar un método de expresión para que nuestro "interior" se exprese (y, a poder ser, juegue un poco y se desestrese).
En lo personal, escribir no me sirve... hace una década, cuando escribía con mayor regularidad mis diarios, había días en las que las palabras no tenían demasiado que aportar en realidad, no eran suficientes; entonces dibujaba. Dibujaba para mí, y aunque el resultado estético no era demasiado agraciado, llegué a construir todo un lenguaje simbólico, completamente personal, y por ello más intenso que el simplemente escrito. Es también un lenguaje en clave, completamente íntimo, sólo nosotros sabemos lo que nuestros esbozos significan, podemos plasmar un íntimo secreto sin temor a que sea descubierto, podemos "hablarnos" sin temor a ser escuchados por terceros. De este modo, por más que escriba mucho mejor de lo que dibujo, en esos diarios se encuentra más información relevante entre mis pobres garabatos que en varias páginas redactadas.

Hace unos años, no obstante, sustituí el dibujo por los colores. Empleo figuras geométricas, enlazadas, combinadas, usualmente dentro de un círculo. Después de un tiempo de práctica sé que, según mi estado de ánimo, eligiré formas puntiagudas o redondeadas, rectas o curvas, etc. Así mismo, escogeré unos u otros colores y combinaciones. -Este es uno de los motivos por los que a veces las listas de "correspondencias mágicas" no resultan demasiado útiles, ellos no pueden saber mejor que tú lo que el azul, el rojo, el violeta o cualquier otro color significan para tí, o qué lugar ocupan en tu universo personal. -
Mientras trabajo en estos mini-proyectos no trato de concentrarme, puedo incluso estar escuchando música, pensando en "mis cosas", pero sin detenerme demasiado en ellas, las manos van funcionando sin ser molestadas. Siento que robo un tiempo precioso para mí misma, y me divierto como una niña con su libro para colorear. Cuando siento que está terminado, me paro a observar qué he hecho.

Lo malo de hablar con alguien - incluso con uno mismo - es que puedes escuchar algo que no es bonito, o que no te apetece saber en ese momento, pero que el interlocutor necesita expresar. A veces encuentro combinaciones de trazos y colores desafortunados, tristes, violentos, dudosos, confusos... Acepto la parte de responsabilidad que me pertoca. Trato de seguir con el diálogo como si hablara con un hermano pequeño al que no he hecho demasiado caso. Vuelvo a repetir la operación, si no inmediatamente, tal vez en unos días, hasta que la composición resulta mínimamente armoniosa y satisfactoria. Hacemos las paces. Podemos volver a colaborar.

He hablado de esta "técnica", porque enfatiza la conciencia respecto a nuestras propias sensaciones; mismas que suelen "pasar por nosotros", pero no nos detenemos a observar. Son algo más sutil que un empleo o una casa o una cantidad x de dinero. Pero, si para equilibrar los dos enfoques anteriormente mencionados, debemos especificar cómo queremos sentirnos, deberemos ser capaces, al menos, de identificar nuestras sensaciones y trabajar con ellas.