
Bibliografía :
Nowak, David. J./ McPherson, E. Gregory (1993): Cuantificación del impacto ambiental de los árboles, Revista Unasylva nº173.


Cosecha de duraznos, Nelly Álvarez
NOTAS:
(1) Earth Day, Wikipedia.
(2) La ONU celebra el Día de la Madre Tierra con llamado a desarrollo sostenible EFE
(3) ONU considera que dos tercios de los países del mundo alzaron su voz en Bolivia ABI
(4) Cuanto tarda.


Sea verdad o sueño,
obrar bien es lo que importa.
Si fuere verdad, por serlo;
si no, por ganar amigos
para cuando despertemos.
Tal como se ha planteado el tema, parece que el hecho de familiarizarse con la ecología no nos va a llevar a otra cosa que la desesperación. Sin embargo, esto no tiene porqué ser así. Cuando una cuestión se complica y nos rebasa, el camino más eficiente para recuperar nuestra capacidad de comprensión e incidencia al respecto es desmenuzarla en fragmentos digeribles.
En el aspecto mental, el contacto con la ecología en tanto que ciencia, nos provee de herramientas a la hora de filtrar la información procedente del entorno natural o social y, sobretodo, de los medios de comunicación. Esto significa que nuestra aproximación a la realidad, a las necesidades de la humanidad y de la conservación del entorno no se producirá a través de las emociones, sino de la racionalidad. Nos hacemos menos vulnerables a la manipulación y a la publicidad, adquirimos criterios objetivos de evaluación y estamos en condiciones de exigir resultados concretos, por lo que aumentan las posibilidades de acercarnos a la problemática real que se intenta disimular.
Por ejemplo, durante mucho tiempo, la entrada de la soja en los mercados se vendió como una innovación “natural” colmada de beneficios, y se asoció a productos supuestamente “verdes”. Pero lo cierto es que el monocultivo de soja acarrea desequilibrios ecológicos y económicos si se mantiene prolongadamente. Por no mencionar los daños sobre la economía local y el impacto en el medio que puede tener el hecho de traer la soya desde grandes distancias, o de la existencia de la soja transgénica, de dudosa fiabilidad. Otra estrategia publicitaria en la que interviene el cultivo extensivo de soja es la defensa del biodiesel como producto ecológico. Técnicamente el biocombustible sería menos contaminante que el combustible fósil, sin embargo, para poder abastecer los niveles de necesidad de combustible que se manejan hoy día, sería necesario sustituir las plantaciones destinadas a alimento por plantaciones destinadas a la elaboración de biodiesel. Esto disminuiría la cantidad de alimento disponible para una población en constante aumento, y conllevaría un aumento de los precios en productos tan básicos que condenaría a una gran parte aún mayor de la población mundial al hambre, mientras que, en el proceso, se perderían espacios naturales y especies que los habitan, y se inutilizaría la tierra por desgaste. Ergo, no importa como lo quieran vender, se mire por donde se mire eso no es una solución ecológica. De hecho, ni siquiera podría considerarse una solución.
En el aspecto emocional, la aproximación a la ecología nos obliga en primer lugar a asumir que no se piensa con el “corazón”, sino con la “cabeza”. Puede parecer contradictorio, pero, de hecho, gran parte del trabajo que hacemos respecto a nuestras emociones es aprender a gestionarlas, y no dejar que nos dominen. En el caso de la problemática ambiental , las desgracias que acarrea, y las soluciones que existen (aunque no se apliquen) la gracia está en no dejarnos llevar por emociones como la culpabilidad, el enojo o la euforia. Hay que acepta las cosas como son, para poder ver qué podemos y qué no podemos hacer al respecto. No tiene sentido sentirse culpable por algo que ya pasó o ya hicimos, porque de ninguna manera podemos volver atrás para cambiarlo. Tampoco tiene sentido el enojo, si lo conservamos después de que haya cumplido su función señalándonos que hay algo con lo que no podemos estar de acuerdo, sólo lograremos sembrar de obstáculos el camino que deberíamos recorrer en la mejor condición posible. En cuanto a la euforia, puede darnos un potente empujón a la hora de iniciar un proyecto, pero toda vez que nos vuelve ciegos hacia nuestras propias limitaciones, por ella misma no es capaz de mantener el ritmo... así que terminará dejándonos tirados en la orilla de la autoderrota. No importa cómo nos sintamos, no vamos a resolver todos los problemas del mundo, y no vamos a cambiar a otros, pero debemos entender , al mismo tiempo, que el sentimiento de impotencia del que he hablado a lo largo de este y otros artículos es también una nociva ilusión.
De modo que, poniendo a funcionar nuestra racionalidad, y reservando nuestras emociones para los escenarios a los que pertenecen, será más fácil inventariar los recursos que sí tenemos a nuestro alcance y las acciones que sí podemos llevar a cabo.
Como comenté más arriba, cuando la problemática es compleja, hay que dividirla en pequeños fragmentos que resulten abordables desde nuestra propia dimensión y ámbito de acción. La conciencia de la interacción de estos fragmentos nos dará el marco en el que evaluaremos si son útiles en el conjunto. Por ejemplo, en el caso hipotético de que pudiéramos emplear biocombustibles, evaluaríamos los pros (reducción de emisiones) y los contras (desgaste, empobrecimiento, etc.) y concluiríamos que no es beneficioso, por lo tanto, nos olvidamos de ello.
¿Qué cosas podemos hacer sin perjudicar a su vez a otros aspectos del conjunto? El ejemplo más claro, para el que no necesitamos ni una inversión económica, ni un gran esfuerzo, ni pensar demasiado, ni tampoco la colaboración de nadie, sería tratar de reducir por un lado nuestro consumo y, por otro, la cantidad de residuos que generamos.
Todos hemos visto que, en ocasiones, se trata de fomentar estas prácticas aduciendo un ahorro económico, o apelando a proyecciones catastrofistas del futuro. En lo personal me parecen técnicas bastante estúpidas, porque las personas no son tan tontas como para no darse cuenta que el ahorro logrado no es significativo, y el hecho que traten de asustarnos respecto, por ejemplo, a la escasez de agua producida por estar 5 minutos de más en la ducha, mientras sabemos que la industria malgasta el agua a espuertas sin que se lleguen a tomar medidas, constituye un enorme acto de cinismo que provoca en más de uno la reacción contraria a lo que se pretendía conseguir. Obviamente nos molesta que nos traten como tontos, pero dejar de hacer algo que es, por sí, beneficioso a causa de esto... no dice mucho de nuestra inteligencia.
Retomando, podemos empezar por gastar menos agua y menos electricidad. No se trata de privarnos de lo necesario, ni siquiera se trata de “ahorrar”, sino de apreciar el valor real de estos bienes y aprender a no malgastar. Lo mismo sucede con la basura; no se trata de revisar todos los envases para asegurarnos de que sean renovables... simplemente, puedes usar una bolsa de plástico varias veces y tener un carrito de la compra, que además resulta bastante más cómodo. Si además la basura se puede separar, se separa, y se deposita en el contenedor correspondiente.
Desde luego no es la gran solución, pero es útil en varios aspectos, incluyendo nuestro desarrollo como personas, dado que asumimos una rutina que procede de una toma de conciencia de nuestro papel en el mundo y se concreta en una acción voluntaria, repetida en el tiempo, como un ejercicio de constancia. Existe también la posibilidad de explotar el paralelismo a la hora de manejar otras áreas de nuestra vida: Fraccionar la cuestión/problema a resolver en unidades abordables, cuidar que guarden coherencia con el marco de referencia, gastar en ello la energía necesaria (no divagar, no dar más vueltas de las que necesita) y no procurar no generar demasiada basura en el proceso (léase, complicaciones adicionales o nuevos problemas).
Por otro lado, abrimos una brecha en el muro de la impotencia que se nos impone como un límite infranqueable (y luego, decidiremos hasta dónde la extenderemos). Nos da la oportunidad de enseñar con el ejemplo, que “poco” es mejor que “nada” - toda vez que estamos en calidad de aportar argumentos más sustentables y admisibles que aquellos del “ahorro” y la catástrofe”-. Este punto es más importante de lo que pueda parecer.
Tenemos claro que el propósito no es imponer a otros nuestro punto de vista, pero si otros ven lo que hacemos, y es algo nuevo, muy posiblemente sientan cierta curiosidad. Pueden burlarse de nosotros, pero esa no es la cuestión, porque nuestras acciones han sido elegidas racionalmente y no dependen del juicio ajeno. Así que la cuestión es que, mientras haces algo que no supone un gran esfuerzo y tiene una utilidad práctica para tí, otra persona se acerca y se encuentra con una serie de cuestiones que tal vez antes no se había planteado o, incluso, no se había podido plantear. Es cosa suya lo que esta persona decida hacer con ello, pero ha encontrado la oportunidad de pensar al respecto y tomar sus propias decisiones. Si una de las aportaciones que, como humanos, deberíamos hacer en el conjunto de la naturaleza es aportar conciencia, estamos cumpliendo.
Cuando nos hallábamos inmersos en la discusión respecto a las políticas ambientales, la irresponsabilidad industrial, el interés de algunas ONG, los destrozos del activismo mal entendido, y las resistencias culturales que, con toda razón, desconfían de la imposición de nuevos modelos de gestión (porque algunas veces tienen en cuenta a la gente, pero otras muchas no), encarábamos una inmensa sombra encargada de recordarnos que no podíamos confiar en nada.
No es que este lema sea falso, de hecho, rara vez podemos depositar nuestra confianza en nada... salvo en aquello que depende de nosotros mismos. Podemos realizar pequeñas acciones, podemos participar en proyectos que impliquen la participación de otras personas o comunidades (aunque el resultado no dependa de nosotros, nuestra parte sí lo hará) y también podemos actuar como generadores, conductores y filtros de la información. Cuando olvidamos esto, entramos en un proceso en el que vamos cediendo progresivamente la parcela de poder personal (poder para hacer, crear o transformar aplicado a nosotros mismos o a nuestro entorno) que viene de serie junto las manos, la cabeza y el corazón con los que llegamos al mundo. La cesión de este poder personal para actuar en el conjunto del mundo del que formamos parte puede eximirnos aparentemente del peso de la responsabilidad, pero automáticamente nos carga con la extraña angustia, creada en el vacío de esa parte de nosotros que nos falta.
La parte más difícil de la conclusión es la que trata acerca de la necesidad de desligarse del resultado final. Al hablar de establecer una rutina consistente, por ejemplo, en no malgastar recursos, o al llevar a cabo medidas políticas o sociales en pro de la conservación ambiental, es obvio estas acciones deben producir resultados medibles y comprobables, muchos de los cuales incluso podremos tener ocasión de disfrutar por nosotros mismos.
Por “resultado final” me refiero a que nuestras acciones, o nuestra participación en acciones que impliquen más personas, tengan un impacto perceptible a nivel global que sea capaz de prolongarse a futuro... posiblemente no vivamos el tiempo suficiente para comprobarlo, pues en gran medida se trata de participar en la siembra de una cosecha que otros deberían poder recoger. Ahora bien, tenemos tanto que ganar al dedicarnos a esa tarea, al formar parte de esta contra la desolación, que sería un auténtico desperdicio de oportunidades no incluirnos en ella.
Recientemente he tenido oportunidad de colaborar como "correctora de estilo" en unos ensayos universitarios de temática ecológica. Me di cuenta del tiempo que la palabra que un día me fue tan familiar, había sido desterrada de mi vocabulario, y a medida que avanzaba el trabajo, llegaban más y más ideas, que resultaron en el replanteamiento completo (y personal) de la cuestión que sigue a continuación. Con agradecimiento, estas líneas van dedicadas a la persona que me puso en contacto con los citados ensayos, esperando que no encuentre demasiado desacertada la propuesta...
I. Cómo conocimos (y perdimos) el concepto de ecología.
Allá por los 80 éramos niños y comíamos Bollycaos mientras nos reñían por acercarnos demasiado al televisor, en esa época en que la franja horaria de la tarde aún se consagraba al público infantil. Entre la programación había muchas series dedicadas a la naturaleza, como las adaptaciones de las novelas de Thompson Seton - El bosque de Tallac - o la obra de Will Huygen y Rien Poortvliet - La Llamada de los Gnomos - . En la escuela, el papel reciclado era enseñado como una novedad, y se nos hablaba de la contaminación, de los animales en peligro de extinción, de los países pobres y de los derechos humanos. Parecía que la Tierra estaba en apuros pero gracias a que algunas personas se habían dado cuenta también iban apareciendo posibles soluciones: Si todos éramos buenos y contribuíamos un poco todo se arreglaría a tiempo... Obviamente, mientras algunos nos emocionábamos, a muchos niños – sobretodo a los que no habían visto un bosque en su vida - el tema les era bastante indiferente. Pero el caso es que el discurso nos parecía creíble.
A menos que se convirtiera en una temprana vocación, con el paso de los años, el tema de la ecología fue perdiendo ese poder de atracción. Por un lado, olía demasiado a “cuando éramos pequeños”, y teníamos cosas más interesantes en las que pensar. Por otro, la vida empezaba a complicarse, los problemas devenían complejos y las soluciones menos evidentes, al mismo tiempo que esa sensación de “poder” - poder para hacer, para actuar, para transformar- iba perdiéndose progresivamente. Empujamos lejos de la vista muchas de aquellas cosas que alguna vez antes nos habían parecido cruciales y, aunque no nos gustaba que los ríos se contaminaran, los bebés foca fueran apaleados, y la pobreza y la hambruna siguieran aumentando, no podíamos ocuparnos de esas cosas dado que, simplemente, rebasaban los límites de nuestra atención. Lo importante ahora eran las calificaciones que debíamos entregar, cómo integrarnos en un grupo, si en casa nos dejarían salir de fiesta, o si éramos correspondidos por el chico/a que nos gustaba.
Años más tarde, estas importancias quedarán, a su vez, debidamente relativizadas. Pero serán sustituidas por los desvelos de la carrera, la necesidad de encontrar trabajo o la de pagar el alquiler. Y, a menos que descubramos tardíamente una vocación ecologista, o algo nos lleve a un reencuentro con la misma, el tema nos parecerá aún más lejano. Ciertamente, podemos adoptar buenas costumbres, como el reciclaje, comprar productos “verdes” con la idea de contribuir a la causa, aplaudir normativas contra la contaminación de los ríos y lamentarnos de la extinción de las especies. Pero tanto nuestro conocimiento acerca de la ecología, como el espacio que le damos en nuestra mente, será algo marginal. Podemos, incluso, llegar a sentir cierto rechazo hacia la ecología, debido a las acciones estúpidas de ciertos activistas, a las estrategias publicitarias que tratan de aumentar las ventas con la excusa del verde, o al cinismo de los gobiernos y sus políticas ambientales.
Todos hemos escuchado algo como: “La ecología es a lo que se dedican esos que no tienen otra cosa que hacer más que molestar a las personas decentes que van a ganarse el pan de cada día” o bien “El dinero que se gastan en proteger los árboles y los animales deberían dedicarlo a las personas que mueren de hambre”. Y, de hecho, incluso aunque seguramente no firmaríamos bajo tales declaraciones, permanece la idea subyacente de que son los gobiernos quienes deciden sobre estas cuestiones, y las ONG o los “ecologistas” quienes pueden permitirse el lujo de defender los ideales y encargarse de esos temas tan alejados de nuestra realidad cotidiana.
II. La ecología como ciencia y las herramientas que nos ofrece.
Cuando la noción de la ecología regresa a mí, la encuentro increíblemente transmutada. La ecología, en tanto que ciencia, se encarga del estudio de las interacciones entre los seres vivos en y hacia su ambiente (y a la inversa); prestando atención a la transformación de los flujos de energía y materia. Por lo tanto, es al mismo tiempo la confirmación científica del hecho que, en último término, todos estamos relacionados y lo que sucede a una parte del conjunto afecta directa o indirectamente al resto.
No hay en esto rastro de ingenuidad en ella, no hay falsas ilusiones del tipo “con un poco de esfuerzo limpiaremos la tierra y volveremos a sembrar el paraíso en ella, los hombres se amarán y habrá paz en el mundo”. Está armada con la voluntad de encontrar soluciones, y la certeza de que el mínimo avance es mejor que nada. Tiene una claridad de visión acerca del estado de las cosas y una capacidad de reconocer las verdaderas necesidades que apela a la lógica y al sentido común, en lugar de a las emociones o la “bondad”. La ecología se presenta como la búsqueda de estrategias en las que, por pocos que participen, “todos ganan”, puesto que se trata de favorecer al conjunto. Otra cosa es que los datos y las posibles soluciones aportados sean, en una lamentable vuelta de tuerca, desoídos o, peor aún, tergiversados para convertirse en instrumentos al servicio de intereses particulares muy alejados del bien común.
Así que la ecología versa acerca de la interconexión con otros individuos, otras especies y el entorno en el que habitamos, del que extraemos los recursos que no sólo nos permiten vivir, sino mantener e incrementar nuestro grado de bienestar. Y busca la manera en que estos sistemas resulten funcionales y puedan permanecer.
Esta búsqueda de soluciones debe ser realista. En el actual estado de las cosas, la desaparición del hombre de la faz de la tierra arreglaría poco, dado que, sólo para empezar, no quedaría nadie en posición de reponer el daño que ya se ha ocasionado. En otras palabras, la ecología viene a demandar que el humano ocupe el papel que le corresponde en el conjunto de la naturaleza. Y como el humano es una criatura consciente, esta conciencia debería ser su aportación principal al resto del conjunto.
Esta búsqueda tiene relación con el sentido común. No nos remite al pasado, pues si bien es cierto que en periodos históricos anteriores el impacto de la humanidad sobre el entorno pudo ser menor, debemos considerar que esto se debe antes a que la población era también menor a que las técnicas empleadas en la explotación y gestión de los recursos naturales fueran menos destructivas. De igual modo, lo que pudo funcionar en un lugar y un momento determinados, para una comunidad o serie de comunidades determinadas, probablemente no resultara funcional, llegando a ser muy perjudicial, en otras condiciones.
No se tratará tampoco, por tanto, de huir de las ciudades, hacerse una cabaña en el monte y abastecernos con nuestro propio huerto. Hoy día no podemos considerar ideas tales como abandonar la electricidad, los sistemas de transporte, o la parte efectiva de la medicina moderna; No con el volumen de población existente. Obviamente, tampoco deberíamos jugar con la idea de destruir el “sobrante” de la humanidad... sino partir de nuestra capacidad para encontrar soluciones que permitan una producción sostenible, que no genere problemas adicionales, y que sea capaz de abastecer las necesidades de la humanidad en su conjunto.
Obviamente éste es un principio tan alto y difícil de alcanzar como el de la objetividad a la hora de redactar una nota de prensa, un estudio histórico o una obra de divulgación científica. Se diría que el pensar en un bien más allá de nuestros propios intereses (aquellos que definimos desde los límites de nuestras circunstancias, historia personal, etc.), aún cuando nos incumba junto al resto de la humanidad habida y por haber, no es una característica inherente en el ser humano. Sin embargo, simplemente con hacer el intento de acercarnos al ideal en la medida de nuestras posibilidades, de dejarnos orientar por esta luz, es mucha la ganancia.
En resumen, los planteamientos ecológicos nos permiten objetivizar nuestra relación con el resto de la naturaleza (viviente, como animales y plantas, y no-viviente, como montañas y ríos), obligándonos a situarnos en nuestro tiempo y en entornos concretos, con recursos y necesidades particulares, con el fin de evaluar racionalmente el estado de estas interacciones, prever las consecuencias a futuro y encontrar las acciones necesarias para evitar aquellas indeseables, con el fin que las próximas generaciones cuenten, al menos, con las mismas oportunidades de desarrollo que nosotros disfrutamos.
III. Las sombras de la ecología.
Creo importante subrayar que cuando en un discurso no se presta atención al conjunto o sistema, a las interacciones entre los individuos y comunidades que éstos abarcan, no se trata de ecología, sino de uno o varios elementos de disturbio que dañan aquello que supuestamente pretenden defender. Como ejemplos podemos tomar la farsa de las ONG's que se lucran a costa de explotar la sensibilidad ajena echando mano de campañas emotivo-agresivas que, sin embargo, resultan estériles a la hora de dar resultados concretos y comprobables; Las estrategias caza-subvenciones o caza-electores de los gobiernos dispuestos a levantar una cortina de humo “políticamente correcta” ante las necesidades de aquellos que deberían atender; O a la violencia irracional y regresiva de aquellos grupos que predican que la Tierra sería un lugar mucho mejor si los humanos desaparecieran. Todo esto constituye una inmerecida sombra con la que la verdadera ecología debe cargar, mientras sigue adelante buscando soluciones lógicas a problemas reales.
Nos dimos cuenta pronto, las cosas son complicadas, por eso escurrimos algunas cuestiones a pesar de su innegable importancia. Quisiéramos creer que por el mundo andan equipos especializados en atender “esos temas”, del mismo modo en que existen cuadrillas de basureros haciendo lo que no consideraríamos hacer nosotros mismos, y nos asusta pensar que este rol ficticio pueda ser empañado, burlado o despedazado.
La última vez que el tema apareció en la mesa de nuestra casa enlazó con una variedad tremenda de cuestiones, partiendo de la existencia de posibles soluciones que podrían empezar a aplicarse, entró en los peligrosos terrenos de la política, que permite o censura estas pruebas según sus propios intereses, pero también nos adentramos en la cultura, teniendo que admitir que no siempre la población está en condiciones de comprender la importancia de la conservación del medio, o siquiera de aceptar una propuesta “alternativa”, que en algunos casos podría ser la misma información o la básica educación a la que muchas personas no tienen acceso. Resumiendo, el camino desde que se halla una posible solución hasta que se prueba, está lleno de obstáculos. Incluso cuando la efectividad de la misma ha sido comprobada, y sus beneficios detallados, es necesario y difícil convencer a todos los implicados para que las acciones a realizar se establezcan como medida, y se de continuidad al proyecto.
La idea se une a tantas otras que le son parejas, saliendo del ámbito “ambientalista”. La existencia de posibles soluciones a ese tipo de problemas que afectan a la humanidad en su conjunto y la demora interminable a la hora de aplicarlas, obstaculizada por intereses ajenos, nos arrastra aún más al interior de esa espiral de impotencia que engendra una rabia contenida contra la injusticia reinante e impune, haciéndonos descender hacia el fondo de la desesperanza que no queremos permitirnos... Muchos corren entonces a ver películas de grandes desastres naturales y leemos novelas de dudosa calidad acerca de la proximidad del “fin de los tiempos” como si esa exageración de la ficción pudiera encargarse de exorcizar la angustia provocada por una realidad que nos rebasa y ningunea. Calmamos la agitación por un tiempo, pero ésta sigue pataleando en el fondo, reclamando nuestra parte de responsabilidad en el conjunto, y la necesidad de emprender algún tipo de acción por nuestra parte.
Sigue en: Repensando la ecología (II)
