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lunes, 7 de febrero de 2011

Naturaleza y ciudad


Jardines colgantes de Babilonia, Martin Heemskerck, s. XVI


Entre las creencias que asimilamos socialmente y que, por lo tanto, raramente llegamos a cuestionar, se encuentra aquella de que el habitante de la ciudad es completamente ajeno a la naturaleza. Persiste, en algún lugar de nuestra mente el mito del “paraíso virgen”, y nos dejamos encantar por las imágenes idealizadas en las que, sospechosamente, no existen ni el frío ni el calor extremos, insectos o parásitos o aguas insalubres. Sentimos que para reencontrar la Naturaleza debemos escapar del asfalto porque aceptamos sin demasiada resistencia la pretendida oposición de lo artificial ante lo natural, junto con la idea subyacente que el cuidado medioambiental se opone al progreso y que, por lo tanto, los daños al entorno son inevitables en beneficio de las comunidades humanas.

Todas las culturas han transformado el emplazamiento geográfico que habitaban, ya sea incluyendo construcciones habitacionales, zonas de cultivo o parques industriales. Incluso han incidido sobre otras especies animales y vegetales, no sólo haciéndolas desaparecer del planeta, sino dando lugar a sus variantes domésticas. Cualquier paraíso virgen puede convertirse en un auténtico infierno para el humano actual, porque el principal sistema de adaptación de nuestra especie no es físico, sino cultural; la capacidad de pensar y encontrar nuevas soluciones, si bien es un hecho que las posibilidades de este sistema con frecuencia no son aprovechadas.

No es necesario ir a ningún lugar a buscar la naturaleza, porque formamos parte de ella. Dicho sea de paso, tampoco podemos escapar de ella, ni podemos crear una burbuja donde lo que la afecte no nos afecte a la vez a nosotros.

Cuando empezamos a valorar la presencia de espacios naturales en las ciudades y tomamos conciencia de la biodiversidad que pueden albergar, alteramos nuestro mapa mental al respecto, y nuestra propia ubicación dentro del mismo. Si seguimos los hilos que nos enlazan con el resto de especies presentes en nuestro entorno inmediato comprenderemos que no deberían ser considerados un ornamento accesorio.

A menudo no somos conscientes de lo que la vegetación hace por nosotros en las ciudades, sin embargo, dadas las previsiones acerca del cambio climático, su importancia irá en incremento. Por ejemplo, uno de los problemas derivados del hábitat urbano es el efecto “isla de calor”, provocado por la liberación nocturna del calor acumulado durante el día por los edificios y el asfalto, lo que se traduce en una mayor demanda de agua y energía, aumentando la contaminación ambiental (y sus efectos sobre la salud humana). La vegetación urbana no sólo ayuda por encima de otras medidas a mitigar este problema, regulando la temperatura y la humedad, sino que constituye el único sumidero natural de gases de efecto invernadero de las ciudades. También nos protege de la contaminación acústica, y es especialmente relevante en la mejora de la calidad del aire al interceptar, a través de las hojas del arbolado, una gran cantidad de partículas contaminantes.

Hay muchas razones físicas para promover los espacios verdes en la ciudad, pero también las hay psicológicas. Stephen Kaplan definía los entornos restauradores como aquellos que favorecían “la recuperación del equilibrio psicológico y la vuelta a una situación de congruencia entre la persona y el ambiente”, contando entre ellos los espacios verdes urbanos, capaces de interrumpir el reclamo constante de atención al que es sometido el habitante de la ciudad. La sensación de proximidad a la naturaleza nos relaja y reconforta, la posibilidad de detenerse a contemplar, por ejemplo, un árbol mecido por el viento, o a escuchar el murmullo de un curso de agua, se traduce en un cambio de ritmo, en un estado mental más tranquilo y positivo. Nos recuerda que hay algo más allá de nuestro pequeño mundo de obligaciones, preocupaciones, deseos o metas. Nos recuerda incluso que el tiempo puede discurrir a una velocidad distinta de aquella que pretendemos imponernos; Que el invierno, la primavera, el verano y el otoño se suceden y que nuestros cuerpos y nuestras mentes aún están íntimamente relacionados con ese ciclo.

Dicho de otro modo, la población humana es el principal beneficiario de la integración de especies vegetales en el medio urbano, toda vez que éstos contribuyen a disminuir los daños causados al resto del medio ambiente.

Otra cuestión que a menudo no se plantea es que la misma necesidad de “huir” de las ciudades es la que lleva a la reducción de las áreas naturales salvajes incidiendo negativamente sobre las especies animales y vegetales que las habitan. Queremos ir al bosque, pero necesitamos un coche u otro medio que nos lleve a él, carreteras por las que nuestro vehículo se pueda desplazar, zonas de acampada, albergues u hoteles con áreas de recreo para los niños y piscinas, infraestructuras para proporcionar electricidad, gas, agua corriente, etc. Todo lo cual reduce y amenaza el área a la que queremos desplazarnos para “reconectar” con la naturaleza. Si “escapamos a la naturaleza” en estas condiciones, es como si decidiéramos ir a visitar a un familiar lejano porque nuestra casa está demasiado sucia, y además lleváramos un par de bolsas de basura de regalo.

Nuestras ciudades deberían ser lugares lo suficientemente buenos para poder ser habitados, dada que esa es su función principal. Es un trabajo para todos los que vivimos en ella. Para que la naturaleza urbana pueda no sólo convivir con nosotros, sino ayudarnos a vivir mejor, es necesaria la elaboración de diseños urbanístico eficientes que tengan en cuenta las características y necesidades de las especies a introducir. Es decir, tomar conciencia de la importancia de integrar estos elementos en la infraestructura urbana, en lugar de buscar cualquier cosa verde para rellenar un espacio “vacío”.

Los espacios naturales se han situado tradicionalmente en parques y jardines, pero también pueden encontrar un lugar adecuado en otras ubicaciones como calles, plazas, balcones, patios y terrazas. Esto significa que, al margen de las decisiones políticas acerca del diseño urbanístico de nuestra ciudad, siempre nos quedará al menos una ventana para hacer nuestra contribución a la causa. No hace falta que seamos unos especialistas en el cultivo, podemos empezar por poner algunas plantas en nuestro balcón, y preguntar cuántas veces hay que regar durante la semana. Si la cosa nos gusta, podemos aventurarnos a sembrar nuestras propias especias, o con la creación de un pequeño huerto. Aprender de ello, y enseñar después a otros, porque aunque hay muchas personas que llevan años dedicadas a este tema para que las opciones que han elaborado encuentren una vía de realización es necesario que previamente se produzca un cambio de mentalidad general, una demanda de las mismas. Que creamos que podemos vivir mejor en nuestro entorno inmediato, sin necesidad de huida, y que no nos conformemos con menos.



Bibliografía :



Fariña, José (2011) : El blog de José Fariña (2011)

Fariña, José (2000) : Naturaleza Urbana

Figueroa, M.E. , Redondo, S. (2007): Los Sumideros naturales de Co2, Ed. Universidad de Sevilla.

Nowak, David. J./ McPherson, E. Gregory (1993): Cuantificación del impacto ambiental de los árboles, Revista Unasylva nº173.



miércoles, 4 de agosto de 2010

La historia de las cosas



A propósito de tomar conciencia del lugar que ocupamos en el mundo y nuestras relaciones con nuestro medio, recordé un vídeo ya algo viejo, pero muy recomendable, llamado "La historia de las cosas". Aquí dejo los enlaces correspondientes a las tres partes de la versión subtitulada en español (en total son unos 20 minutos).


The History of Stuff - Subtitulado en español 1/3


sábado, 31 de julio de 2010

El sagrado alimento


Ilustración de Raquel Alzate para la novela gráfica Cruz del Sur (2004)

Comer es un acto básico, esencial para la vida, que merece toda nuestra atención. Es un hecho que la sociedad moderna nos ha alejado, en cierto modo, de la conciencia de los ciclos y pautas naturales, pero algo que también sucede con frecuencia, y no depende tanto de la sociedad o de la época en la que vivimos, es el alejamiento respecto a nuestro propio cuerpo, que conlleva severas dificultades a la hora de desarrollar una comunicación con el mismo.

No sólo hemos perdido la noción instintiva de aquello que nos conviene o no comer, sino que hemos acallado las percepciones físicas que biológicamente nos guiaban a la hora de tomar esta decisión. Es increíble, en este aspecto, que se otorgue mayor autoridad y se escuchen antes los consejos de revistas no especializadas o magazines televisivos que las indicaciones de nuestro propio organismo.

A menudo engullimos, comemos rápido y cualquier cosa, sin importarnos el hecho de que lo que lleguemos a hacer dependerá en gran medida del combustible que demos a nuestro cuerpo, esa una máquina maravillosa capaz de funcionar bastante bien a pesar de que nos empeñemos en sabotearla. No se trata de cantidad, sino de calidad, tanto en los alimentos como en nuestra disposición a la hora de consumirlos y asimilarlos.

Con suerte, es posible que conservemos algún recuerdo de nuestra infancia, cuando no conocíamos la prisa y el mundo parecía más brillante. Es posible que recordemos un momento en nuestra vida en el que abrir la primera sandía del verano era una ocasión especial en la que el tiempo se detenía y nuestros sentidos se extasiaban. Entonces era posible captar no sólo el sabor del fruto, sino aspirar su aroma y disfrutar de su textura y experimentar plenamente el momento, con toda nuestra conciencia puesta en él.

Para recuperar o cambiar nuestra relación con la comida, el sagrado alimento (y sus implicaciones extra físicas), será necesario empezar a prestar atención a las señales emitidas por nuestro cuerpo. Empezaremos por encontrar un momento para comer tranquilos y libres de distracciones, con el fin de poder concentrarnos en las sensaciones que la comida transmite a nuestros sentidos. El olor, la textura, y obviamente el sabor del alimento... Todos esos regalos que la naturaleza añade a los elementos químicos necesarios para nuestra supervivencia, que enriquecen nuestra vida y que han convertido el acto de cocinar en un verdadero arte.

Una vez hayamos comido, prestemos atención también a las señales de nuestro cuerpo, que nos indicará como está yendo el proceso digestivo. Nuestro cuerpo, a través de diferentes sensaciones y manifestaciones físicas, tratará de comunicarse con nosotros para decirnos si la cantidad de alimento fue justa, excesiva o insuficiente, si los alimentos que le proporcionamos le resultaron fáciles de digerir o no, si necesita más líquido o más sal, o incluso si comimos demasiado rápido o demasiado nerviosos.

El proceso digestivo es en muchos aspectos la clave de nuestra salud y bienestar físicos, influyendo también en nuestros estados anímico y mental. Si aprendemos a escuchar a nuestro cuerpo y a darle lo que necesita podemos evitar, paliar e incluso curar muchos de los males que comúnmente nos aquejan, y experimentar sorprendentes cambios en nuestra vida (física, anímica y mental) no incorporando o imponiendo nuevos elementos y reglas procedentes de una autoridad externa, sino recuperando las capacidades y sabiduría que se hayan en nosotros mismos, ocultas por esa densa capa de polvo acumulado a lo largo de generaciones, a la que podemos llamar ignorancia.

La bendición de la mesa puede parecer una costumbre arcaica, sin embargo, constituye un invaluable ejercicio de toma de conciencia. Demos las gracias, a los dioses o a la naturaleza misma por el alimento que recibimos, sin el cuál no podríamos vivir. Y convirtamos esto en un punto de reflexión acerca de cómo nuestro ser en todos sus aspectos físico, mental, emocional y espiritual, se relaciona con su entorno, cómo cada uno de esos aspectos toma del mundo y lo que le regresa, con el fin de limpiar y perfeccionar estas relaciones.

Entendamos que el alimento no surge por generación espontánea, sino que tras cada bocado hay un largo recorrido, una semilla que germinó, creció y nos entregó su fruto, un animal que nació, creció y fue sacrificado para satisfacer las necesidades de nuestra propia vida. Una tierra que un día fue salvaje, tal vez una selva o un frondoso bosque, que fueron talados para crear áreas de cultivo, con el trabajo de muchos hombres y mujeres - y en ocasiones, aún hoy, niños y niñas- que sembraron, cuidaron, criaron, alimentaron, recolectaron, etc. para que el plato que tenemos ante nuestros ojos pudiera llegar a nuestra mesa con tanta facilidad.

Demos las gracias y valoremos nuestra comida, y luego pensemos que podemos hacer por regresar a la Tierra, a los hombres y mujeres, niños y niñas, a los animales y las plantas, domésticos o salvajes, aunque sea una pequeña parte de cuanto nos han dado...

Inevitablemente deberemos seguir comiendo a lo largo de nuestras vidas, pero esta toma de conciencia puede contribuir a que nos replanteemos cuál es el ciclo en el que estamos, el modo en cómo nos vinculamos al resto de seres vivientes y a la misma tierra, el precio que otros pagan por el consumo que realizamos ya no de alimentos, sino de otros muchos productos que definitivamente no son esenciales para nuestra supervivencia.

jueves, 24 de junio de 2010

Temporada de frutos

Cosecha de duraznos, Nelly Álvarez

Si nos atenemos al esquema del Ciclo Anual, en el solsticio de verano el viaje simbólico de la semilla llega al momento en el que ésta ha dado el fruto que, a su vez, contiene en sí las semillas de las nuevas generaciones, que desprenderá una vez maduro.

A medida que avanzamos en nuestro camino de vida, es importante profundizar en el mismo a través de la experiencia obtenida por los propios sentidos, así como la reflexión detenida sobre la información que éstos nos proporcionan. Tomar conciencia acerca de los frutos, por lo tanto, puede incrementar a su vez nuestro conocimiento y vínculo con los productos de la tierra, sus ciclos y su relación con nosotros, así como del lugar que, como humanos y como individuos, ocupamos en los mismos.


Sincronía silenciosa

En la actualidad existe un mercado internacional de productos de todo tipo, incluidos los alimentos. En las grandes ciudades, en cualquier época del año podemos comer prácticamente cualquier cosa que se nos antoje... Sin embargo, el precio que pagamos por ello – muchas veces sin darnos cuenta- es una merma importante en la calidad de los alimentos, tanto en lo tocante al sabor como en sus propiedades nutritivas y los beneficios que podrían aportar a nuestro cuerpo, por no hablar de nuestra alienación respecto a los ciclos naturales y el funcionamiento de nuestro propio cuerpo.

Existe un equilibrio silencioso, que usualmente pasa desapercibido, entre las propiedades de los frutos, la tierra en la que crecen, las estaciones del año y las necesidades específicas de nuestro organismo. Dicho de otro modo, la tierra en la que nacemos nos da en cada momento aquello que necesitamos para habitarla: Allí donde los veranos son calurosos las frutas de la temporada son acuosas y frescas, allí donde los inviernos son fríos, los frutos (por ejemplo, los llamados “frutos secos”) disponibles en esas fechas tendrán un mayor aporte calórico. Incluso cuando esta consonancia no es evidente, se halla en el interior del fruto, en su aporte vitamínico o mineral (por ejemplo, cuando se acerca el frío y corremos mayor riesgo de resfriarnos la fruta de la temporada es la naranja, rica en vitamina C que nos ayuda sino a evitarlo, al menos a sobrellevarlo en mejores condiciones).
Además de esta sincronía natural, existe una sincronía cultural en las tradiciones culinarias de cada población, también afectada por la modernización... Por ejemplo, en lugares donde la Navidad coincide con la época más fría del año, las tradicionales comidas y postres hipercalóricos tienen sentido, pero en lugares dónde la Navidad coincide con la estación veraniega comer el clásico turrón (masa elaborada a base de miel y almendras) no le hace ningún bien a nuestro cuerpo.

Esto no significa que estemos “condenados” a permanecer en el lugar que nos vio nacer para tener una dieta/vida equilibrada, sin embargo tomar conciencia de estos factores puede ser una efectiva guía a la hora de escoger nuestra alimentación en función de la constitución y particularidades de nuestro cuerpo, las actividades que realicemos, la estación del año y el lugar en el que nos encontremos. Estos parámetros son mucho más importantes y funcionales a la hora de diseñar nuestra dieta que el manojo de creencias – en ocasiones auténticas estrategias publicitarias - del tipo “la leche es un alimento excelente” pues, siguiendo con el ejemplo, es sabido de todos que muchas personas son intolerantes a la lactosa. Cada organismo tiene unas necesidades propias que debemos interesarnos en identificar y comprender, y la dieta adecuada deberá ser diseñada conforme a las mismas en lugar de ser impuesta por cualquier otra razón (creencia, costumbre, etc.). No hay una fórmula única: Lo que funciona para algunas personas, puede llegar a ser incluso dañino para otras.


Consumo consciente y responsable

Dar un paseo por el mercado e interesarse por la naturaleza y procedencia de las frutas y verduras que consumimos es un primer paso para abrirnos a este área de conocimiento. En las sociedades modernas a menudo oímos de lo sano que es comer frutas y verduras, y que todos deberíamos aumentar la presencia en nuestra dieta y el consumo de estos productos. Sin embargo, si los frutos y verduras no han sido cultivados y recolectados correctamente, su margen de beneficios se reducirá considerablemente.

Por ello las frutas y verduras que adquirimos regularmente (otra cosa es darse un capricho) deben ser las correspondientes de la época y el lugar en el que nos encontremos, estar en el momento idóneo para ser consumidas, y proceder de fuentes de producción locales. Cuando se respetan las condiciones climáticas adecuadas para cada especie, los frutos pueden completar su ciclo natural, manteniendo todas sus propiedades, incluyendo, además de las nutritivas, las de sabor, aroma y textura. Además, los alimentos de temporada son más económicos, por su disponibilidad en el mercado.
En cambio, cuando los vegetales se cultivan en condiciones impropias, su crecimiento y maduración se ven afectados. Por otra parte, cuando se importan desde lugares demasiado distantes, es prácticamente seguro que fueron recolectados antes de tiempo, aún verdes, y han madurado (o empezado a estropearse, según se quiera ver) en el trayecto hacia la central distribuidora, llegando a los comercios minoristas en condiciones muy por debajo de su potencial.

Con esta práctica, además de conocer mejor la tierra, sus ciclos y sus frutos y contribuir a las economías locales, estaremos logrando una mayor calidad alimenticia de los productos que consumimos, y aminorando nuestro impacto sobre el medio ambiente, en relación a las emisiones de CO2 procedentes del sector transporte (podemos reducirlo aún más si en lugar de comprar las frutas que se comercializan envasadas en los supermercados, vamos al mercado con nuestra propia bolsa y si nos acostumbramos a separar los restos de la fruta, una vez consumida, y depositarlos con la basura orgánica, los usamos para hacer nuestra propia composta).

Si además podemos consumir frutas y verduras procedentes de los llamados “cultivos orgánicos” estaremos asegurándonos que nuestros alimentos no contengan rastros de plaguicidas y otros elementos químicos nocivos usualmente empleados en los cultivos intensivos, garantizando, además, la fertilidad de la tierra empleada para la obtención de las frutas y verduras que llevamos a la mesa.


Tablas de frutas y verduras de temporada

Aunque en el mercado y comercios minoristas deberían ser capaces de informarnos al respecto, siempre podemos acudir a las asociaciones de consumidores para informarnos de los calendarios de frutas y verduras de nuestra región. Pero para poder comparar las diferencias, adjunto los links de los calendarios de frutas y verduras correspondientes a España y México ( centrada en el DF, porque en el país hay una variedad de climas y ecosistemas interminable).

Para España
- Calendario de Frutas , Calendario de Verduras

Para México (DF) - Calendario de frutas y verduras

jueves, 20 de mayo de 2010

Volver al mercado

Hace ya unos cuantos años, ciertas mañanas mis pasos seguían más allá de las aulas para adentrarse, en las calles del centro de la ciudad. Uno de los lugares de visita obligada era el viejo mercado, cuyos pasillos recorría con apresuramiento fingido absorviendo furtivamente cuantas sensaciones surgieran al paso; colores, olores, sonidos, texturas... El mercado era un mundo en el que reinaba una serena amabilidad, al que yo sólo pertenecía en recuerdos de infancia.

Y así, durante mucho tiempo, incluso después de independizarme, el mercado siguió pareciéndome un pequeño universo al que, a pesar de la atracción que ejercía sobre mí, era ajena. Todo el mundo allí dentro parecía conocerse, parecía saber qué decir, qué pedir, cómo responder, etc...

A veces, en el aspecto más cotidiano y aparentemente banal de nuestras vidas, criamos pequeños temores absurdos, reparos y excusas que se alzan como muros impidiéndonos alcanzar una mayor calidad de vida. Se trata de obstáculos que no tienen demasiada importancia, pero que en todo caso vale la pena superar.

Un día volví al mercado para dejar de limitarme a ser una observadora y empezar a participar. En poco tiempo, a medida que adquiría seguridad en lo que estaba haciendo, fui conociendo los diferentes puestos, las personas que los atienden y los productos que se ofrecen.
Ahora, el ir al mercado forma parte de mi cotidianidad, como una actividad que me reporta grandes beneficios. Está más cerca de casa que las grandes superficies comerciales y encuentro prácticamente cualquier cosa que pueda necesitar, adquiero alimentos frescos a mejor precio y ahorro en empaques innecesarios, y además de tener un contacto más cercano y cordial con los vecinos del barrio, puedo preguntar cómo se llaman las cosas, de dónde vienen o cómo se cocinan, y probar muchas cosas nuevas.

Es algo muy sencillo, completamente intrascendente, pero es también un buen ejemplo acerca de cómo con pequeñas acciones podemos mejorar nuestra calidad de vida. Debemos darnos la oportunidad de probar cosas nuevas que creemos que pueden ayudarnos, por insignificantes que parezcan. Estar conscientes de que cada día nos ofrece múltiples oportunidades de experimentación, que pueden abrir caminos que ahora no podemos imaginar y que tal vez conduzcan a aquello que más deseamos.


Mercat de la Boqueria, Barcelona (2007), por Bocadorada.

jueves, 22 de abril de 2010

Día de la Tierra

Doodle conmemorativo del día de la Tierra (2010)

El Dia de la Tierra se celebra en muchos países el 22 de abril. Sus inicios se encuentran en los EUA, cuando en 1970 fuera promovida por el senador Gaylord Nelson una manifestación en favor de la concienciación sobre los problemas medioambientales.

Sin embargo, la propuesta obtuvo una sorprendente respuesta por parte de la población, y el movimiento en torno a las revindicaciones del día de la Tierra creció y se organizó de forma autónoma y descentralizada. Aproximadamente 20 millones de estadounidenses se involucraron con la propuesta. Miles de colegios y universidades organizaron protestas en contra del deterioro del medio ambiente. Y los numerosos grupos que habían estado luchando contra los vertidos de petróleo, la contaminación industrial, los vertederos tóxicos, la pérdida de biodiversidad, etc. comprendieron que compartían valores y objetivos comunes. Por ello se considera que el Earth Day de 1970 marcó el inicio del moderno movimiento medioambiental (1).

En el 40 aniversario del evento, por primera vez la ONU se sumó institucionalmente a la celebración del día de la Tierra,(2) si bien éste ya era conmemorado de modo no oficial desde 1971, coincidiendo el equinoccio de primavera en el hemisferio norte.

También este año se celebró, coincidiendo con el día de la Tierra, en Bolivia, la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los derechos de la Madre Tierra, en la que participaron dos tercios de los países del mundo (3). La CMPCC es llamada también "cumbre alternativa", en referencia a las cumbres mundiales sobre el clima, que si bien vienen celebrándose por la CMNUCC desde 1995, han defraudado especialmente en la última cita (Coppenhague, 2009), que no consiguó llegar a un acuerdo vinculante, ambicioso y justo de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.





Recuperando el día de la Tierra


Como he mencionado en otros artículos, cuando contemplamos la vertiente política de la ecología corremos el riesgo de sentirnos impotentes. Creo que lo más importante del día de la Tierra es justamente lo contrario, la involucración y voluntad de acción de comunidades, pequeños grupos e individuos, capaces de funcionar de manera autónoma y descentralizada, en el trabajo por la conservación del medio ambiente. El día de la Tierra, no pertenece a un gobierno u organización, pertenece a las personas. Para muchas de las cuales el día de la Tierra, se celebra cada día.

Para recuperar esta dimensión, y centrarnos en aquello que sí podemos hacer, creo conveniente repasar el listado básico de acciones sencillas por el medio ambiente. Al tenerlo presente en nuestra vida diaria, desarrollamos una disciplina que nos permiten conectar, a través de pequeñas acciones, con la Tierra - y la Vida- que honramos y respetamos.



1. Reducir el consumo de agua.

Todo aquel que ha sufrido cortes de agua debido a la sequía sabe de la importancia de este recurso natural. Sin embargo, raramente las grandes ciudades se ven privadas de este bien, por lo que es más difícil concienciar a sus habitantes del valor del recurso que ellos desperdician, mientras otros carecen. No se trata de escatimar, o privarnos, sino de evitar malgastar.
No dejar correr el agua mientras nos lavamos los dientes o enjabonamos la vajilla, o tomar una ducha rápida en vez de un baño. Aprender a reutilizar el agua, por ejemplo, el agua del aclarado de los platos puede emplearse para la limpieza de suelos o en sustitución de la descarga del W.C. (la cantidad de agua potable que se pierde en el W.C. es vergonzosa). En caso de contar con terrazas o patios al aire libre, vale la pena recoger el agua de lluvia para el riego de las plantas.

2. Reducir el consumo de energía eléctrica.

No se trata de ir corriendo a la tienda de electrodomésticos para cambiar los que tenemos por otros de bajo consumo (aunque si vamos a comprar algo nuevo, tengámoslo en cuenta), sino, nuevamente, de no malgastar. Apagar luces y electrodomésticos cuando no se estén utilizando. Sustituir las bombillas convencionales por otras de bajo consumo eléctrico. Llenar la lavadora, en lugar de hacerla funcionar sólo con dos pares de calcetines y un suéter (con esto también se ahorra mucha agua), no dejar la puerta del refrigerador abierta.


3. Reducir el uso de vehículos privados.

Todos conocemos a alguien que usa su coche hasta para ir a comprar el pan, es obvio que eso no es necesario. Aunque el transporte público tiene sus desventajas, ciertamente termina compensando en lo que a tiempos y gastos se refiere. Si no hay más remedio que usar el coche, siempre podemos compartirlo con otros compañeros en nuestros desplazamientos al trabajo, centro de estudio o destino vacacional. Aunque en algunas ciudades se dificulta el ir en bicicleta, en otras no hay excusa. Por último, nunca está de más recordar que la mayoría de humanos cuenta con un par de piernas para desplazarse, y que caminar 30 minutos al día es una costumbre que puede ayudarnos a mantenernos saludables.


4. Reducir el consumo de bolsas y empaques.

En cuanto comprendemos cuánto tiempo tardan en degradarse el plástico y otros componentes de los empaques comerciales, nos invade una cierta angustia (4). Sobrepasándola, lo cierto es que no necesitamos todas esas bolsas y empaques con los que volvemos del supermercado, la panadería o la frutería. Podemos tener nuestra propia bolsa de la compra, y simplemente separar las verduras y demás a la hora de pesarlas. Cuando, de todos modos llegamos a casa cargados de bolsas, porque nos dejamos la nuestra en casa, o porque no había más remedio, siempre es posible darles al menos un segundo uso, empleándolas como bolsas de basura.


5. Gestionar correctamente los residuos y reciclar.

Por lo mismo que se comenta en el punto anterior, los humanos gastamos cantidades ingentes de energía y otros recursos en la fabricación de materiales y productos de poca utilidad que teminarán contaminando el medio ambiente.
Reciclar es la manera de reducir tanto la producción como la contaminación, dando un segundo uso al material. Tampoco se trata únicamente de tirarlo al contenedor correspondiente: en primer lugar deberíamos preguntarnos si realmente ha finalizado la vida útil del producto ( es decir: ¿realmente ya no sirve?), si podemos seguir usándolo como veníamos haciendo, o bien emplearlo para otra cosa. Si realmente ya no sirve para nada, entonces sí, depositémoslo en el contenedor correspondiente.

Estoy segura de que la mayoría de las personas que lean este artículo cumplen con al menos dos puntos de la lista en su vida cotidiana, ahora, pueden probar con otros. Si se cumple con todos, en mayor o menor medida, puede ser una buena ocasión para plantearse nuevas propuestas y acciones :)



NOTAS:

(1) Earth Day, Wikipedia.
(2) La ONU celebra el Día de la Madre Tierra con llamado a desarrollo sostenible EFE
(3)
ONU considera que dos tercios de los países del mundo alzaron su voz en Bolivia ABI
(4) Cuanto tarda.

sábado, 20 de marzo de 2010

El Horticultor Autosuficiente, de John Seymour



A raíz del comentario de Francis Ashwood en el post anterior, me acordé de que muchas personas de las que decidieron probar suerte a la hora de trabajar con la tierra, creando sus propios huertos, siguieron las obra de John Seymour titulada "El Horticultor Autosuficiente" (que se puede visualizar en línea y descargar en formato pdf ) a la que realmente vale la pena echar un vistazo porque se trata de una verdadera joya.

John Seymour (1914 - 2004) fue una influyente figura del movimiento de autosuficiencia, o DIY ("Do It Yourself"). Fue escritor, ecologista, activista contra el consumismo y la industrialización y en defensa de la independencia, la responsabilidad personal, el cuidado de la Tierra y el buen vivir.




domingo, 14 de marzo de 2010

La voz del lobo entre los hombres

Triumph of the Wolves, Ernest Thompson Seton, 1883


En los últimos años se ha popularizado la imagen del animal totémico o animal de poder, que a raíz de la influencia de la New Age ha pasado a significar algo como: "animal con el que quisiéramos identificarnos y - sobretodo- ser identificados aunque en realidad no sepamos casi nada de él". Una de las especies preferidas en la lista de candidatas es, sin duda, el lobo.

Como a menudo buscamos en la dirección equivocada, ignorando lo más cercano, creo que merece la pena dejar de lado, al menos por esta vez, las discusiones acerca de lo que es o no es un animal totémico/de poder, para hablar directamente de dos personas criadas en la cultura moderna y occidental, cuyos respectivos encuentros con el lobo, al que llegaron a conocer y respetar profundamente, supusieron una revelación que rompió con aquello que creían o creían conocer hasta el momento, abriéndoles las puertas a nuevos conocimientos que posteriormente serían parte de la educación de los "cachorros humanos" a nivel global y hasta la actualidad.


Felix Rodríguez de la Fuente

La primera de esas personas es Félix Rodríguez de la Fuente, de cuya muerte se cumplen hoy 30 años. Nació en Burgos en 1928, y pasó su infancia en el medio rural, en contacto directo con la naturaleza. En este entorno el lobo era considerado una alimaña y un mal a erradicar, por lo que no es de extrañar que Félix decidiera unirse a una batida de lobos. Sin embargo, en el momento en que su mirada se cruzó con la de una de aquellas bestias perseguidas, la imagen heredada del lobo como una fiera cruel y despiadada se desmoronó por completo, impactándolo profundamente. Desde aquel momento decidió conocer al lobo por sí mismo, dejando de lado los prejuicios heredados.

Con el tiempo, Félix se convirtió en un importantísimo divulgador científico. Tras una esporádica aparición en televisión con motivo de sus conocimientos en cetrería - técnica de caza que el mismo Félix se encargó de recuperar a raíz de documentación medieval- se recibieron centenares de cartas de un público que solicitaba nuevas intervenciones, lo que le abrió las puertas a los medios de comunicación. Félix fue un pionero al hablar de los auténticos valores de la fauna y flora, además gracias a sus dotes comunicativas supo ganarse la atención y admiración del gran público con sus intervenciones en prensa, radio y televisión.

Un par de décadas después de aquel encuentro con la mirada del lobo, Félix rescata a dos lobeznos, Remo y Sibila, de morir apaleados en un pueblo. Félix crió a estos y otros lobeznos junto a su mujer, vinculándose a varias manadas de las que llegaría a convertirse en líder. Felix fue, en muchos aspectos un lobero moderno, la voz del lobo entre los hombres. A través de esta experiencia se dedica a divulgar lo que consideraba "la verdad del lobo" en una época en que éste aún era ampliamente odiado y perseguido, lo que llegaría a acarrearle amenazas de muerte.

Félix se implicó en la protección del lobo, que probablemente le debe su supervivencia en la península ibérica, pero también de otras especies en peligro, tales como el oso ibérico, el lince y el águila, así como en la preservación de espacios naturales. En la década de los '70 realiza las series que le darían fama mundial, entre las que destaca El Hombre y la Tierra , y coordina el proyecto editorial de la Enciclopedia Salvat de la Fauna ibérica y europea, obra que sería traducida a 14 idiomas.

Félix murió en 1980, en un accidente de avioneta ocurrido durante la grabación de una carrera de trineos en Alaska. Pero su legado aún vive, especialmente por haber conseguido sembrar la semilla de la conciencia ecológica, medioambiental y conservacionista. Entre sus muchos cuentan también la protección por ley del halcón peregrino y el lobo.

Nos queda también su visión personal del ser humano, del que consideraba que debería dedicarse al constante perfeccionamiento de su físico, cultura y espiritualidad. Félix creía que el estadio ideal de la humanidad era el de la caza-recolección, y que la irrupción de la cultura neolítica había supuesto un cambio al que el hombre aún no se había adaptado. Sin embargo, su propuesta no era añorar ese pasado como una época dorada, sino incorporar a la actualidad aquellos elementos positivos perdidos. Félix abogó con frecuencia por la ruptura de mitos y tópicos, y pero en lugar de cargar contra el pensamiento "mítico" tradicional, señaló enfáticamente aquellas creencias artificiales, publicitadas, cuyo orígen radica en los intereses creados, que escinden al hombre de la naturaleza que no sólo lo rodea, sino de la que forma parte. Creía que a través de la ciencia y el conocimiento, se llegaría a las mismas conclusiones del animismo; el considerar a la tierra como una totalidad viviente.

El material disponible sobre el trabajo de Félix Rodriguez de la Fuente es abundante. Creo que vale la pena recomendar el reportaje "Los lobos aún lloran" (15 min) elaborado por la web de temática medioambiental NSD. Otros recursos audiovisuales en línea, como trabajos de radio y tv de Félix, o sobre él, pueden encontrarse a través del buscador de RTV.es Como curiosidad, Google dedica en España un hermoso doodle al autor, que rescato de la nota de microsiervos.




Ernest Thompson Seton

El segundo autor es Ernest Thompson Seton, un nombre que hasta hace unos años fue completamente desconocido por mi, a pesar de haber crecido nutriéndome de las adaptaciones de sus obras. Seton nació en Inglaterra, en 1860. A los seis años emigró con su familia a Canadá. Además de pasar largas temporadas temporadas en la granja de su hermano en Canadá, durante sus años de formación estudió arte en Londres, Nueva York y Paris, especializándose en las obras de temática animal. En 1882 fue nombrado naturalista provincial, por el gobierno de Manitoba, Canadá.

Uno de los acontecimientos más importantes en la vida de Thompson Seton se produce en 1883, cuando por sus conocimientos acerca de la naturaleza es solicitado en Nuevo México (USA) para colaborar en la caza de "Lobo", un lobo que había alcanzado fama local por su habilidad para evitar a los cazadores y sus trampas, cuyo comportamiento parecía ir más allá de las capacidades naturales de la especie. Después de muchos fracasos, Seton consiguió matar al espléndido animal, algo de lo que se arrepentiría desde aquel mismo momento. El hecho lo afectó profundamente, transformando el resto de su vida. Ante la imposibilidad de resucitar a Lobo, se comprometió a mantener vivo su espíritu. Seton incluyó desde entonces la huella del lobo como parte de su firma.

Ese mismo año expone en Chicago la pintura "El Triunfo de los Lobos" (misma que encabeza el presente artículo), en la que aparecía una manada de lobos devorando los restos de un humano. La obra causó una gran controversia, y fue duramente criticada, al considerarse una provocación que situaba a la naturaleza por encima del dios cristiano y contradecir el orden que éste había establecido al ser humano como cumbre de su creación.

En 1884 publica la "Historia de Lobo" en una destacada revista americana. Según el relato, Lobo aprendió a sortear las trampas más elaboradas, no servían los cebos envenenados, ni siquiera aquellos que habían sido preparados para que no quedara en ellos olor humano; del mismo modo no sirvieron las trampas, ni siquiera aquellas estratégicamente colocadas en varias combinaciones, después de analizar sus huellas y movimientos. Se burlaba de sus persecutores amontonando las trampas y dejando sus excrementos y orín sobre ellas, y parecía que los castigaba, matando a más ganado del que necesitaba (normalmente esto sucede con las ovejas, por razones biológicas de ambas especies, pero no con las vacas). Además, parecía que tanto los lobos de su manada, como aquellos de otras cercanas, aprendieron de sus técnicas.
La única manera de atraparlo fue capturando a su compañera. Esta pérdida afectó mucho más de lo que cabía sospechar al animal, que finalmente cayó en una trampa para la que usaron el cadáver de la loba. Lobo pasó varios días atrapado en el cepo antes de que lo fueran a buscar. Entonces, aún trató de atacar; pero en lugar de matarlo, lo ataron. Lobo se quedó muy quieto, sin llamar a sus compañeros y sin responder a sus llamados, sin comer o beber nada de lo que le era ofrecido, hasta que varios días después, murió en la misma postura.

En 1898 publica Wild Animals I have Known , en el que vuelve a incluirse la Historia de Lobo. La obra, que sirvió de inspiración a Rudyard Kipling para escribir el Libro de las Tierras Vírgenes (más conocido como "El libro de la Selva"), fue traducida a 12 idiomas y nunca ha dejado de publicarse. La reputación de Seton como naturalista, escritor e ilustrador fue reconocida en todo el mundo, pero también fue criticado por el naturalista John Burroughs, por adjudicar a los animales conciencia de sí mismos y emociones, sin embargo, tras aceptar la evidencia de las fieles observaciones de Seton sobre la naturaleza, la antigua oposición se convirtió en amistad.

A partir de 1900 profundiza en el trabajo conservacionista, inspirado en gran medida por las culturas nativas norte americanas, con las que tuviera su primer contacto durante su etapa de formación. En 1902 funda los "Woodcraft Indians", grupo juvenil inspirado en la ética y conocimientos de los nativos americanos, escribiendo un manual práctico que relataba muchas de sus experiencias en los bosques. En 1906 Seton decide colaborar con el militar inglés Baden-Powell en la creación de un proyecto común, el movimiento de los Boy Scouts, del que Seton sería nombrado Jefe Nacional cuatro años más tarde. Sin embargo, el fervor pro-bélico y patriótico de los Boy Scouts durante la Primera Guerra Mundial alejó a Seton del proyecto, que finalmente abandonó. Decidió entonces revivir su idea pacifista de los "Woodcraft Indians", creando la "Woodcraft League of America", cuyos ecos llegaron a países como Irlanda, Bélgica, Francia, Austria, Alemania, Polonia, Checoslovaquia, Rusia, así como a la formación de grupos de scouts en Latinoamérica.

La obra de Thompson Seton ha sido objeto de numerosas adaptaciones. Para mi generación, que creció con ellas, destacan las series de animación japonesa basadas en Monarch, The Big Bear of Tallac (1904) y Bannertail: The Story of Gray Squirrel (1922).

Existe una série de manga basada en la vida del autor, con guion de Yoshiharu Imaizumi e ilustraciones de Jiro Taniguchi, "Seton, el naturalista viajero", en cuyo primer volúmen se cuenta la historia de Lobo.

En la web de PSB se puede ver en línea la serie "The Wolf that changed America" dedicada a la historia de Thompson Seton y Lobo, descargar un cómic basado en la misma.



Bibliografía

Conoce a Félix: Su vida, su obra, su legado, su futuro...
, por Miguel Pou.
Félix Rodríguez de la Fuente, artículo en Wikipedia (español).
Chronology, The Ernest Thompson Seton pages.
Ernest Thompson Seton, artículo en Wikipedia (inglés).

lunes, 22 de febrero de 2010

Respeto a la Naturaleza, como modo de vida

Hace unos días estaba preparando un texto sobre los efectos ya presentes del calentamiento global. Al mismo tiempo, iba contrastando la información recopilada con los titulares que hablan del avance en la opinión pública del negacionismo hacia el cambio climático, a raíz del desprestigio por mala práctica en el que parecen haber caído algunos de los investigadores de la cuestión.

Parece más fácil confundir el todo por la parte, y tratar de invalidar por un puñado de personas el trabajo de tantas otras, que dejarse guiar por el sentido común que nos dice que la comunidad científica no deja de ser humana, y que habrá errores en su seno, partidismos, y casos de corrupción. El método científico funciona también para corregir los errores de recopilación de datos, o de interpretación de los mismos, por lo que el tiempo pondrá a cada cuál en su lugar... El sensacionalismo no debería considerarse parte de este mecanismo de autoregulación. Y sin embargo, ahí está el fuego cruzado de acusaciones, intereses económicos en conflicto, y la publicidad... demasiada publicidad.

Mientras una pequeña parte la humanidad se reune y discute acerca de lo que se puede permitir hacer al respecto o incluso si se está dando o no ese "calentamiento global", se siguen perdiendo espacios (y recursos) naturales, que ven alteradas las condiciones que permitieron durante cientos o miles de años la existencia de la flora, la fauna, y también de las comunidades humanas que han albergado o aprovisionado históricamente.
A muchos de los que se sientan a discutir, el impacto del fenómeno no les ha llegado a afectar directamente, no se enfrentan en su cotidianidad a problemas como el bajo rendimiento de las cosechas, ni mucho menos a la escasez de comida o agua, tampoco viven en aquellas zonas del planeta en las que el riesgo de la aparición o del recrudecimiento de fenómenos climáticos extremos y desastres naturales suponga un aumento en las tasas de mortalidad de la población general. Sin embargo, esos efectos los padecen no sólo un número elevado de especies vegetales y animales, sino otros humanos que, lamentablemente, no tienen acceso a esos foros internacionales, ni el poder suficiente como para adoptar las medidas que ya requieren, cada vez con mayor urgencia, para poder seguir subsistiendo. Son las mismas personas cuyas vidas se extinguen a diario como la llama de una vela; sin hacer ruido y sin que a nadie le importe demasiado.

Cuanto más me adentro en el mundo de la ecología, más fascinante me parece el estudio de las relaciones entre los seres vivos y el entorno que habitan. Muchas de estas relaciones son casi invisibles, hilos finos y delicados perfectamente dispuestos en un enorme tapiz en el que todo tiene un sentido de ser. Un tejido resistente a los cambios, y sin embargo adaptable; Un tejido que lucha sin tregua por encontrar la manera de recuperarse cuando un puñado de estos hilos se rompe, aún cuando parte del mismo se empeñe en tratar de rasgarlo, dañándose a sí misma. El desconocimiento que albergamos respecto a este conjunto del que formamos parte, me parece similar al que tenemos respecto a nuestro propio cuerpo y su funcionamiento, cuyo conocimiento dejamos en la mayoría de casos a los médicos. Otros mundos que están en éste, por encima y por debajo de la medida humana, ignorados por la gran mayoría aún cuando nos conforman y los conformamos; Otros mundos que antes de ser abordados por la ciencia lo fueron por la magia y la sabiduría tradicional. Algo que me hace pensar de qué están hechos los misterios y si las cuestiones que nos planteamos son las correctas... Si preguntamos en la búsqueda del conocimiento o sólo para deleitarnos en el trazo de la curva del signo de interrogación. Dejándonos engañar por la ilusión de que lo familiar no posee el mismo poder de atracción de lo lejano perdemos también la visión profunda acerca de lo que somos y lo que es el mundo que habitamos, del punto hasta el que estamos relacionados.

Recuerdo a menudo "La Vida es Sueño", de Calderón de la Barca, como un poderoso referente ético: En el momento en el que Segismundo no sabe si sueña o está despierto, la opción que toma es la de comportarse correctamente en cualquier caso;

Sea verdad o sueño,
obrar bien es lo que importa.
Si fuere verdad, por serlo;
si no, por ganar amigos
para cuando despertemos.


A nadie le gusta sentirse engañado, a nadie le gusta que se juegue con sus buenas intenciones, o que sus esfuerzos sean en vano, porque el fruto de los mismos es hurtado para abarrotar las mesas de los banquetes de gente sin alma. Respecto a la cuestión del cambio climático, como respecto a tantas otras, por un lado es posible que nunca sepamos que tanto hay de cierto, y por otro, es seguro un esfuerzo o acción individual no "salvará" el mundo. Sin embargo, creo que es importante entender que nada se pierde por obrar correctamente.

También puede observarse la cuestión desde el sentido común. Resumiendo mucho, el calentamiento global que provoca el cambio climático se supone producto del incremento en la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera, en su mayoría procedentes de la quema de combustibles, como el petróleo o el carbón, y la reducción o alteración de los elementos naturales que absorben estos gases, como los bosques, o los arrecifes de coral. Por más que todo lo referente al calentamiento global fuera falso, sabemos que las fuentes de estos combustibles no son infinitas, y que para mantener nuestros niveles de vida debemos encontrar fuentes alternativas de energía. Y por más que el cambio climático fuera un fenómeno natural y el hombre no tuviera nada que ver con ello, seguimos necesitando bosques y otros espacios naturales para sobrevivir. Por más que ni el calentamiento global ni el cambio climático sean ciertos, seguimos teniendo problemas de abastecimiento de agua potable para la producción, las labores agro-pecuarias y el consumo humano, y seguimos necesitando hacer todo lo posible para que las tierras de cultivo sigan siendo fértiles a fin de no menguar la producción de alimento que requiere una población cada vez mayor. Por lo tanto, por más que todo fuera una gran mentira, muchas de las medidas que se sugiere adoptar para mitigar los efectos presentes y previstos a medio y largo plazo del cambio climático benefician al hombre y al entorno en cualquier caso, y desde el momento en que se empiezan a aplicar.

Sin embargo, más allá de esta observación de sentido común, creo también que este reencuentro con la naturaleza, el conocimiento de sus ciclos, el modo en que todo está entrelazado, y también del papel que nosotros como seres humanos tenemos en ella no debería verse sólo como un listado de posibles soluciones para un listado de posibles problemas, sino como un modo de vida que elegimos por convicción, sin esperar nada a cambio. Este camino, que no necesariamente implica grandes y terribles sacrificios personales, tiene beneficios tanto para nosotros como para nuestro entorno, pero si lo tomamos es porque consideramos que es lo correcto, porque tiene un sentido más profundo y relevante que el utilitarismo en el que hemos sido instruidos. Si otros obran mal, no es nuestra culpa, en la medida que no podemos elegir por ellos... Pero en cambio, sí depende de nosotros ( y exclusivamente de nosotros) el que permitamos o no que las malas acciones ajenas condicionen las nuestras.

Creo sinceramente que para el paganismo, o el postpaganismo, esta es una cuestión de suma importancia. Ser herederos del paganismo hoy día significa que no podemos dar la espalda a los temas que nos conciernen... Menos aún si pensamos en la cantidad de hombres y mujeres en el mundo que creen que el hombre es la cúspide de una creación inteligentemente diseñada y puesta a sus pies, para que la destrocen a su antojo. Es ingenuo pretender que conservamos todo el conocimiento que los antiguos hombres y mujeres sabios pudieron compilar en su tiempo acerca de la naturaleza, pero es estúpido no usar las herramientas que nosotros tenemos a nuestro alcance, en nuestro propio tiempo, para mostrar el respeto que debemos a la Naturaleza, aún cuando aquellos que se lo han perdido nos digan que no va a servir de nada.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Repensando la ecología (II)

Viene de : Repensando la ecología (I)


IV. En qué nos beneficia el acercamiento a la ecología.


Tal como se ha planteado el tema, parece que el hecho de familiarizarse con la ecología no nos va a llevar a otra cosa que la desesperación. Sin embargo, esto no tiene porqué ser así. Cuando una cuestión se complica y nos rebasa, el camino más eficiente para recuperar nuestra capacidad de comprensión e incidencia al respecto es desmenuzarla en fragmentos digeribles.


En el aspecto mental, el contacto con la ecología en tanto que ciencia, nos provee de herramientas a la hora de filtrar la información procedente del entorno natural o social y, sobretodo, de los medios de comunicación. Esto significa que nuestra aproximación a la realidad, a las necesidades de la humanidad y de la conservación del entorno no se producirá a través de las emociones, sino de la racionalidad. Nos hacemos menos vulnerables a la manipulación y a la publicidad, adquirimos criterios objetivos de evaluación y estamos en condiciones de exigir resultados concretos, por lo que aumentan las posibilidades de acercarnos a la problemática real que se intenta disimular.


Por ejemplo, durante mucho tiempo, la entrada de la soja en los mercados se vendió como una innovación “natural” colmada de beneficios, y se asoció a productos supuestamente “verdes”. Pero lo cierto es que el monocultivo de soja acarrea desequilibrios ecológicos y económicos si se mantiene prolongadamente. Por no mencionar los daños sobre la economía local y el impacto en el medio que puede tener el hecho de traer la soya desde grandes distancias, o de la existencia de la soja transgénica, de dudosa fiabilidad. Otra estrategia publicitaria en la que interviene el cultivo extensivo de soja es la defensa del biodiesel como producto ecológico. Técnicamente el biocombustible sería menos contaminante que el combustible fósil, sin embargo, para poder abastecer los niveles de necesidad de combustible que se manejan hoy día, sería necesario sustituir las plantaciones destinadas a alimento por plantaciones destinadas a la elaboración de biodiesel. Esto disminuiría la cantidad de alimento disponible para una población en constante aumento, y conllevaría un aumento de los precios en productos tan básicos que condenaría a una gran parte aún mayor de la población mundial al hambre, mientras que, en el proceso, se perderían espacios naturales y especies que los habitan, y se inutilizaría la tierra por desgaste. Ergo, no importa como lo quieran vender, se mire por donde se mire eso no es una solución ecológica. De hecho, ni siquiera podría considerarse una solución.


En el aspecto emocional, la aproximación a la ecología nos obliga en primer lugar a asumir que no se piensa con el “corazón”, sino con la “cabeza”. Puede parecer contradictorio, pero, de hecho, gran parte del trabajo que hacemos respecto a nuestras emociones es aprender a gestionarlas, y no dejar que nos dominen. En el caso de la problemática ambiental , las desgracias que acarrea, y las soluciones que existen (aunque no se apliquen) la gracia está en no dejarnos llevar por emociones como la culpabilidad, el enojo o la euforia. Hay que acepta las cosas como son, para poder ver qué podemos y qué no podemos hacer al respecto. No tiene sentido sentirse culpable por algo que ya pasó o ya hicimos, porque de ninguna manera podemos volver atrás para cambiarlo. Tampoco tiene sentido el enojo, si lo conservamos después de que haya cumplido su función señalándonos que hay algo con lo que no podemos estar de acuerdo, sólo lograremos sembrar de obstáculos el camino que deberíamos recorrer en la mejor condición posible. En cuanto a la euforia, puede darnos un potente empujón a la hora de iniciar un proyecto, pero toda vez que nos vuelve ciegos hacia nuestras propias limitaciones, por ella misma no es capaz de mantener el ritmo... así que terminará dejándonos tirados en la orilla de la autoderrota. No importa cómo nos sintamos, no vamos a resolver todos los problemas del mundo, y no vamos a cambiar a otros, pero debemos entender , al mismo tiempo, que el sentimiento de impotencia del que he hablado a lo largo de este y otros artículos es también una nociva ilusión.


De modo que, poniendo a funcionar nuestra racionalidad, y reservando nuestras emociones para los escenarios a los que pertenecen, será más fácil inventariar los recursos que sí tenemos a nuestro alcance y las acciones que sí podemos llevar a cabo.


Como comenté más arriba, cuando la problemática es compleja, hay que dividirla en pequeños fragmentos que resulten abordables desde nuestra propia dimensión y ámbito de acción. La conciencia de la interacción de estos fragmentos nos dará el marco en el que evaluaremos si son útiles en el conjunto. Por ejemplo, en el caso hipotético de que pudiéramos emplear biocombustibles, evaluaríamos los pros (reducción de emisiones) y los contras (desgaste, empobrecimiento, etc.) y concluiríamos que no es beneficioso, por lo tanto, nos olvidamos de ello.


¿Qué cosas podemos hacer sin perjudicar a su vez a otros aspectos del conjunto? El ejemplo más claro, para el que no necesitamos ni una inversión económica, ni un gran esfuerzo, ni pensar demasiado, ni tampoco la colaboración de nadie, sería tratar de reducir por un lado nuestro consumo y, por otro, la cantidad de residuos que generamos.

Todos hemos visto que, en ocasiones, se trata de fomentar estas prácticas aduciendo un ahorro económico, o apelando a proyecciones catastrofistas del futuro. En lo personal me parecen técnicas bastante estúpidas, porque las personas no son tan tontas como para no darse cuenta que el ahorro logrado no es significativo, y el hecho que traten de asustarnos respecto, por ejemplo, a la escasez de agua producida por estar 5 minutos de más en la ducha, mientras sabemos que la industria malgasta el agua a espuertas sin que se lleguen a tomar medidas, constituye un enorme acto de cinismo que provoca en más de uno la reacción contraria a lo que se pretendía conseguir. Obviamente nos molesta que nos traten como tontos, pero dejar de hacer algo que es, por sí, beneficioso a causa de esto... no dice mucho de nuestra inteligencia.


Retomando, podemos empezar por gastar menos agua y menos electricidad. No se trata de privarnos de lo necesario, ni siquiera se trata de “ahorrar”, sino de apreciar el valor real de estos bienes y aprender a no malgastar. Lo mismo sucede con la basura; no se trata de revisar todos los envases para asegurarnos de que sean renovables... simplemente, puedes usar una bolsa de plástico varias veces y tener un carrito de la compra, que además resulta bastante más cómodo. Si además la basura se puede separar, se separa, y se deposita en el contenedor correspondiente.

Desde luego no es la gran solución, pero es útil en varios aspectos, incluyendo nuestro desarrollo como personas, dado que asumimos una rutina que procede de una toma de conciencia de nuestro papel en el mundo y se concreta en una acción voluntaria, repetida en el tiempo, como un ejercicio de constancia. Existe también la posibilidad de explotar el paralelismo a la hora de manejar otras áreas de nuestra vida: Fraccionar la cuestión/problema a resolver en unidades abordables, cuidar que guarden coherencia con el marco de referencia, gastar en ello la energía necesaria (no divagar, no dar más vueltas de las que necesita) y no procurar no generar demasiada basura en el proceso (léase, complicaciones adicionales o nuevos problemas).


Por otro lado, abrimos una brecha en el muro de la impotencia que se nos impone como un límite infranqueable (y luego, decidiremos hasta dónde la extenderemos). Nos da la oportunidad de enseñar con el ejemplo, que “poco” es mejor que “nada” - toda vez que estamos en calidad de aportar argumentos más sustentables y admisibles que aquellos del “ahorro” y la catástrofe”-. Este punto es más importante de lo que pueda parecer.


Tenemos claro que el propósito no es imponer a otros nuestro punto de vista, pero si otros ven lo que hacemos, y es algo nuevo, muy posiblemente sientan cierta curiosidad. Pueden burlarse de nosotros, pero esa no es la cuestión, porque nuestras acciones han sido elegidas racionalmente y no dependen del juicio ajeno. Así que la cuestión es que, mientras haces algo que no supone un gran esfuerzo y tiene una utilidad práctica para tí, otra persona se acerca y se encuentra con una serie de cuestiones que tal vez antes no se había planteado o, incluso, no se había podido plantear. Es cosa suya lo que esta persona decida hacer con ello, pero ha encontrado la oportunidad de pensar al respecto y tomar sus propias decisiones. Si una de las aportaciones que, como humanos, deberíamos hacer en el conjunto de la naturaleza es aportar conciencia, estamos cumpliendo.


Cuando nos hallábamos inmersos en la discusión respecto a las políticas ambientales, la irresponsabilidad industrial, el interés de algunas ONG, los destrozos del activismo mal entendido, y las resistencias culturales que, con toda razón, desconfían de la imposición de nuevos modelos de gestión (porque algunas veces tienen en cuenta a la gente, pero otras muchas no), encarábamos una inmensa sombra encargada de recordarnos que no podíamos confiar en nada.


No es que este lema sea falso, de hecho, rara vez podemos depositar nuestra confianza en nada... salvo en aquello que depende de nosotros mismos. Podemos realizar pequeñas acciones, podemos participar en proyectos que impliquen la participación de otras personas o comunidades (aunque el resultado no dependa de nosotros, nuestra parte sí lo hará) y también podemos actuar como generadores, conductores y filtros de la información. Cuando olvidamos esto, entramos en un proceso en el que vamos cediendo progresivamente la parcela de poder personal (poder para hacer, crear o transformar aplicado a nosotros mismos o a nuestro entorno) que viene de serie junto las manos, la cabeza y el corazón con los que llegamos al mundo. La cesión de este poder personal para actuar en el conjunto del mundo del que formamos parte puede eximirnos aparentemente del peso de la responsabilidad, pero automáticamente nos carga con la extraña angustia, creada en el vacío de esa parte de nosotros que nos falta.


La parte más difícil de la conclusión es la que trata acerca de la necesidad de desligarse del resultado final. Al hablar de establecer una rutina consistente, por ejemplo, en no malgastar recursos, o al llevar a cabo medidas políticas o sociales en pro de la conservación ambiental, es obvio estas acciones deben producir resultados medibles y comprobables, muchos de los cuales incluso podremos tener ocasión de disfrutar por nosotros mismos.

Por “resultado final” me refiero a que nuestras acciones, o nuestra participación en acciones que impliquen más personas, tengan un impacto perceptible a nivel global que sea capaz de prolongarse a futuro... posiblemente no vivamos el tiempo suficiente para comprobarlo, pues en gran medida se trata de participar en la siembra de una cosecha que otros deberían poder recoger. Ahora bien, tenemos tanto que ganar al dedicarnos a esa tarea, al formar parte de esta contra la desolación, que sería un auténtico desperdicio de oportunidades no incluirnos en ella.



Repensando la ecología (I)

Recientemente he tenido oportunidad de colaborar como "correctora de estilo" en unos ensayos universitarios de temática ecológica. Me di cuenta del tiempo que la palabra que un día me fue tan familiar, había sido desterrada de mi vocabulario, y a medida que avanzaba el trabajo, llegaban más y más ideas, que resultaron en el replanteamiento completo (y personal) de la cuestión que sigue a continuación. Con agradecimiento, estas líneas van dedicadas a la persona que me puso en contacto con los citados ensayos, esperando que no encuentre demasiado desacertada la propuesta...


I. Cómo conocimos (y perdimos) el concepto de ecología.


Allá por los 80 éramos niños y comíamos Bollycaos mientras nos reñían por acercarnos demasiado al televisor, en esa época en que la franja horaria de la tarde aún se consagraba al público infantil. Entre la programación había muchas series dedicadas a la naturaleza, como las adaptaciones de las novelas de Thompson Seton - El bosque de Tallac - o la obra de Will Huygen y Rien Poortvliet - La Llamada de los Gnomos - . En la escuela, el papel reciclado era enseñado como una novedad, y se nos hablaba de la contaminación, de los animales en peligro de extinción, de los países pobres y de los derechos humanos. Parecía que la Tierra estaba en apuros pero gracias a que algunas personas se habían dado cuenta también iban apareciendo posibles soluciones: Si todos éramos buenos y contribuíamos un poco todo se arreglaría a tiempo... Obviamente, mientras algunos nos emocionábamos, a muchos niños – sobretodo a los que no habían visto un bosque en su vida - el tema les era bastante indiferente. Pero el caso es que el discurso nos parecía creíble.


A menos que se convirtiera en una temprana vocación, con el paso de los años, el tema de la ecología fue perdiendo ese poder de atracción. Por un lado, olía demasiado a “cuando éramos pequeños”, y teníamos cosas más interesantes en las que pensar. Por otro, la vida empezaba a complicarse, los problemas devenían complejos y las soluciones menos evidentes, al mismo tiempo que esa sensación de “poder” - poder para hacer, para actuar, para transformar- iba perdiéndose progresivamente. Empujamos lejos de la vista muchas de aquellas cosas que alguna vez antes nos habían parecido cruciales y, aunque no nos gustaba que los ríos se contaminaran, los bebés foca fueran apaleados, y la pobreza y la hambruna siguieran aumentando, no podíamos ocuparnos de esas cosas dado que, simplemente, rebasaban los límites de nuestra atención. Lo importante ahora eran las calificaciones que debíamos entregar, cómo integrarnos en un grupo, si en casa nos dejarían salir de fiesta, o si éramos correspondidos por el chico/a que nos gustaba.


Años más tarde, estas importancias quedarán, a su vez, debidamente relativizadas. Pero serán sustituidas por los desvelos de la carrera, la necesidad de encontrar trabajo o la de pagar el alquiler. Y, a menos que descubramos tardíamente una vocación ecologista, o algo nos lleve a un reencuentro con la misma, el tema nos parecerá aún más lejano. Ciertamente, podemos adoptar buenas costumbres, como el reciclaje, comprar productos “verdes” con la idea de contribuir a la causa, aplaudir normativas contra la contaminación de los ríos y lamentarnos de la extinción de las especies. Pero tanto nuestro conocimiento acerca de la ecología, como el espacio que le damos en nuestra mente, será algo marginal. Podemos, incluso, llegar a sentir cierto rechazo hacia la ecología, debido a las acciones estúpidas de ciertos activistas, a las estrategias publicitarias que tratan de aumentar las ventas con la excusa del verde, o al cinismo de los gobiernos y sus políticas ambientales.


Todos hemos escuchado algo como: “La ecología es a lo que se dedican esos que no tienen otra cosa que hacer más que molestar a las personas decentes que van a ganarse el pan de cada día” o bien “El dinero que se gastan en proteger los árboles y los animales deberían dedicarlo a las personas que mueren de hambre”. Y, de hecho, incluso aunque seguramente no firmaríamos bajo tales declaraciones, permanece la idea subyacente de que son los gobiernos quienes deciden sobre estas cuestiones, y las ONG o los “ecologistas” quienes pueden permitirse el lujo de defender los ideales y encargarse de esos temas tan alejados de nuestra realidad cotidiana.


II. La ecología como ciencia y las herramientas que nos ofrece.


Cuando la noción de la ecología regresa a mí, la encuentro increíblemente transmutada. La ecología, en tanto que ciencia, se encarga del estudio de las interacciones entre los seres vivos en y hacia su ambiente (y a la inversa); prestando atención a la transformación de los flujos de energía y materia. Por lo tanto, es al mismo tiempo la confirmación científica del hecho que, en último término, todos estamos relacionados y lo que sucede a una parte del conjunto afecta directa o indirectamente al resto.

No hay en esto rastro de ingenuidad en ella, no hay falsas ilusiones del tipo “con un poco de esfuerzo limpiaremos la tierra y volveremos a sembrar el paraíso en ella, los hombres se amarán y habrá paz en el mundo”. Está armada con la voluntad de encontrar soluciones, y la certeza de que el mínimo avance es mejor que nada. Tiene una claridad de visión acerca del estado de las cosas y una capacidad de reconocer las verdaderas necesidades que apela a la lógica y al sentido común, en lugar de a las emociones o la “bondad”. La ecología se presenta como la búsqueda de estrategias en las que, por pocos que participen, “todos ganan”, puesto que se trata de favorecer al conjunto. Otra cosa es que los datos y las posibles soluciones aportados sean, en una lamentable vuelta de tuerca, desoídos o, peor aún, tergiversados para convertirse en instrumentos al servicio de intereses particulares muy alejados del bien común.


Así que la ecología versa acerca de la interconexión con otros individuos, otras especies y el entorno en el que habitamos, del que extraemos los recursos que no sólo nos permiten vivir, sino mantener e incrementar nuestro grado de bienestar. Y busca la manera en que estos sistemas resulten funcionales y puedan permanecer.


Esta búsqueda de soluciones debe ser realista. En el actual estado de las cosas, la desaparición del hombre de la faz de la tierra arreglaría poco, dado que, sólo para empezar, no quedaría nadie en posición de reponer el daño que ya se ha ocasionado. En otras palabras, la ecología viene a demandar que el humano ocupe el papel que le corresponde en el conjunto de la naturaleza. Y como el humano es una criatura consciente, esta conciencia debería ser su aportación principal al resto del conjunto.


Esta búsqueda tiene relación con el sentido común. No nos remite al pasado, pues si bien es cierto que en periodos históricos anteriores el impacto de la humanidad sobre el entorno pudo ser menor, debemos considerar que esto se debe antes a que la población era también menor a que las técnicas empleadas en la explotación y gestión de los recursos naturales fueran menos destructivas. De igual modo, lo que pudo funcionar en un lugar y un momento determinados, para una comunidad o serie de comunidades determinadas, probablemente no resultara funcional, llegando a ser muy perjudicial, en otras condiciones.

No se tratará tampoco, por tanto, de huir de las ciudades, hacerse una cabaña en el monte y abastecernos con nuestro propio huerto. Hoy día no podemos considerar ideas tales como abandonar la electricidad, los sistemas de transporte, o la parte efectiva de la medicina moderna; No con el volumen de población existente. Obviamente, tampoco deberíamos jugar con la idea de destruir el “sobrante” de la humanidad... sino partir de nuestra capacidad para encontrar soluciones que permitan una producción sostenible, que no genere problemas adicionales, y que sea capaz de abastecer las necesidades de la humanidad en su conjunto.


Obviamente éste es un principio tan alto y difícil de alcanzar como el de la objetividad a la hora de redactar una nota de prensa, un estudio histórico o una obra de divulgación científica. Se diría que el pensar en un bien más allá de nuestros propios intereses (aquellos que definimos desde los límites de nuestras circunstancias, historia personal, etc.), aún cuando nos incumba junto al resto de la humanidad habida y por haber, no es una característica inherente en el ser humano. Sin embargo, simplemente con hacer el intento de acercarnos al ideal en la medida de nuestras posibilidades, de dejarnos orientar por esta luz, es mucha la ganancia.


En resumen, los planteamientos ecológicos nos permiten objetivizar nuestra relación con el resto de la naturaleza (viviente, como animales y plantas, y no-viviente, como montañas y ríos), obligándonos a situarnos en nuestro tiempo y en entornos concretos, con recursos y necesidades particulares, con el fin de evaluar racionalmente el estado de estas interacciones, prever las consecuencias a futuro y encontrar las acciones necesarias para evitar aquellas indeseables, con el fin que las próximas generaciones cuenten, al menos, con las mismas oportunidades de desarrollo que nosotros disfrutamos.


III. Las sombras de la ecología.


Creo importante subrayar que cuando en un discurso no se presta atención al conjunto o sistema, a las interacciones entre los individuos y comunidades que éstos abarcan, no se trata de ecología, sino de uno o varios elementos de disturbio que dañan aquello que supuestamente pretenden defender. Como ejemplos podemos tomar la farsa de las ONG's que se lucran a costa de explotar la sensibilidad ajena echando mano de campañas emotivo-agresivas que, sin embargo, resultan estériles a la hora de dar resultados concretos y comprobables; Las estrategias caza-subvenciones o caza-electores de los gobiernos dispuestos a levantar una cortina de humo “políticamente correcta” ante las necesidades de aquellos que deberían atender; O a la violencia irracional y regresiva de aquellos grupos que predican que la Tierra sería un lugar mucho mejor si los humanos desaparecieran. Todo esto constituye una inmerecida sombra con la que la verdadera ecología debe cargar, mientras sigue adelante buscando soluciones lógicas a problemas reales.


Nos dimos cuenta pronto, las cosas son complicadas, por eso escurrimos algunas cuestiones a pesar de su innegable importancia. Quisiéramos creer que por el mundo andan equipos especializados en atender “esos temas”, del mismo modo en que existen cuadrillas de basureros haciendo lo que no consideraríamos hacer nosotros mismos, y nos asusta pensar que este rol ficticio pueda ser empañado, burlado o despedazado.


La última vez que el tema apareció en la mesa de nuestra casa enlazó con una variedad tremenda de cuestiones, partiendo de la existencia de posibles soluciones que podrían empezar a aplicarse, entró en los peligrosos terrenos de la política, que permite o censura estas pruebas según sus propios intereses, pero también nos adentramos en la cultura, teniendo que admitir que no siempre la población está en condiciones de comprender la importancia de la conservación del medio, o siquiera de aceptar una propuesta “alternativa”, que en algunos casos podría ser la misma información o la básica educación a la que muchas personas no tienen acceso. Resumiendo, el camino desde que se halla una posible solución hasta que se prueba, está lleno de obstáculos. Incluso cuando la efectividad de la misma ha sido comprobada, y sus beneficios detallados, es necesario y difícil convencer a todos los implicados para que las acciones a realizar se establezcan como medida, y se de continuidad al proyecto.


La idea se une a tantas otras que le son parejas, saliendo del ámbito “ambientalista”. La existencia de posibles soluciones a ese tipo de problemas que afectan a la humanidad en su conjunto y la demora interminable a la hora de aplicarlas, obstaculizada por intereses ajenos, nos arrastra aún más al interior de esa espiral de impotencia que engendra una rabia contenida contra la injusticia reinante e impune, haciéndonos descender hacia el fondo de la desesperanza que no queremos permitirnos... Muchos corren entonces a ver películas de grandes desastres naturales y leemos novelas de dudosa calidad acerca de la proximidad del “fin de los tiempos” como si esa exageración de la ficción pudiera encargarse de exorcizar la angustia provocada por una realidad que nos rebasa y ningunea. Calmamos la agitación por un tiempo, pero ésta sigue pataleando en el fondo, reclamando nuestra parte de responsabilidad en el conjunto, y la necesidad de emprender algún tipo de acción por nuestra parte.


Sigue en: Repensando la ecología (II)