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sábado, 31 de julio de 2010

El sagrado alimento


Ilustración de Raquel Alzate para la novela gráfica Cruz del Sur (2004)

Comer es un acto básico, esencial para la vida, que merece toda nuestra atención. Es un hecho que la sociedad moderna nos ha alejado, en cierto modo, de la conciencia de los ciclos y pautas naturales, pero algo que también sucede con frecuencia, y no depende tanto de la sociedad o de la época en la que vivimos, es el alejamiento respecto a nuestro propio cuerpo, que conlleva severas dificultades a la hora de desarrollar una comunicación con el mismo.

No sólo hemos perdido la noción instintiva de aquello que nos conviene o no comer, sino que hemos acallado las percepciones físicas que biológicamente nos guiaban a la hora de tomar esta decisión. Es increíble, en este aspecto, que se otorgue mayor autoridad y se escuchen antes los consejos de revistas no especializadas o magazines televisivos que las indicaciones de nuestro propio organismo.

A menudo engullimos, comemos rápido y cualquier cosa, sin importarnos el hecho de que lo que lleguemos a hacer dependerá en gran medida del combustible que demos a nuestro cuerpo, esa una máquina maravillosa capaz de funcionar bastante bien a pesar de que nos empeñemos en sabotearla. No se trata de cantidad, sino de calidad, tanto en los alimentos como en nuestra disposición a la hora de consumirlos y asimilarlos.

Con suerte, es posible que conservemos algún recuerdo de nuestra infancia, cuando no conocíamos la prisa y el mundo parecía más brillante. Es posible que recordemos un momento en nuestra vida en el que abrir la primera sandía del verano era una ocasión especial en la que el tiempo se detenía y nuestros sentidos se extasiaban. Entonces era posible captar no sólo el sabor del fruto, sino aspirar su aroma y disfrutar de su textura y experimentar plenamente el momento, con toda nuestra conciencia puesta en él.

Para recuperar o cambiar nuestra relación con la comida, el sagrado alimento (y sus implicaciones extra físicas), será necesario empezar a prestar atención a las señales emitidas por nuestro cuerpo. Empezaremos por encontrar un momento para comer tranquilos y libres de distracciones, con el fin de poder concentrarnos en las sensaciones que la comida transmite a nuestros sentidos. El olor, la textura, y obviamente el sabor del alimento... Todos esos regalos que la naturaleza añade a los elementos químicos necesarios para nuestra supervivencia, que enriquecen nuestra vida y que han convertido el acto de cocinar en un verdadero arte.

Una vez hayamos comido, prestemos atención también a las señales de nuestro cuerpo, que nos indicará como está yendo el proceso digestivo. Nuestro cuerpo, a través de diferentes sensaciones y manifestaciones físicas, tratará de comunicarse con nosotros para decirnos si la cantidad de alimento fue justa, excesiva o insuficiente, si los alimentos que le proporcionamos le resultaron fáciles de digerir o no, si necesita más líquido o más sal, o incluso si comimos demasiado rápido o demasiado nerviosos.

El proceso digestivo es en muchos aspectos la clave de nuestra salud y bienestar físicos, influyendo también en nuestros estados anímico y mental. Si aprendemos a escuchar a nuestro cuerpo y a darle lo que necesita podemos evitar, paliar e incluso curar muchos de los males que comúnmente nos aquejan, y experimentar sorprendentes cambios en nuestra vida (física, anímica y mental) no incorporando o imponiendo nuevos elementos y reglas procedentes de una autoridad externa, sino recuperando las capacidades y sabiduría que se hayan en nosotros mismos, ocultas por esa densa capa de polvo acumulado a lo largo de generaciones, a la que podemos llamar ignorancia.

La bendición de la mesa puede parecer una costumbre arcaica, sin embargo, constituye un invaluable ejercicio de toma de conciencia. Demos las gracias, a los dioses o a la naturaleza misma por el alimento que recibimos, sin el cuál no podríamos vivir. Y convirtamos esto en un punto de reflexión acerca de cómo nuestro ser en todos sus aspectos físico, mental, emocional y espiritual, se relaciona con su entorno, cómo cada uno de esos aspectos toma del mundo y lo que le regresa, con el fin de limpiar y perfeccionar estas relaciones.

Entendamos que el alimento no surge por generación espontánea, sino que tras cada bocado hay un largo recorrido, una semilla que germinó, creció y nos entregó su fruto, un animal que nació, creció y fue sacrificado para satisfacer las necesidades de nuestra propia vida. Una tierra que un día fue salvaje, tal vez una selva o un frondoso bosque, que fueron talados para crear áreas de cultivo, con el trabajo de muchos hombres y mujeres - y en ocasiones, aún hoy, niños y niñas- que sembraron, cuidaron, criaron, alimentaron, recolectaron, etc. para que el plato que tenemos ante nuestros ojos pudiera llegar a nuestra mesa con tanta facilidad.

Demos las gracias y valoremos nuestra comida, y luego pensemos que podemos hacer por regresar a la Tierra, a los hombres y mujeres, niños y niñas, a los animales y las plantas, domésticos o salvajes, aunque sea una pequeña parte de cuanto nos han dado...

Inevitablemente deberemos seguir comiendo a lo largo de nuestras vidas, pero esta toma de conciencia puede contribuir a que nos replanteemos cuál es el ciclo en el que estamos, el modo en cómo nos vinculamos al resto de seres vivientes y a la misma tierra, el precio que otros pagan por el consumo que realizamos ya no de alimentos, sino de otros muchos productos que definitivamente no son esenciales para nuestra supervivencia.

domingo, 27 de junio de 2010

Desnudez


La ola (1896),William-Adolphe Bouguereau

Cosas

Sólo quiero recordar de este verano
la mirada cómplice
de una vecina que tomaba el sol
desnuda y sonrió complacida
al darse cuenta de que la contemplaba,
y aquel instante fugaz, irrepetible,
de total quietud, en que el mundo quedó
desierto de sí mismo y era un cristal
transparente y de nuevo compacto.
El verano no será otra cosa,
este verano, quiero decir, y si alguien me habla
de aquellas mil bagatelas inefables
que componen los días y las noches,
diré tranquilamente: -No me acuerdo.

Miquel Martí i Pol, versión de Adolfo García Ortega


Tal vez porque aquí no hay mar, o tal vez porque el verano es temporada de lluvias, en el solsticio vernal se añora como en ninguna otra época las orillas del Mediterráneo, donde la llegada del calor es todo un evento que marca el inicio de una temporada en la que solemos estar más tiempo fuera que dentro de casa. Es tiempo de salir en esas noches calurosas en las que resulta imposible dormir, y de pasear bajo la luz anaranjada de las farolas. Tiempo de ir al mar, aunque sea de paso, a primera hora de la mañana o última de la tarde, cuando la avalancha de turistas ha pasado, de salir al campo o de contemplar las estrellas desde las montañas.

El calor obliga a deshacerse de ropajes innecesarios y nos confronta a nuestra propia desnudez, a nuestra realidad física y a nuestros muchos prejuicios al respecto. Es divertido que a principios del año muchas personas se propongan acudir al gimnasio o ponerse a dieta, para estar "preparados" cuando llegue el verano y quieran ir a la playa. Muchos olvidan su propósito y lo retoman a mediados de primavera, al acercarse las fechas señaladas... Sólo para abandonarlo de nuevo. Finalmente el verano llega y de todos modos van a la playa, sea cuál sea su aspecto; A pesar de todos los prejuicios que estas personas hayan podido acumular a lo largo de los años, una parte de ellos sabe perfectamente que no tienen la menor validez, que deben enmudecer ante la generosa invitación del sol y las olas.

La arena y el mar nos reciben con agrado tal como somos, sin preparación previa requerida, y semidesnudos entre las aguas recordamos tal vez un tiempo de la infancia, en el que jugábamos y disfrutábamos despreocupadamente, tan concentrados en las sensaciones que experimentábamos que no quedaba lugar para considerar posibles juicios acerca de nuestro aspecto.

La piel, con todas sus marcas y relieves, se descubre para recibir las caricias del sol y de las aguas como un animal que pudiera salir de un largo encierro. Y, tal vez después de muchas horas cuestionando nuestro propio aspecto ante el espejo, nuestra mente logra salir también de su particular presidio, para relajarse y disfrutar.

Durante la tregua, una verdad natural se abre camino en nuestra conciencia: estamos bien tal como somos, no hay que "prepararse", es mejor ser espontáneos. Hay una belleza propia en cada uno de nosotros que resplandece cuando somos felices, cuando somos sencillos, cuando agradecemos las bendiciones presentes en nuestras vidas y nos sentimos en paz con nosotros mismos y con aquello que nos rodea, una belleza que se abre camino desde nuestro interior cuando empezamos a percibir la belleza de la naturaleza de la que formamos parte.

Con esta mirada vemos al ser amado, con esta mirada nos ven aquellos que nos aman, y con esta mirada deberíamos ser capaces de vernos a nosotros mismos en todo momento. La desnudez no es sólo un cuerpo desprovisto de vestiduras, es también la capacidad de deshacerse de lo innecesario, de permitirse ser tal como uno es, de conservar la claridad en la mirada y la libertad en el espíritu, de ir directos hacia aquello que sabemos bueno para nosotros en lugar de detenernos a recoger nuestras viejas cadenas para llevar con nosotros la gravedad de su peso.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Algunos días de verano, notas sueltas

Acapulco, 25 de Noviembre de 2009

Estoy de nuevo en la playa, muy lejos de casa. Estamos a finales de noviembre, pero aquí es verano, el mismo que no tuve la sensación de vivir en el DF. Miro por la ventana y recuerdo mi aolescencia, cuando soñábamos con viajar y tomábamos los trenes de la costa, anotando en nuestros diarios los nombres de las ciudades que pisábamos por primera vez como auténticos hitos, por más que el trayecto realizado raramente durara más de una hora.
Ahora que estoy en otro país, en otro continente, no siento que las cosas allá afuera hayan cambiado demasiado en realidad.

Sigo con la vista el hilo espumoso en el que el océano se amansa para besar suavemente la tierra, convertida en arena. Es un paisaje herido por la mano del hombre, y es difícil imaginar cómo debió ser en los tiempos en los que ni el cemento ni el asfalto ni los cables existían... pero este es el mundo en que hemos nacido. Aún somos criaturas viviendo a los pies de la inmensidad, del mar y las montañas y los cielos, pero no somos conscientes.

En aquel tiempo, cada vez más lejano, me parece que todo nos parecía aún posible. No pensábamos - ni por un instante - que nada procedente del exterior pudiera hacernos bajar la cabeza. El deseo, el sueño, era como un fuego en el centro de nuestro ser, era un tesoro, como una semilla única y preciosa que debía esperar el tiempo adecuado para ser sembrada y crecer, cobijarnos y dar sus frutos en nuestro futuro. Era entonces lo más valioso que teníamos, era el motor de nuestras vidas, mientras íbamos cumpliendo, en la línea de la suficiencia, sin concederles nunca demasiada importancia, aquellas obligaciones cotidianas, que nos parecian tan altamente cuestionables. Todo era un juego, entonces. Posiblemente lo que nos jugábamos era nuestra propia vida, lo que sería de nosotros, un juego serio... pero no dejaba de ser un juego, un reto, una aventura.

No entiendo como puede ser que con los años olvidemos con tanta facilidad esas cosas. Por eso, estando aquí, en este paréntesis de verano abierto a finales del otoño - si eso no es mágia, ya me dirán qué lo es- me encuentro buscando a tientas algún compartimento secreto de mi ser, y saco un pequeño pero pesado baúl que he traído conmigo todos estos años. Respiro tranquila al sentir el latido en su interior, al saber que a pesar del tiempo que ha pasado, de las trampas en las que yo sola he caído, y aquellas otras a las que de algún modo he sido empujada, he cumplido la promesa de conservar el tesoro.

Que no lo haya abierto, que no sepa si algún día llegaré a hacerlo, si me será dado descifrar esa partícula de misterior que no me pertenece sólo a mí, y cruzar un umbral que no puedo imaginar, es secundario en este momento.

Puedo mirar alrededor y ver qué ha sido de las semillas que planté, de aquellas que cayeron por azar. Las que han crecido bajo mi atención y a espaldas de la misma. Conforman el paisaje de lo que es ahora mi vida, debo concluir que no es un mal lugar para vivir.