lunes, 28 de septiembre de 2009

Equinoccio de Otoño; De agradecimientos, aniversarios y más...

Sean cuales sean las circunstancias siempre hay un momento en el que el tiempo parece detenerse y el espíritu viajar a un lugar seguro, en el que reina la calma. El mundo se oscurece lentamente bajo las ramas de los pinos, encinos y robles y el aire perfumado de resina se enfría, apresuramos nuestros pasos que se hunden en los caminos colmados de húmeda hojarasca. En los bordes del camino, entre zarzas y espinas se esconden los morados frutos de las zarzas y el enebro, pero en casa espera el fuego encendido y la leche caliente. En nuestro camino despedimos al verano, a ese aspecto del sol que se muestra en su mayor grandeza, para adentrarnos en los dominios del Señor del Frío.

Cuando las cosechas estén a buen resguardo en graneros y alacenas, cerraremos las puertas; Y mientras las noches se alargan, nosotros mismos nos recogeremos en la seguridad del hogar, dispuestos a concentrarnos en ese tipo de trabajo que se lleva a cabo en el ámbito doméstico; el tejido, las conservas... Miraremos las estrellas desde el otro lado de la ventana, que el frío tal vez ya empaña, y daremos las gracias.

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Recordé cuando era niña, y miraba a través de la ventana, en las noches de otoño. Quería vivir la aventura de un largo viaje que, en el fondo, no podía ser otro que el que nos da la Vida misma. Y pensé que cuando se ha salido de esa ruta socialmente establecida que va de la escuela primaria a la maternidad – pasando opcionalmente por la carrera, el auto, la hipoteca o la boda-, cuando los sueños de la infancia se han ido madurando de un modo casi imperceptible, y los pensamientos matizándose en una sucesión de finísimas capas, puede hacerse difícil percibir el peso del transcurso de los años. De modo que sólo sabes lo que has crecido al darte cuenta de todo aquello que, bueno o malo, ya no volverás a vivir o, mejor dicho, no experimentarás del mismo modo o bien no te permitirás. Cuando la atención se centra en abrir el camino que decidiste recorrer, en lugar de perderse, lánguida, en esas vías del pasado que se han ido evaporando como el rocío al sol. Parte de la magia del otoño consiste precisamente en concedernos la oportunidad de mirar hacia ese pasado con la serenidad de un observador algo distante, cubriendo esos recuerdos - en parte vivencia y en parte construcción - con su áureo resplandor; Otorgándonos la suavidad de la melancolía, y la sabiduría de la comprensión, para situar experiencias y situaciones en el contexto al que realmente deberían pertenecer.


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Para mí, el año empieza en el equinoccio de otoño. Nunca me acostumbraré a las agendas que inician el 1º de enero, y nunca me importará demasiado que los “antiguos celtas” lo celebraran en la víspera de noviembre. Llega el otoño y tomamos el último trago de luz solar para llenarnos del calor que tan necesario nos será en nuestro recorrido por el Inframundo, o mientras velemos durante el frío. En este momento hacemos inventario del trabajo del año, de lo que ha pasado sobre la tierra, antes de recorrer los laberínticos paisajes de lo acontecido bajo ella. Y es muy posible que se haga necesario dejarlo todo preparado, de modo que en los meses que siguen hasta el regreso del sol ciertas tareas puedan funcionar en automático, con el fin de permanecer libres de ocuparnos en otros menesteres.

También debería ser el momento más adecuado del año para agradecer lo que hemos recibido de la vida en el transcurso del último ciclo anual. Personalmente, éste ha sido uno de los años más difíciles de mi vida y, sin embargo, al mismo tiempo tengo mucho que agradecer. Tanto, que he tardado más de un mes en encontrar las palabras que me permitieran expresarlo en un modo aún lejano al que me me gustaría.

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En ocasiones la Vida nos propina golpes terribles que nos dejan tirados como animales atropellados, abandonados de tal forma en la cuneta que el observador casual es incapaz de decir si están más vivos que muertos, o si será a la inversa. A veces se deberá a nuestra propia ignorancia, o a nuestra predisposición a las desgracias; Otras veces tenemos algo que aprender, aunque la lección pueda ser algo tan simple como la necesidad de volver a levantarse las veces que sea necesario, sin importar lo profundo del hoyo en el que hemos ido a caer. Tener paciencia, y limpiar bien esas heridas para que no den problemas adicionales, cuando todo pueda estar solucionado. No dejarse llevar por la urgencia aparente, pensar claro y discernir entre aquello que es correcto y lo que no lo es, para no equivocarnos de camino. Y vivir, teniendo presente que éste podría ser nuestro último día sobre la tierra, pero también que puede haber un mañana en el que debamos continuar la labor de nuestra obra existencial, a la que no podemos fallar.

En la primera versión de la llamada “Encomienda de la Diosa” que recuerdo haber encontrado, se decía algo como “Doy a mis hijos la sabiduría para poder sobrevivir”. Y es posible que nunca hasta este momento hubiera yo tomado conciencia d ese tipo de aprendizaje tan duro como valioso. Ese tipo de aprendizaje difícil de digerir, el tipo de descubrimiento que lleva a la decepción, al enfrentamiento, a que el suelo parezca temblar y abrirse bajo nuestros pies; a sentir el filo de la espada rozando nuestro cuello, entre el murmullo de los espectadores que se congregan entorno del patíbulo. A lo largo de los años se me ha acusado de cosas absolutamente falsas y también – en no pocas ocasiones- absolutamente ridículas. Sólo puedo decir que creo que hay un momento en el que uno queda desnudo y desarmado, y declara sin arrepentimientos “esto es lo que soy”, esperando ya sin miedo el último golpe. Pero sucede que éste no llega, y que sus ojos se abren ante una nueva aurora, con el mismo brillo del joven que se dispone a abandonar su aldea para conocer el mundo.

Hay muchos conocimientos y experiencias que pueden hacernos en cierto modo más sabios, o más fuertes, más poderosos o más capaces de lidiar con el mundo... Pero no más felices. No sirve de nada “crecer” de un modo desmedido, desbordándose o bien persiguiendo una ambición ilusoria, como los galgos del canódromo persiguen a ciegas una liebre de plástico, mientras otros se divierten con el espectáculo. Correr y correr sólo para el beneficio de aquellos que nos ven como un medio, a quienes no importamos en absoluto. Esclavos de un monstruo ciego y sordo, que no habita sólo en los otros, sino en nuestra propia oscuridad. Por eso mi agradecimiento no va sólo dirigido a aquello que en cierto modo puede haberme hecho más fuerte, o ampliado mi compresión del mundo en el que debo vivir; sino principalmente a aquello que me ha mostrado la utilidad que estos “avances” pueden tener, aquellas cosas por las que vale la pena seguir este Camino que elegí.

En los años que llevo en relación con el mundo mágico he conocido a personas que no llegarán a nada, pero también he visto caer a otras que tenían muchas posibilidades, o potencial, o recursos para hacer realidad esos sueños que, en un momento fatal y sin posibilidad de vuelta atrás, cambiaron por cualquier otra cosa. Lo hicieron por el orgullo idiota de no aceptar que no somos nosotros quienes debemos enseñar a la Vida el modo de discurrir según nuestros antojos o pareceres. Por debilidad, frustración, necedad o simple incapacidad para comprender que hay cosas más grandes, más importantes, que las emociones o elucubraciones de esa parte de nosotros que vive como un rey de cartón en la cáscara de nuestro ser, y que desde allí se empecina en gritar órdenes a quienes no debieran obedecerlas.

En demasiadas ocasiones el mundo se convierte en un campo de batalla que no podemos – ni debemos- eludir, aunque quisiéramos estar en casa con los nuestros, en paz. La batalla es necesaria para que esa casa y esos nuestros sigan existiendo tal como los conocemos. Y ese lugar existirá siempre, mientras podamos preservarlo, aunque sólo lleguemos a descansar allí en contadas ocasiones. Hay personas que tienen habilidades para la lucha pero que, al no conocer la otra cara de la moneda, corren el peligro de no entender o llegar a poseer los motivos que la convierten en un deber, convirtiéndose al fin en mercenarios al servicio del mejor postor, o en soldados suicidas esclavos del rey de cartón. Hay demasiadas personas capaces de hacer lo imposible y, sin embargo, fallar en lo más sencillo.

Una de las personas a las que más quiero me escribe aún de vez en cuando, agradeciéndome la “paciencia” que tuve en un momento determinado. Pero todos tenemos épocas, todos experimentamos procesos que pueden ser largos y penosos como una condena; Cuando la persona vale la pena, caminar a su lado vale la pena también. Sé que nunca mintió, que nunca se rindió y nunca se vendió. Sé que hay daños inevitables. Y he visto caer a tantos que transitaban un sendero firme y directo, pero en el momento decisivo su aparente fortaleza quebró; Personas que parecían sanos y envidiables por fuera, pero conservaban escondido algo los fue royendo por dentro, alimentándose de sus entrañas, hasta que se desmoronaron. Seguramente si no lo hubieran escondido, si no hubiera una culpabilidad o vergüenza subyacente que les obligara a hacerlo, a empujar el defecto bien adentro, mientras por fuera censuraban a otros, si en lugar de correr en la dirección contraria hubieran tenido el valor de enfrentar sus condiciones personales, las cosas hubieran sido bien distintas. Si el héroe de la historia hubiera comprendido su verdadera misión, no se hubiera extraviado, no se hubiera convertido en un saqueador...

Hace falta algo más que potencial o capacidad para seguir vivo y en pie a través de los mismos años que marchitan a unos y vigorizan a otros. Y aunque las cosas no salgan según nuestros planes, siempre habrá algo más importante que hace la diferencia entre las personas.

Hay una magia terrible en las relaciones humanas, que pasa también desapercibida por el mismo hecho de estar tan acostumbrados a vivir en un automatismo no programado por nuestra verdadera voluntad, a conformarnos con imágenes proyectadas y sucedáneos de todas las cosas. Hay varios tipos de afecto, varios tipos de amor; no importa cuál mientras sea auténtico. Mientras estando con esa persona no tengamos la sensación de estar interpretando el guión de una obra de teatro o de una telenovela que ni siquiera nos gusta. Las relaciones reales, de persona a persona, existen, llegando a forjar vínculos que ni el tiempo ni la distancia consiguen romper. Afectos que, aún tras una ausencia prolongada, se reencuentran como si nada se hubiera interpuesto entre ellos. Afectos que, incluso cuando nos convertimos en nuestro peor enemigo, tienen la fuerza necesaria para sacarnos de esa carnicería infinita que podría terminar por destrozarnos, llevándonos a pasear por el recuerdo de aquello por lo que vale la pena vivir. E incluso si todo se llegara a perder, el recuerdo poderoso de esa mano tendida, ese abrazo, esas conversaciones y risas seguiría vivo, latente como una posibilidad real. Dentro de nosotros, como una luz en la noche más oscura, como un mágico néctar que, una vez se ha probado, no se llega a olvidar.

Mencioné que tengo mucho que agradecer a los lectores de este blog, y es cierto. Nunca olvidaré lo importante que fue para mí encontrar en un momento dado los escritos de Jean Luc Colnot y de Alfonso Orozco. Tal vez por eso, sin pretender ser lo mismo, cada vez que encuentro un comentario referente a algo que he publicado, que ha servido para alguien al otro lado de la pantalla, el escribir cobra un sentido más allá de la necesidad de denuncia o autoexpresión; Siento que pago una pequeña parte de mi deuda con el Camino.

Por otro lado, uno escribe algo que, aunque con el tiempo llegue a matizar o incluso a corregir, constituye una pieza de un proyecto mayor, obligándote a mantener cierta coherencia, creando un compromiso al terminar por caer en la cuenta que estás construyendo algo a lo que no puedes permitirte fallar. A su vez, es este compromiso el que te sostiene cuando todo lo demás parece hundirse, lo que te hace hablar aún cuando callar resultara más cómodo, lo que hace que permanezcas en tu sitio aún cuando sientas un impulso tremendo de salir corriendo. No se trata ni de permanecer sin hacer nada, pero “guardando el lugar” para que otros no te lo quiten, ni de crecer desmedidamente y sin dirección. Se trata de crear una forma, aportar un contenido, darle un sentido y conseguir que sea algo útil, pero no sólo para uno mismo.

El equinoccio de otoño es también el aniversario de Perro Aullador. Este año, el quinto. Desde que la página original salió al aire, he tenido la oportunidad de aproximarme e incluso llegar a conocer tanto a aquellos a los que yo leía, como a aquellos que me han leído a mí – sobra decir que, en ocasiones, la lectura es recíproca-. En ambos casos he encontrado personas a las que admiro, dignas de confianza, capaces de construir, capaces de plantar batalla, algunos de los cuales se han convertido, a mayor o menor distancia en compañeros de ese viaje que de pequeña soñaba y que, después de todo, es hoy una realidad. Personas cuya existencia es una esperanza y un desafío, un respiro tras el largo asedio, un conocimiento capaz de resguardarnos en las vicisitudes del camino con más firmeza que los pilares de cualquiera de esos templos abandonados que tantos perdidos tratan de reconstruir, sin darse cuenta de porqué sus intentos son en vano. Sin darse cuenta de porqué una Hermandad, Clan o una Familia dignos de recibir esos nombres que tan bien suenan deben ser mucho más que una lista en la que unos desconocidos estampan su firma. Deslumbrados por cualquier cosa brillante, parece que para ellos toda la cuestión consiste en juntar gente para una causa como quien amontona sacos de harina o de patatas, de modo resultan incapaces de percibir los sutiles hilos que pueden conectar a varias personas, por no hablar de llegar a vislumbrar y cuestionarse los dibujos que estas redes crean, y el sentido que puedan llegar a tener.

Debo agradecer, por encima de todas las cosas la oportunidad de haber conocido, dentro y fuera del medio virtual, una suerte de afectos que en algún momento se han convertido al mismo tiempo en brújula y escudo, techo y manta, alimento y medicina. Haber conocido algo por lo que vale la pena resistir y luchar, pero también seguir vivo y disfrutar los dones que la Vida pone a nuestro alcance, en los detalles más sencillos y accesibles. Y a la luz de este tesoro cualquiera de esos conatos de agresión, de esas pequeñas y mezquinas traiciones, de esas habladurías de gente ociosa que no encuentra nada mejor que hacer con su pobre existencia, no pueden más que convertirse en cenizas que el viento esparce en la lejanía. No pueden ser más que el puñado de flechas perdidas que el cazador observa con disgusto dándose cuenta que ya no servirán para un segundo intento; mientras los brincos del corzo en la lejanía parecen adoptar, aún involuntariamente, un aire burlesco.

Así que gracias, a los que están ahí, por estos motivos que he esbozado torpemente, y por todas aquellas cosas que ni siquiera soy capaz de expresar.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Desaparición

Estoy temporalmente desaparecida. Tengo algunos artículos pendientes de publicar, esbozados en las últimas semanas; Soy consciente de cierto proyecto bastante prometedor con Sibila y Owein, así como de que me quedan muchos comentarios que responder a Violeta - gracias a la cual me reencontré con líneas que, aunque yo misma había escrito, no tenía presentes - ...

Sé de algunas pocas personas que se alegrarían de que los motivos de esta ausencia temporal fueran de otra naturaleza, pero no, lo cierto es que las cosas van bien. Hay ocasiones en las que un cambio largo tiempo esperado irrumpe en nuestras vidas sin avisar. Puedes haber esperado por meses, sin que nada ocurriera ni pareciera que iba a ocurrir... y derrepente ahí está. Es entonces cuando debemos estar preparados para respirar profundo, hacer un par de comprobaciones de seguridad, agarrar la maleta de urgencia y saltar a ese tren que no vamos a dejar escapar por las dudas.

Y esa es la cuestión. Si buscas, encuentras. Si preguntas, llega la respuesta. La oportunidad está ahí y todo cuanto puedes hacer es estar preparado para aprovecharla (o no).

Tengo mucho que agradecer a los seguidores de este blog. Calculo regresar al ritmo de publicación semanal para el Equinoccio de otoño. Hasta entonces, como siempre, gracias por seguir ahí.

domingo, 16 de agosto de 2009

Ostras sin perla; Magia y humanidad.

La Magia funciona. Podríamos imaginarla como un mecanismo invisible que permite accionar la realidad de un modo acorde a nuestra voluntad. Pero el proceso por que accedemos a los mandos de este mecanismo varía de persona a persona, así como puede depender de las circunstancias. Se trata, al fin y al cabo, de una aproximación única e individual, que puede seguir el curso de un cierto academicismo o desbordarse en una absoluta improvisación. Los datos que encontramos en los manuales pueden ayudarnos dándonos una base, o inspirándonos a la hora de llevar a cabo nuestra propia creación, pero no tienen demasiado sentido cuando no existe una implicación por parte del practicante hacia su obra. Apegada a la vida, como una parte inseparable de la misma, la Magia deviene un instrumento casi orgánico, enraizado en nuestro ser profundo, creciendo con nosotros, adquiriendo nuestro "olor", se convierte en un código personal e independiente que nos permite interactuar con (antes que ejercer un ciego dominio) nuestra realidad.

Una de las cuestiones a plantear - al menos dentro del paganismo - es la fluctuación entre ese poder de hacer y cambiar cosas y el grado de dependencia respecto a fuerzas entendidas como externas, como sería el caso de ciertos Dioses. La aparente contradicción entre la absoluta responsabilidad sobre nuestras vidas y el tratar de poner a estas fuerzas de nuestra parte, o aprovecharlas en nuestro favor.

Cuando la Magia parece "no funcionar", podemos creer que estamos más limitados de lo que asumíamos, que hemos perdido facultades o que los "Dioses" nos han abandonado. Este puede ser un doloroso reencuentro con nuestra - tan a menudo infravalorada - humanidad.
Nos damos cuenta de que no podemos ejercer un control absoluto de cuanto acontece en nuestras vidas, pero siempre dependerá de nosotros cómo reaccionemos a las diferentes situaciones que se presenten, incluyendo si somos capaces de anticiparlas y prepararnos para enfrentarlas o resolverlas. Comentaba con un experto en la materia de horóscopos (serios, no esas falsas predicciones que aparecen de modo marginal en la prensa) lo triste que me parecía que sólo por llegar al mundo en una fecha y hora determinados, resultara también determinado el curso de nuestras vidas; Sin embargo, lo asombrosamente certero de sus aciertos no dejaba lugar a dudas.

Qué nos queda entonces? Permanece, a pesar de todo, esa constante según la cuál el humano es lo que hace con aquellas cosas que no está en su mano cambiar. Y todos conocemos casos de personas que, partiendo de un punto equivalente, trazan caminos muy divergentes.

A veces, tratar de emplear la magia para resolver o enfrentar ciertas cosas es absurdo, un gasto de energía estúpido. En otras ocasiones, simplemente resulta inútil. De vez en cuando, contraproducente.
En "El Héroe de las mil caras", la obra de Joseph Capmbell que analiza las etapas en las que se dividen los relatos de los héroes de la mitología universal, queda patente que, en algún momento de la historia, los poderes, habilidades u objetos mágicos conseguidos por el héroe no tienen ninguna utilidad. Cuando en la versión de La Bella Durmiente de Disney las hadas tratan de hacer una fiesta para Aurora, no recuerdan cómo preparar un pastel y otras cosas sencillas sin emplear la Magia. Terminan por utilizarla y, por más que traten de ser discretas, el trabajo de muchos años se pierde en un momento. De igual modo, en la misma historia, los poderes de estas hadas no pueden contrarrestar el maleficio, sólo consiguen abrir una brecha hacia la posibilidad de revocación del mismo, cuyo aprovechamiento no depende de ellas.

Esta situación se repite en otros cuentos, donde la magia es una herramienta útil, pero no decisiva. En la vida real es raro que algo pueda resolverse de un solo "golpe de varita", antes se crearán nuevos inconvenientes que se terminará con al cuestión. No es que sea Magia "a medias" o "poco poderosa", es que si todo pudiera resolverse con un solo conjuro no existirían historias, mitologías, arcanos del Tarot, etc. No habría mucho acerca de lo que pensar, poco que aprender, nada por descubrir.
La vida no es un estanque quieto, donde el menos asomo de movimiento debe ser silenciado, reprimido o evitado. De hecho, ni siquiera los estanques son así. La vida es precisamente ese recorrido que transita el mundo entre el cielo y los abismos, salpicado de variedad de obstáculos y condicionamientos en el que será preciso hacer uso de las diversas herramientas que cargamos en ese equipaje que no podemos llenar de cosas inútiles que no harían más que pesarnos y dificultar las condiciones del viaje. Y es ese recorrido, esa búsqueda, lo que a la vez que nos hace únicos nos suma al conjunto de experiencias existenciales de la humanidad.

Vivimos unos tiempos en los que la Magia parece perfilarse como una posible solución sin costos a cualquier inconveniente, por insignificante o pasajero que este pueda ser. Existe cierta tendencia (si bien creo que debió existir por igual en otras épocas y latitudes) a sentirse fatalmente atraído por el brillo, la espectacularidad, a que importe más cómo nos ven los otros que el cómo nos sintamos nosotros mismos. Y de los cuentos, de los relatos, las mitologías, escogemos esos destellos mágicos como criaturas excesivamente inocentes, como si realmente estuviéramos descubriendo algo que -a pesar de un lapso de ignorancia extendido por un puñado de siglos- ha estado siempre ahí. Hacemos eso, y nos descuidamos, no prestamos atención a otras cosas, más opacas, pero de mayor valor. Hay todo un colectivo de personas que preferirían ser - de hecho se creen ligados con - cualquier cosa que no sea humana; ángeles, vampiros, elfos... Sin darse cuenta de que, en las condiciones humanas que les ha tocado vivir, su universo entero vendría sobrando. Sin llegar a comprender que, en no pocas ocasiones, la Magia más poderosa es aquella que no se usa, y aquello que podría salvarlos de cosas incluso peores que la muerte, sería precisamente su humanidad.

Porque cuando, en la seguridad de nuestros hogares, encendemos una vela para encontrar, por ejemplo, un nuevo trabajo, la humanidad puede resultar muy aburrida y trivial. Pero cuando nos hallamos en una situación realmente asombrosa (no digo ya peligrosa), en la que el velo de nuestra realidad se ve rasgado de una manera terrible, produciendo un choque de nuestros sentidos, es posible que la única magia que podamos desear encontrar es la de esos zapatos rojos de Dorothy, poder golpear os talones tres veces y volver a casa. Estas situaciones "mágicas" existen, como el hambre y la guerra, aunque sean difíciles de imaginar desde nuestras coordenadas existenciales.

Una de las cosas que he aprendido acerca de la Magia es que realmente existe un tipo de Magia a gran escala, que no desentonaría demasiado, en su vertiente más terrible, si la infiltráramos en una recopilación de cuentos de Lovecraft. Es la clase de Magia que se omite por completo en los manuales. La diferencia entre esa Magia editorial "domesticada" y esta magia "salvaje" que queda forzosamente excluida de los circuitos sociales, es la misma que pueda existir entre aprender a abrir la llave del agua y hacerla salir por el grifo, y aprender algo realmente "imposible" como sería, por ejemplo, dar nacimiento a un nuevo río (no toda esa Magia "salvaje" es destructiva).
De modo que no importa cuantos cursos o grados pueda acumular alguien en el currículo esotérico, o cuánto le admiren sus posibles acólitos; si le pusieran sobre una mesa los objetos empleados para realizar esos trabajos "imposibles", o incluso unos menos espectaculares pero sorprendentemente efectivos, no sabría distinguirlos de tantos otros que constituyen el conjunto de "trastos" de la casa. Aunque los reconociera, no sabría usarlos. Y no respondería una sola de las preguntas que un iniciado (uno de verdad!) pudiera hacer al respecto. Un iniciado de aspecto anodino, con una lista de virtudes y defectos posiblemente tan larga como la de cualquier otro.

Los manuales que se encuentran disponibles son escritos derivados todos de un extracto de datos que en principio forman parte de un cúmulo mucho mayor de conocimiento que permanece en la sombra (no tanto por oscuro, como por desapercibido). En su mayoría, los manuales, hechos a base de conjuntar cosas que no sirven y cosas que pueden funcionar, aportan datos, que no sirven demasiado si no conocemos las claves que pueden darles un sentido o una utilidad ulteriores. La mayoría de personas que se encuentran en un camino, aunque sea independiente, obtienen - a veces sin darse cuenta - claves personales por el hecho de permanecer en él, como si algo en ellos pudiera destilarlas aún rudimentariamente de la experiencia. Otras claves, van mucho más allá de lo personal, y se comunican por otros medios.

Lo que ocurre con la magia de nuestro tiempo es que se han separado unos pocos metros cuadrados de una mansión situada en un terreno gigantesco, y se ha acondicionado un departamento allí. En alguna pared queda la puerta que nos separa del resto del edificio. Pero hace tiempo se perdieron las llaves, se pintó encima de la puerta inutilizada y se puso un enorme armario delante, para que no suscitara curiosidades a las que no podríamos dar respuesta. Simplemente se hace como si nunca hubiera estado allí, convirtiéndola en un mito, una leyenda. Luego se empiezan a publicar manuales del tipo "como aprovechar efectivamente el espacio de su apartamento" o "Diseñe con facilidad nuevas colchas y cortinas". Realmente, es posible que sea mejor así.

Por mi parte, prefiero admitir mi propia ignorancia. Yo no tengo las llaves de la puerta, pero en ese cuartito reducido que cubre mis necesidades no tengo tampoco la necesidad de ocultarla tras un armario. Cierto, son los ecos del otro lado los que me llevaron a descubrirla, pero los asuntos que allí se manejan no me conciernen, y del mismo modo que no tengo interés en apropiarme de algo que no me pertenece, no lo tengo en forzar el cruce de ese umbral. Pero no deja de sorprenderme el poco respeto que se tiene hacia ese otro mundo velado que está aquí mismo, ni deja de asquearme el ver a los mercaderes esotéricos gritando "saber todo lo que se debe saber" o incluso "todo lo que se puede saber" cuando ni siquiera pueden ver la puerta. Cuando, tal como están llevando sus cosas, serían incapaces de hacer algo útil, no sólo en esa calidad de magos de la que se jactan, sino en el aspecto más simple de esa humanidad que pretenden rehuir.

Por otra parte, leyendo a Colin Wilson, uno se da cuenta de hasta qué punto nuestra relación con la Magia, tanto la doméstica como la salvaje, está viciada por la publicidad. Antes que cualquier otra obra yo recomendaría a los interesados en la Magia, la lectura de "Lo Oculto". para respaldar sus teorías acerca de la facultad X, Wilson nos hace entrega de una serie de biografías de aquellos autores y personajes del mundo de la Magia que son más o menos conocidos; Paracelso, Eliphas Lévi, Blavatsky, etc. Wilson no trata de desacreditarlos en absoluto, él realiza un estudio acerca de la efectividad de la magia o, mejor dicho, de ciertas facultadas humanas que se manifiestan voluntaria o involuntariamente en individuos y situaciones concretas. Sin embargo, al mismo tiempo, se hace evidente cuanta charlatanería, desvarío y cosa inútil se amontona entorno a estos destellos de efectividad, y permitiendo que nos hagamos una idea aproximada de los ríos de tinta desperdiciados en obras derivadas de unos originales que, ya de por sí, traían bastante sobrante.

Uno se da cuenta, de paso, de cómo pueden estos personajes no estar realmente tan distantes de nosotros mismos, con todos nuestros defectos. Entender que bien pudieran ser las circunstancias las que los hicieron célebres y permitieron que su legado sobreviviera hasta nuestros días, por encima de otros anónimos posiblemente más sabios, más capaces, y menos espectaculares.

Por todo ello, por este cúmulo de pequeños descubrimientos en nuestra búsqueda a través de los años vamos reelaborando y matizando nuestros propios conceptos, nuestra manera de entender la Magia, el mundo, y nuestra propia vida. Pero la Magia - nuestra Magia - puede acompañarnos en este recorrido sin dificultad, como una parte de nosotros que no añade peso a nuestro cargamento. Como un idioma propio que nos permite comunicarnos tanto con nosotros mismos, como con elementos exteriores. Podemos llevarla con nosotros, tanto si es el momento de emplearla como si no; Y aún cuando no funciona como herramienta de acción, puede hacerlo, en calidad de sentido extraordinario, como herramienta de percepción.
Y no necesitamos decir cada tres párrafos que somos brujas o magos, no necesitamos realmente la visibilidad de las celebridades, o la búsqueda de unos compañeros o aliados que deberían llegar de un modo absolutamente natural.

Somos lo que somos, y tal vez si no tenemos perlas que ofrecer al mundo es porque la Magia es algo tan integrado que no destaca en nuestras vidas; No tenemos necesidad de crear una serie de capas relucientes que nos protejan de ella como de un cuerpo extraño, y no producimos para el mercado.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Las Malas Cosechas

Es agosto y, no obstante, llueve. De forma continuada e indiferente, el cielo se nubla y cae cada tarde esa lluvia de la que no hay forma de escapar. Mi mente no deja de asociar el octavo mes con el sol radiante del Mediterráneo, en el que una tormenta por estas fechas no es sino una aliviadora anécdota. Sin embargo, y a pesar de la hermosa imagen de los campos de trigo suavemente agitados por un aliento abrasador, no deja de llover.
Del mismo modo, a veces, guardamos en nuestra mente la imagen de la cosecha perfecta, del trabajo duro pero recompensado con creces, del clima como una conjunción de elementos propicios que animan el crecimiento de las mieses, proveyendo bienestar y abundancia. Tan maltrecho está nuestro vínculo con la tierra y sus labores que caemos en la idealización, figurándonos que todo el ciclo de la cosecha discurre de un modo óptimo, prácticamente plácido.

Cuando trato de dirigir mi atención a la búsqueda de algo cercano a la realidad, alguna analogía que resulte no sólo poética sino útil en el contexto de la experiencia personal, no deja de sorprenderme lo lejos que suelen quedar las palabras de los hechos. Pocas veces, en este paganismo que parece condenado al baile perpetuo y terrible de las zapatillas rojas, se habla de las malas cosechas y los tiempos de escasez. No se trata de centrarse en lo "negativo" sino de darse cuenta de hasta qué punto lo "negativo", entendido como "conflicto" o "problema" es omitido en nuestras vidas.

Existe un tipo de "negatividad de fondo", esa que se acumula como la basura en una habitación tan usada como descuidada, ese barro en el que podemos pasar horas, días y hasta meses revolcándonos. Esa pasta pringosa que amasamos a base de darle vueltas en la cabeza a unas mismas ideas estúpidas - en lugar de pensar- , como quien se prepara un café y remueve y remueve hasta que se enfría y se echa al desagüe sin haber probado un sólo sorbo. Éste nos es un mal familiar como una gripe estacional, de vez en cuando caemos en ella, nos curamos más o menos rápido, y luego hacemos como si nunca hubiera estado allí... en lugar de tomar las medidas adecuadas para evitar repetir la experiencia a futuro.

Pero me refiero a la otra, esa "negatividad" a la que llamamos fracaso. La RAE lo define como: "Malogro, resultado adverso de una empresa o negocio/Suceso lastimoso, inopinado y funesto/Caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento". Así que resulta una palabra demasiado grande para definir algo que no salió como queríamos o esperábamos. Eso convierte nuestro pequeño inconveniente en un auténtico monstruo expulsado del vergel de nuestra mente, relegado al oscuro cuarto de las herramientas en desuso, alimentado por nuestra decepción, engordando día a día, noche tras noche, hasta adquirir unas dimensiones que llegarán a ser todo lo catastróficas que en el principio creíamos; Y todo, por no haber sabido qué hacer con él desde el principio.

Por eso pienso en las malas cosechas. En las cosechas que resultaron fallidas, no porque la tierra fuera mala, o porque el trabajo no se llevara a cabo, sino porque llovió en exceso , hubo sequía o irrumpió en escena una plaga. En el pasado de Europa cuando esto sucedía - y podía suceder durante algunos años seguidos- , tanto la gente que vive del trabajo de la tierra como la que no, se veía afectada por la escasez de las harina que constituían la base de la alimentación, sin contar con seguros o subvenciones... Tampoco era posible, para la mayoría, empaquetar sus escasos bienes y dejarlo todo para empezar en un nuevo lugar; Mientras que, en caso de emprender la aventura, las nuevas tierras debían ser acondicionadas. En cualquier caso, no había manera de escapar a la larga espera, a la escasez, la restricción, a ese trabajo que no permitía obtener de modo inmediato una cantidad ya no resarcidora, sino meramente compensatoria de su esfuerzo. Es más, lo que es historia para Europa, el hambre y las enfermedades derivadas de la misma, es la actualidad en muchas regiones del mundo actual.

Comparemos, por un instante, esta suerte de situaciones con las condiciones en las que nosotros nos desarrollamos. El nivel de "tolerancia a la frustración" de las gentes que dependen directamente de la tierra y los cielos, y el nuestro. El resultado es terrible. A la que algo "sale mal" ya nos parece un desastre, nos sentimos fracasados, nos punza la urgencia de abandonar sin mirar atrás o, cuanto menos, sentimos que el cielo se desmorona sobre nuestras cabezas, deprimiéndonos. Nuestro plan existencial no contempla este tipo de fenómenos como algo natural, sino como un error, algo que simplemente "no debería estar ahí". Aunque, justamente, ese sea su lugar. Asumir que hay obstáculos con los que debemos aprender a manejarnos significa ser conformista, sino aceptar - de una vez - que por mucho que la magia sea una herramienta a nuestro alcance, ni nosotros somos omnipotentes, ni la vida sigue el guión de un clásico de Disney -¡Por suerte!-.

En todo caso, el problema que pueden presentar estos obstáculos, por catastróficos que nos parezcan, suele ser en realidad ínfimo comparado con el daño que somos capaces de hacernos a nosotros mismos al no aceptar su presencia... Las cosas no desaparecen porque cerremos o nos tapemos los ojos, espantados; las cosas siguen ahí y además nosotros no vemos. Como un conejo que, en lugar de huir, queda hipnotizado ante los faros del camión que va a convertirlo en una grotesca alfombrilla. Nos destrozan las cosas que salen mal, porque no sabemos qué hacer con ellas, donde colocarlas, o cómo justificar el tiempo que nos han ocupado. Simplemente son cosas que pasan, que nadie idea, que no siempre se pueden preveer, o que nos sorprenden por novatos. Pero el cielo no debería caer sobre nuestras cabezas por ello, ni nosotros correr a flagelarnos psíquicamente. El único desperdicio auténtico, la única pérdida posible, sería no aprender de la experiencia.

Hay días mejores que otros, días que sientes que es mejor dejar perderse, aferrados en la idea de que habrán de venir más, aunque sepamos que no es cierto, que éste podría ser el último y la muerte floreciera como una planta rara en un paisaje anodino. Y no es que el tiempo se deje ir, más bien se escapa, sin un destino, sin un propósito, sin un solo mecanismo capaz de aprovechar, siquiera, la fuerza de esa fuga que nos desgasta del mismo modo que el agua de un torrente erosiona el terreno a su paso. Así, no es tanto el temor a verse arrastrado por la corriente, el auténtico temor es la sensación de permanecer anclado en un fondo que se extingue en silencio, sin ser percibido; como un fantasma consciente pero incorpóreo vagando entre los vivos como un extraño. Porque las "malas cosechas" en nuestras vidas, deformadas por la incomprensión, llegan a aislarnos de nuestro entorno, o incluso de nosotros mismos, despertando injustamente la lástima y el reproche a nuestro alrededor (y, no pocas veces, en nuestro interior), emociones igualmente insanas y detestables. Lo que es ahogarse en un vaso de agua.

Algo no salió bien, punto. No es la primera ni la última vez que ocurrirá en la historia de la humanidad. Seguramente, las consecuencias no son otras que el tener que aceptar que no salió como estaba planeado. Muchas veces ni siquiera depende de uno. Si depende de uno es un error, o una serie de errores que, como humanos, tenemos derecho a cometer. No hay que dar más explicaciones a nadie. Y a veces es conveniente y necesario desoír a la mitad del mundo, y a la mitad de nosotros mismos. La única cosa que vale la pena escuchar cuando nos hemos caído, es que podemos y debemos levantarnos. Fin de la historia.

Si el proyecto aparentemente fallido era importante para ti, persevera. La diferencia entre aquellos que viven apegados a la tierra, y a lo que ser humano ( en su más noble aceptación ) significa y los que a la primera de cambio se dan por vencidos y corren a autocastigarse o a tratar de hacer como que nada pasó, es la perseverancia: Si no sale bien a la primera, o a la segunda, o a la tercera, pero es importante y significativo para ti, vuelve a intentarlo, las veces que haga falta. Sólo con que aprendamos un poco cada vez los intentos acumulados nunca serán en vano... Al fin y al cabo, del accidentado e interminable regreso al hogar de Ulises surgió la Odisea.

Las cosechas son terriblemente importantes, podría decirse algo parecido del pastoreo, la caza, o la recolección. Representan aquello que realmente necesitamos, aquello que ha de satisfacer nuestras necesidades primeras, aquello por lo que es imprescindible trabajar y nunca dependerá completamente de nosotros mismos. Las cosechas pueden ser malas, el ganado enfermar, la caza resultar fallida, etc. pero es algo a lo que, por frustrante que resulte, no se puede renunciar. Malo es que, demasiado a menudo, se llegue a olvidar.

Personalmente me niego a creer que las "malas cosechas", como otros "desastres naturales" sean necesariamente un castigo de los Dioses, creo que la mayor parte del tiempo están ahí como el sol que nos alumbra, los ríos, o las abejas. Repasando mentalmente, si no localizamos una falta por nuestra parte, seguramente es que tal falta no existe. Y sé que muchas veces, vemos personas deambulando quejosas por sus vidas con una lista de deseos insatisfechos, cuyas súplicas nunca fueron atendidas... No sin razón. Deseos flojos no son otra cosa que caprichos. Dice al respecto el personaje de Demian en el libro del mismo nombre de Herman Hesse;

Elige como objetivo sólo lo que tiene sentido y valor (...) algo que necesita, algo que le es imprescindible. Por eso logra lo increíble (...)Yo puedo fantasear sobre esto o aquello, imaginarme algo -por ejemplo, que me es indispensable ir al Polo Norte, o algo por el estilo- pero sólo puedo llevarlo a cabo y desearlo con suficiente fuerza si el deseo está completamente enraizado en mí, si todo mi ser está penetrado de él. En el momento en que esto sucede e intentas algo que se te impone desde dentro, la cosa marcha; entonces puedes enganchar tu voluntad al carro, como si fuera un buen caballo de tiro. Si yo, por ejemplo, me propusiera conseguir que nuestro pastor no volviera a llevar gafas, no lo lograría. Sería un puro juego.

Cuando un deseo es real, cuando la voluntad lo sigue como a un faro en la noche más oscura, nunca, aunque las cosas no salgan como esperamos, la búsqueda será infructuosa. La mayoría de las veces regresamos de ella con más, no con menos, de lo esperado. Entonces, si nos caemos, nos volvemos a levantar. Perseveramos. Tenemos auténticos motivos para ello: Sólo hay que recordarlos.

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PD: Cuando hace unos días publiqué el fragmento sobre el desapego, un lector me señaló que parecía "demasiado optimista". Puedo alegar al respecto, no es que actúe como ciclotímica al escribir estas líneas acerca de las malas cosechas y los tiempos de escasez, sino que cuando tenemos presente la necesidad de equilibrio, automáticamente se activa un filtro adicional a nuestra comprensión, encargado de rellenar las omisiones y corregir los excesos.

martes, 28 de julio de 2009

Hojas en el viento; Aprendiendo a desprenderse

Durante la adolescencia, recuerdo bien, me sentía como una hoja al viento, porque las situaciones del entorno, ante las que era impotente, me llevaban a su antojo. Una hoja seca, de un árbol desprendida, arrastrada sin cuidado, que se arremolinaba en las aceras junto al polvo y la basura; sólo esperando que la lluvia de finales de otoño empujara los fragmentos de su descomposición al oscuro reino de las cloacas.

Hoy, diez años después, de nuevo el viento me lleva como a una hoja, porque de repente, y tras los esfuerzos realizados para haberlo ganado, de nuevo se me escapa el manejo de los hilos que dan forma a mi destino. Y, sin embargo, hoy la hoja es verde y el viento es amigo; aunque no acabe de entender su invisible idioma. La hoja verde, la flor desprendida, cabalga como un pequeño ser a lomos de la bestia incorpórea, remonta el vuelo y se lanza aún más allá para aprender a ser ave y volar por sus propios medios, hasta el momento de descender a la tierra de nuevo transformada, y regocijarse en el sonido de las patas contra el suelo, en la carrera.

La situación externa es similar, pero el interior se ha transformado de un modo tan terrible que sabe, con una regia certeza, que no ha de volver a lo que un día fue, aunque el futuro sea oscuro, por incierto, y nada deje ver de sí. Y me pregunto - algunas veces- qué quieren los Dioses de mí esta vez... Me pregunto si esta prosperidad, o bonanza, que me rodea es un premio o un castigo, o un pago por adelantado para que trabaje por ellos y por lo que de ellos - más allá de ellos - he podido aprender y aprender a respetar.

...

Escribí esto la pasada primavera. Algunos meses más tarde, una amiga puso en mis manos un texto de Shakti Gawain - obra y autora desconocidas para mí, clásicas del "desarrollo personal" según Wikipedia - que parecía, de algún modo - y con todas las reservas que se requiera - seguir el hilo de estas ideas.

(...) La mayoría de personas de nuestra cultura han perdido la noción de quienes son realmente. Han perdido la conexión consciente con su yo más alto y, por tanto, han perdido el sentido de responsabilidad y poder de sus propias vidas. Muy en el fondo, tienen una sensación de desamparo, se sienten básicamente impotentes para efectuar cambios reales en sus vidas o en el mundo. Este íntimo sentimiento de impotencia hace que traten de sobrecompensarlo luchando y esforzándose mucho para lograr un poco de poder o control sobre su mundo.
Así, la gente se ha enfocado fuertemente hacia la obtención de metas; se relacionan emocionalmente con otras cosas y gentes, a las que consideran que necesitan para poder ser felices. Sienten que algo "les falta" por dentro y se convierten en seres tensos, ansiosos y nerviosos, que continuamente tratan de llenar el hueco tratando de manipular el mundo exterior para poder lograr lo que desean.
En situaciones como ésta mucha gente se marca metas y trata de crear lo que quiere de la vida, y desafortunadamente a este nivel de conciencia no funciona en absoluto... ya sea porque se han establecido obstáculos para no tener éxito, o, si logra sus metas, únicamente es para darse cuenta de que no les proporcionan la felicidad.
Es en este momento que nos damos cuenta y comenzamos a abrirnos un camino espiritual. Comprendemos que simplemente debe haber algo más en la vida y comenzamos a buscarlo.

Podemos pasar por distintas experiencias y procesos durante la búsqueda, pero finalmente poco a poco vamos recogiendo nuestros pedazos. Esto significa que volvemos a la experiencia de quienes somos realmente, de que somos imagen y semejanza de Dios o de la mente universal que está dentro de nosotros. A través de esta experiencia finalmente recuperamos nuestro poder (...).

Al abandonar un estado de vacío, de ansiedad y de manipulación, la primera lección, y la más importante que se debe aprender es a desprenderse. Deberá relajarse, dejar de luchar, dejar de tratar tan intensamente, dejar de manipular cosas y gentes para tratar de conseguir lo que quiere y necesita. En suma, sólo deje de "tratar de hacer" tanto y experimente únicamente el "ser" durante un tiempo.
Al hacer esto, de pronto descubrirá que en realidad está usted perfectamente. De hecho, se siente maravillosamente bien siendo únicamente usted, dejando ser al mundo, sin tratar de cambiar las cosas. Esta es la experiencia básica de ser "aquí y ahora" y es lo que la filosofía budista quiere decir con "desprenderse de las ataduras". Es una experiencia liberadora y básica para emprender el camino del conocimiento de uno mismo.
Una vez haya comenzado a experimentar esto más a menudo, estará abriendo el canal hacia si yo más alto y tarde o temprano una gran cantidad de energía creativa natural comenzará a fluir dentro de usted. Comenzará a ver que usted mismo está creando su vida entera y cada experiencia que le sucede, y empezará a interesarse en crear experiencias más gratificantes tanto para usted como para los demás (...).

Imaginemos que la vida es un río. Mucha gente se aferra a las orillas, por miedo a soltarse y correr el riesgo de ser arrastrada por la corriente. En un momento dado, voluntariamente, cada persona deberá soltarse y confiar en que el río lo lleve sano y salvo. En ese momento la persona aprende a "dejarse llevar por la corriente" y se siente maravillosamente bien.
Una vez que se haya acostumbrado a ir con el cauce del río, podrá comenzar a mirar hacia delante y a guiar su propio curso. Podrá decidir qué curso se ve mejor, podrá esquivar piedras y obstáculos y elegir cuál de los muchos canales y ramificaciones del río prefiere seguir, mientras continúa "dejándose llevar por la corriente".

Esta analogía nos muestra como podemos disfrutar aquí y ahora, dejándonos llevar por lo que es, y al mismo tiempo guiando nuestra vida conscientemente hacia nuestras metas, haciéndonos responsables de la creación de nuestros propios destinos (...).
Gawain, Shakti. "Visualización Creativa", Ed. Selector, México DF, 1994. pp.42-46