martes, 15 de junio de 2010

He amado mucho...

Las perlas de Afrodita (1907), Herbert Draper

He amado mucho y mucho amo aún.
Lo digo contento e incluso un poco sorprendido
de tanto amor que todo lo clarifica.
He amado mucho y amaré mucho más
sin ningún miramiento o traba
que me escatime el profundo placer
que muchos hallarán incomprensible.
Lo digo contento: mucho he amado y mucho
he de amar. Quiero que todo el mundo lo sepa.
Desde la altura clara de este cuerpo
que me hace eco o me responde
cuando el deseo reclama plenitudes,
desde la intensidad de una mirada
o bien desde la espuma de un solo beso,
proclamo mi amor, lo legitimo.

Miquel Martí i Pol, 1978

Moderación de comentarios


Debido a una serie de correos ofensivos dirigidos a la web de perroaullador.org se ha activado la opción de moderación a los comentarios del blog, por lo que es posible que éstos no aparezcan automáticamente en la página.
Lamento las molestias que esto pueda ocasionar, sin embargo, aprovecharé la ocasión para agradecer una vez más la atención de todas aquellas personas que siguen el blog, especialmente aquellas que de manera pública o privada se han comunicado con la que escribe, pasando a formar parte, con su contribución, de este proyecto.
Cada comentario es recibido como una valiosa aportación, independientemente de si muestra acuerdo o desaprobación con lo publicado, por lo que tienen mi palabra de que el único objetivo de la moderación es evitar la pérdida del tiempo de los lectores, por respeto a los mismos y al trabajo que realizamos.

viernes, 11 de junio de 2010

Los brujos no se quejan

La responsabilidad es uno de los elementos claves en la vida mágica, pues sólo cuando la aceptamos se nos concede la posibilidad de tomar las riendas de nuestra propia existencia y encaminarla hacia allí donde nuestra voluntad íntima nos indique. De hecho, la responsabilidad puede considerarse el peso de esas riendas en nuestras manos; Si pretendemos liberarnos de él, o bien nuestra vida no tendrá dirección, o bien será otro u otros los que la dirijan.

A medida que adquirimos una mayor responsabilidad sobre nosotros mismos, nuestra vida y nuestra incidencia en el entorno, tomamos conciencia progresivamente del poder que se encuentra en nosotros y que nos permite mejorar todos estos aspectos, recreándolos según el modelo que hayamos escogido seguir.

El cambio implica, no obstante, dejar de proyectar esta responsabilidad en otras personas, cosas o situaciones. Estamos demasiado acostumbrados a culpar a otros (o a las circunstancias) de todo aquello que no nos gusta en nuestras vidas pero, de hecho, si está ahí es porque en algún momento le abrimos la puerta o, cuanto menos, olvidamos cerrarla bien. Es necesario observar atentamente para identificar de qué modo permitimos que algo así apareciera en nuestras vidas, reconducir nuestras actitudes y acciones con perseverancia, y contar con la paciencia necesaria para seguir el proceso hasta el final, cuando podremos ver los resultados de nuestra reprogramación.

Shinoda Bolen tituló uno de sus libros con la frase “Las brujas no se quejan”, que es algo que todos deberíamos tener presente. Quejarse, lamentarse, culpar a otros, asumir el papel de víctimas, etc. es permitir que ese poder para conducir y transformar nuestra vida se nos escape gota a gota.
La impotencia es un ruido de fondo en nuestra cotidianidad, es posible que no nos hayamos dado cuenta de su presencia o sencillamente nos hayamos acostumbrado a la misma, sin embargo, cuando conseguimos deshacernos de él, nos invade una increíble sensación de alivio y es incluso posible que lleguemos a sorprendernos de haber vivido tanto tiempo sometidos a tal tortura. - De hecho, gran parte de lo que llamamos o consideramos Magia reside en estas sutilezas. Nuestros sentidos y percepciones naturales se encuentran embrutecidos, por lo que antes de pensar en adquirir nuevos sistemas de percepción, mejor sería comprender que bastará un trabajo de limpieza para recuperar aquello con lo que ya contamos.-

Todos conocemos ejemplos de personas que dicen seguir una u otra vía mágica (e incluso espiritual) pero en la práctica son incapaces de aplicar un principio tan elemental como el de la responsabilidad sobre sus vidas. En lugar de asumir esta responsabilidad pasan el tiempo señalando y culpando a otros por sus propios fracasos y miserias, creando y alimentando fantasmas, tratando de manipular o dañar a otros con la excusa de defenderse de “ataques” u “ofensas” que sólo están en su imaginación, desgastándose a sí mismos en el proceso y cerrando las mismas puertas que pretenden abrir. Es posible que personas así puedan llegar a dominar algunas técnicas, pero las riendas de sus vidas no están en sus manos y el Camino les estará vetado hasta que logren darse cuenta de la situación real y, por supuesto, decidan cambiarla.

El resentimiento es una expresión de esta proyección de responsabilidad y poder hacia otros que implica, además, el estar anclado en algún momento del pasado ( relaciones que ya no existen, situaciones que terminaron, personas que ya se han ido...) al que permitimos condicionar nuestro presente. Es como si sostuviéramos algo sumamente desagradable en nuestras manos, pero al mismo tiempo nos negáramos una y otra vez a soltarlo simplemente porque de algún modo nos sentimos identificados con ello o sentimos que necesitamos de ello (por ejemplo, para justificar un comportamiento que sabemos inadecuado en el presente). No tiene demasiado sentido, y desde luego no tiene ninguna utilidad mágica a menos que nuestro propósito sea envilecer nuestra existencia. El perdón es más efectivo, y se trata en muchas ocasiones de algo más importante para aquel que lo concede que para aquel que lo recibe, dado que es la única manera de disolver este tipo de vínculos enfermizos, y recuperarse para poder seguir el sendero que nos lleve allí donde realmente queremos estar.

Por otra parte, es necesario señalar que la toma de responsabilidad no debería implicar el flagelo de la culpa, que es otra actitud paralizante, ligada al pasado, completamente inútil y nociva. La culpa no arregla nada, porque sólo implica sentirse mal por algo que ya pasó y no se puede cambiar. Podemos decir “lo siento” sinceramente, pero no podemos quedarnos ahí, hay que dar un paso más, hacer algo por resarcirnos si lo necesitamos, perdonarnos, aprender de la experiencia, comprometernos a hacerlo mejor la próxima vez, pero en cualquier paso seguir adelante. Del mismo modo que no sirve de nada culpar a otros o quejarse de ellos, tampoco sirve de nada culparnos y quejarnos de nosotros mismos, pues no hay que olvidar que esto no deja de ser una retorcida forma de autocomplacencia que nos lleva al estancamiento. Si detectamos algo que no nos gusta de nosotros mismos, tenemos todo lo necesario a nuestro alcance para cambiarlo, sin excusas.

Nuestra propia responsabilidad tiene unos límites y una profundidad cuyo desconocimiento conlleva numerosos equívocos - no sólo a la hora del trabajo mágico-, pues desgraciadamente estamos demasiado acostumbrados a tratar de meternos en asuntos ajenos antes de solucionar los propios. Los límites de nuestra responsabilidad se sitúan allí donde encontramos la vida de otra persona, igualmente responsable de su vida (aún negándose a asumir esta responsabilidad natural). Es aquí donde nos damos cuenta de que podemos desear lo mejor a otras personas, y estar disponibles, pero no podemos tomar decisiones por ellas, ni ayudarlas a menos que estén dispuestas a ayudarse a sí mismas. El conocimiento de estos límites, a su vez, debería centrarnos en nuestra propia responsabilidad para comprender su profundidad, la cual se manifiesta, por ejemplo, en todas esas situaciones en las que aún reconociendo nuestra participación asumimos que la de otras personas, elementos o situaciones implicados es mayor y que, por lo tanto, son ellos los que deberían cambiar, o actuar al respecto (otra manera de estancarse en una posición demasiado cómoda).

Por último es preciso recordar que para recorrer un camino, cualquier camino, es preciso tener una enorme capacidad de digestión, de aceptar todo lo que nos sale al paso, transformarlo, tomar aquello que nos nutre y desechar aquello que no nos sirve. A medida que avanzamos, que entablamos nuevas relaciones, que tenemos nuevas experiencias y que nos descubrimos a nosotros mismos a través de situaciones que tal vez no esperábamos, es casi seguro que encontremos un buen número de cosas que no nos gusten, que sean difíciles de enfrentar o aceptar, pero ante las cuales no nos podemos apocar, antes al contrario, debemos aprender a usarlas como instrumentos y oportunidades de crecimiento. Aprender a encajar correctamente un golpe puede llevar su tiempo, pero es muy diferente a ir llorando, quejándose, señalando e insultando, y gritar al mundo lo mal que nos trata la vida... Lo cual sólo sería un clarísimo síntoma de nuestra falta de conciencia, de comprensión profunda y claridad, así como de nuestra carencia de poder.

Por estas cosas, entre otras, los brujos no se quejan. O, al menos, no demasiado.

Cartel de la adaptación teatral de Wyrd Sisters de Terry Prattchet, en el Durham Student Theatre

miércoles, 9 de junio de 2010

Sosteniendo la balanza


Mujer sosteniendo una balanza, J. Vermeer (1664)


Hay momentos que marcan una finísima línea entre un antes y un después, momentos como encrucijadas en los que debemos sopesar lo andado y discernir el camino que seguiremos de ese punto en adelante. Altas cimas o afiladas grietas ocultas en los rincones más ordinarios y que, a menudo, pasarán inadvertidos. Pruebas inesperadas que nos revelan lo que habita en nuestro interior del mismo modo en que el espejo nos devuelve nuestra imagen externa, sin derecho a apelación.

La vida que nos ha sido concedida por un lapso de tiempo desconocido y es necesario saber escoger sabiamente a cada paso. Para ello deberemos ser capaces de encerrarnos en nuestra propia soledad, robando tiempo al tiempo si es preciso, para sostener nuestra pequeña balanza, y no permitir que otra influencia que no sea la nuestras más altas inspiraciones nos guíe en ese juicio que nos corresponde emitir con la mayor humildad.

Por desgracia a menudo vivimos de un modo inconsciente, por lo que estos momentos y las opciones entre las que deberemos elegir pasan inadvertidos ante nuestros ojos. Todo lo que hacemos, y todo lo que nos sucede, enraíza en la falsa creencia que nos dicta que no existe elección posible. Pero lo cierto es que hay muchos modos de entender la realidad y moverse por ella; Dependiendo del entorno en el que nos hayamos desenvuelto, algunos de estos modos pueden sernos más próximos, podemos comprenderlos y considerarlos, sin embargo esto no indica que sean los propios. Es por esto que debemos recurrir a la soledad y al discernimiento, pues es necesario encontrar la opción que corresponda con lo que realmente somos o aquello que realmente queremos llegar a ser.

Cuando sostenemos la balanza, nos reencontramos y sopesamos los valores que elegimos para dirigir nuestro tránsito por esta vida, nuestro discernimiento se encarga de guiarnos más allá de las circunstancias concretas, de las emociones y razonamientos ligados a un momento o una vivencia que, sin duda, pasará. Recordemos aquí, una vez más, que lo que importa no es lo que sucede, sino lo que hacemos con ello, el modo en cómo lo digerimos y transformamos, si lo usamos para nuestro bien o nuestro mal. Nuevamente, no se aceptan excusas.

Cuando no somos capaces de percibir estos momentos clave, a pesar de su aspecto cotidiano, ni tenemos conciencia de nuestra capacidad y libertad de elección, corremos el riesgo de "cambiar nuestro oro por peltre", como dijera Crowley (2), esa misma vieja trampa en la que cae el hombre que, cegado por la desesperación, vende su espada a un bandido, sin ser capaz de preveer que en el momento en que la espada esté en poder del bandido, éste la empleará para recuperar el oro que pagó por ella.

Lamentablemente he visto caer a muchas personas, capaces de superar pruebas más complicadas, en esta trampa aparentemente sencilla. No soy capaz de imaginar un final más desgraciado en el historial de un brujo que el terminar convirtiéndose en aquello que más detesta. Como en una tragedia clásica las cosas más simples se complican hasta llegar a un punto de no retorno que sólo trae sufrimiento a todos, despertando la conmiseración del espectador. Tal vez por esto, aún en circunstancias tan censurables, sostengo la idea personal que debe haber un camino de regreso desde lo profundo del infierno, por difícil que sea, y si bien los que cayeron nunca emergeran como la persona que un día fueron, puede guardarse una brizna de esperanza por su ser.

No importa cuales sean las circunstancias, su urgencia , su gravedad, las emociones que despiertan en nosotros o lo que digan las voces que nos rodean, hay decisiones demasiado importantes para dejarse distraer por este tipo de ruido de fondo sobre el que es necesario elevarse para ver con claridad. Que el momento surja de la maraña de lo cotidiano no implica que su naturaleza sea común, y lo que hay en juego tiene la importancia necesaria para lograr que detengamos el mundo y robemos tiempo al tiempo si es preciso, para ir a la búsqueda de lo más alto o más profundo de nuestro ser y encomendarnos a ello aún sumidos en la más oscura de las tribulaciones.


Notas:

(1) Acerca de la imagen:
Una mujer encinta situada ante una mesa llena de joyas, sostiene una pequeña balanza con gesto reflexiva; Desde una ventana superior un rayo de luz ilumina el rostro de la mujer, así como el cuadro del Juicio Final situado al fondo de la escena doméstica. Entre las interpretaciones que he leído de la obra, destaco la de L.G.Pineda .

(2) Ambos ejemplos son mencionados por Aleister Crowley en su novela "La hija de la Luna" (Moonchild), publicada en español por Humanitas en 1999. Cómo no tenía acceso a dicha publicación, hice la traducción recientemente publicada en Ouroboros Webring del fragmento a partir de una edición PDF en inglés de la OTO (p. 297-300).

viernes, 4 de junio de 2010

Etapas


Así como toda flor se enmustia y toda juventud cede a la edad,
así también florecen sucesivos los peldaños de la vida;
a su tiempo florece toda sabiduría, toda virtud,
mas no les es dado durar eternamente.
Es menester que el corazón, a cada llamado,
esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo,
esté dispuesto a darse, animoso y sin duelos,
a nuevas y distintas ataduras.
En el fondo de cada comienzo hay un hechizo
que nos protege y nos ayuda a vivir.

Debemos ir serenos y alegres por la Tierra,
atravesar espacio tras espacio
sin aferrarnos a ninguno cual si fuera una patria;
el espíritu universal no quiere encadenarnos:
quiere que nos elevemos, que nos ensanchemos
escalón tras escalón. Apenas hemos ganado intimidad
en un morada y en un ambiente, ya todo empieza a languidecer:
sólo quien está pronto a partir y peregrinar
podrá eludir la parálisis que causa la costumbre.

Aún la hora de la muerte acaso nos sitúe
frente a nuevos espacios que debamos andar:
las llamadas de la vida no acabarán jamás para nosotros...
¡Ea, pues, corazón arriba! ¡Despídete, estás curado!

Hermann Hesse, 1941