viernes, 13 de marzo de 2009

Aprendemos tarde, pero aprendemos

Según cuenta Plutarco en sus "Vidas paralelas", un patricio romano llamado Publio Clodio Pulcro, dueño de una gran fortuna y dotado con el don de la elocuencia, estaba enamorado de Pompeya, la mujer de Julio César. (...) En cierta oportunidad, durante la fiesta de la Buena Diosa -celebración a la que sólo podían asistir las mujeres- el patricio entró en la casa de César disfrazado de ejecutante de lira, pero fue descubierto, apresado, juzgado y condenado por la doble acusación de engaño y sacrilegio. Como consecuencia de este hecho, César reprobó a Pompeya, a pesar de estar seguro de que ella no había cometido ningún hecho indecoroso y que no le había sido infiel, pero afirmando que no le agradaba el hecho de que su mujer fuera sospechada de infidelidad, porque no basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo. La expresión, con el tiempo, comenzó a aplicarse en todo caso en el que alguien es sospechado de haber cometido alguna ilicitud, aún cuando no hubiera dudas respecto de su inocencia, en la forma "No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo".
Fuente: Wikiquote
Escribo estas líneas tras una ración doble de "cruda realidad". No estoy segura de que las lecciones más importantes se nos racionan cuando nos encontramos en el fondo de un pozo, porque es el alimento que corresponde a la situación.
A veces caemos en él de golpe, después de tropezar por tontos o descuidados, o bien después de que nos empujen, que también sucede. Otras, el proceso es más largo, uno transita alegremente su camino y, como en una pesadilla, las sombras se extienden lentas. Sin habernos dado cuenta, derrepente ya ha oscurecido tétricamente, y vemos árboles cenizos y desnudos, con ramas como garras que tratan de arañar un cielo cubierto de nubes... pero del camino, ni rastro. Está la opción de gritar, pero nunca podemos estar seguros de si llegarán antes los refuerzos, o los predadores.

Sientáte un rato a pensar, y no te aprisiones más encallándote en cuestiones del tipo ¿Porqué a mí?, ¿Porqué ahora? ... Podemos creer en la idea de Justicia; pero no podemos pretender que el mundo sea justo, al menos no en la escala personal y directa que usualmente se le da al término.
Basta plantearse, por un momento, cuestiones cómo la de la explotación infantil; Una parte considerable de la humanidad es consciente de que no se debería permitir, pero incluso cuando se prohibe "en papel" sigue funcionando en la realidad.

A veces es saludable evitar ser receptores de demasiada información de "actualidad", en la medida en la que pueden influir demasiado en el modo en cómo construimos nuestra percepción del mundo. Otras veces, es uno de los modos de contrastar esta percepción nuestra de la realidad con las del resto de la población con la que tenemos que convivir.
En las últimas semanas, leyendo las notas de algunos periódicos, me he encontrado con actitudes completamente irracionales respecto a la justicia. Aquí y allá, una muestra tras otra de que tan horrible es brutalidad del hombre supuestamente civilizado, que usa la "razón" para encontrar justificaciones a cualquier cosa, como la de aquellos que pretenden moverse por la necesidad del instinto, pero en realidad confunden éste con cualquier tipo de condicionamentos domésticos, sólo por tratarse de respuestas automáticas. Muchas de estas personas pensarán y hablarán acerca de "ideales", que a la hora de la verdad no serán capaces de cumplir. Otras, ni se lo plantearán. Creo que prefiero a las segundas.

Es tan importante hoy como lo fue en el albor de los tiempos, para cualquier ser vivo, conocer el terreno en el que uno debe conseguir sustento, cobijo, y una gran parte del resto de sus necesidades básicas. Esto incluye también conocer el modo en que viven el resto de habitantes, los que se parecen a nosotros, y los que no.
En cualquier comunidad humana, siempre hay unas reglas que no tienen porqué coincidir con las que se escriben. Siempre, bajo una atmósfera de nubes ideales, el método real de funcionamiento prosigue incansable su tarea, sin que se le preste demasiada atención. Nos guste o no lo que veamos, no podemos evadirnos eternamente. No podemos, tampoco, pretender cambiar nuestro entorno, a menos que nos demos cuenta de que todo aquello cuanto tenemos a nuestro cargo, somos nosotros mismos.

Y sí, hay situaciones que no son "personalmente justas", como verse acosado por falsas acusaciones, que en las condiciones adecuadas llegaran a calar en nuestro entorno, y tras mil repeticiones, parecerán tan reales que uno llegará a plantearse si, al fin y al cabo, no es esa la realidad, si no se habrá enajenado sin darse cuenta. En no pocas ocasiones, este tipo de presiones tienen como resultado las autoinculpaciones, por parte de los inocentes.
Otra variante es cuando se acusa a alguien de algo que, en sí, no es reprobable... como si derrepente se llegara al acuerdo tácito de que comer chocolate, sola y exclusivamente en el caso particular del acusado, es un crimen peor que abrirle la cabeza a alguien con un hacha. ¿Qué tiene que decir el acusado? ¿Que se arrepiente de haber comido chocolate? ¿Qué pasa con cualquier otro que coma chocolate? ¿Qué pasa con el abrecabezas?

¿Dónde esta la Justicia?
... Tratando de ocuparse de asuntos más importantes que tu particular desgracia. La justicia al nivel que se necesita, no cae del cielo, es obra humana... va escasa, y seguro hay gente más necesitada de ella que tu.
¿Dónde está la cordura?
... Siempre, en lo más básico.
Por ejemplo; Tal vez cuando varias personas que no tienen porque ser malintencionadas señalan que algo va mal, el problema no está precisamente en comer chocolate. Contrasta percepciones, ten en cuenta sus posibles prejuicios, y ten en cuenta también los que puedas tener tu.
Otro ejemplo; Si no consigues sobrevivir, no vas a poder hacer mucho más.

El humor es lo último que debería perderse, no la esperanza. A menudo cuando la hoguera de la esperanza se apaga ahogada por lágrimas y lamentos, las malignas divagaciones y ocurrencias de un humor negrísimo, aportan una perspectiva no contemplada antes, quitan importancia a los demonios que nos apresan, despersonalizan el tema cómo si no fuéramos nosotros los que estamos entre sus garras, y dan sin pretenderlo con la manera de encenderla de nuevo, ver el camino y liberarnos de una vez.

Falta justicia en el mundo, y a menudo, faltan tantos instintos como razones dignos de ese nombre. Pero hay también espacios más seguros que otros, y si no nos hemos equivocado demasiado en nuestras elecciones, también hay en quien se puede confiar. Y, sobretodo, está uno mismo.

Volvemos al escenario de pesadilla, al bosque oscuro, al fondo del pozo en el que nos encontramos, tal vez no como castigo, sino como oportunidad para "reflexionar"... recordando cuando uno solito se metía en el armario para hacerlo. Se enciende la hoguera, los peores de los demonios se van, el camino se divisa de nuevo... ¿y ahora que? Espera un largo camino hasta casa, y las oportunidades no son infinitas, porque nuestro tiempo no lo es. ¿Cómo nos aseguramos de no extraviarnos de nuevo?
Hay una manera de llamar a nuestra parte custodia -la que guarda aquello de valor que hay en nosotros, cuando nosotros mismos lo ponemos en peligro- sin atraer la atención de los depredadores, que consiste en tener claro lo que se quiere, aquello a lo que elegimos enlazarnos, soltar lo que sea que carguemos y avanzar siguiendo ese hilo, sin temor.

Otros tienen otros métodos. Ese es el mío.

Cuando era mucho más joven, mis amigas me dejaban en custodia sus cajetillas de tabaco para que sus padres no las descubrieran. A mi ni siquiera me preocupaba tenerlas , porque, de hecho, no fumaba y no tenía porqué mentir, ni inventar excusas. Pero en casa pensaron que, lo lógico, era que sí lo hiciera. El asunto me enojaba sobremanera y, al final, la conclusión es que si te van a bronquear por algo que NO haces, tu no vas a perder demasiado haciéndolo. Y empecé a fumar, lo que no era precisamente nada bueno para mí. Hay advertencias que logran lo contrario de lo que pretenden, pero no deja de ser también el resultado de una conclusión de adolescente, más alejada del concepto de la responsabilidad por uno mismo de lo que se espera de alguien emancipado. Ya somos mayores para saber lo que queremos o no en nuestras vidas, y nuestras elecciones en consecuencia sí son algo que depende exclusivamente de nosotros.

Cada uno es completo, separado e independiente.


No puedo permitir que mi sangre se envenene, ni que se tiña del mismo temor, desconfianza o inseguridad que provoca que otros nos ataquen sin razones... uno no puede permitirse el lujo de convertirse en lo mismo que ha identificado como mal, porque ahí entierra su futuro.

Sé lo que quiero. Y sé que he estado esperando una respuesta que nadie podía darme. Y ya la tengo. En el fondo de escritorio, hay una imagen de Inanna. desde hace semanas. En mi mente, en un momento, como un rayo, recuerdo el descenso al Inframundo, y cómo la diosa es despojada de todas sus pertenencias, luego de su propio cuerpo, como es golpeada, humillada y castigada por su hermana Ereshkigal. Tchod. No se trata de un castigo, sino de una liberación; Inanna recuperó cada una de sus pertenencias al volver a la tierra, junto con algo mucho más valioso.

Falta una semana para el Equinoccio de Primavera. Y debo dar las gracias.

martes, 10 de marzo de 2009

De redes y anfibios

"Ya no ves a nadie. No sales de casa... Todo el día frente a la pantalla". Como viejas voces ficticiamente enterradas que resurgen al levantar accidentalmente una piedra con un pie, las palabras antaño tan familiares revuelan un instante ante nosotros, para alejarse después... -Lo cierto es que se encuentra de todo paseando por los lugares abandonados de la mente-.
Es paradójico cuando me sorprendo regañándome a mí misma; "Ya no te conectas al messenger. No escribes mails... Tienes el blog abandonado", y eso a pesar de tener la enorme suerte de que, las personas que me importan, están libres del peso de las recriminaciones absurdas que otros gustan de atesorar.

Las personas que me importan - tanto aquellas que conozco, como aquellas que un día conoceré - saben que nunca estaré realmente desconectada, si necesitan de mí. Saben, como yo sé, que más allá de esta reciente maravilla que conocemos como internet, hay otro tipo de redes, que siempre han existido, que tienen sus propios mecanismos y formas de funcionamiento, un tipo de conexiones que, a cambio de su "alternatividad" rudimentaria, nos ahorran el peligro de averías o saboteos.

En un FlashBack de 10, 15 o incluso algunos años más, puedo recordar exactamente qué sentía al buscar alguna estrella en el embrutecido cielo de la ciudad, tras el cristal empañado, en cualquier noche de invierno. O bien espiando el horizonte en el que el sol se hundía entre los suaves montes, coronados de aromáticas coníferas. Tratando de imaginar cuántos caminos posibles surcaban la tierra, cuántos caminos, invisibles como las rutas de las aves, cruzaban los cielos. Una mirada que era al mismo tiempo una llamada y una respuesta, prolongadas en el silencio, cuando los deseos de mi alma se envolvían suavemente con los tintes de lo inconfesable.

Aún desde aquella infantil soledad, guardándome de la desesperación, podía sentir el calor de otros compañeros, que debian estar esparcidos por el mundo, cumpliendo sus individuales destinos, soñando bajo el mismo cielo, trazando huellas sobre la misma tierra.
A veces la voz más cercana a nuestro verdadero ser es la que intuimos tras los renglones de un libro que alguien escribió muchos años antes de nuestro nacimiento. Así como se pueden trazar puentes y escaleras de palabras o imágenes que burlen no sólo la distancia sino el tiempo mismo; existen vínculos que se crean y mantienen sin a penas necesidad de pensarlos, con cada respiración, con cada uno de nuestros latidos.

En los últimos meses de mi existencia han sucedido muchas cosas - porque lo cierto es que "las cosas", tan empecinadas ellas, no cesan de suceder :P -. La mayoría de ellas se han querido acontecer en ese otro mundo que se extiende fuera del ámbito familiar, y fuera del medio más frecuentado, el de internet. Por un lado, una se encuentra como si redescubriera en plena mudanza un tesoro olvidado en el fondo de un cajón; por otro, había cosas que no recordaba cómo eran o funcionaban, y otras que, sinceramente, me encontraba por vez primera -algunas después de haber tratado de esquivarlas más años de los que debería estar permitido-.

Mucho que aprender, y aún más por digerir antes de poder retornar algo de valor a aquellos que consideran que pasar por Perroaullador y detenerse a leer no es una pérdida de tiempo ( o al menos no una completa pérdida de tiempo). Nunca antes me había sentido tan rejuvenecida, o nunca antes me había tocado retroceder, ya no a la casilla de una época o vivencia anterior, sino a aquella misma de la salida. Más o menos el paralelo es salir de casa con la idea de ir a un albergue a donar ropa y darse cuenta, al llegar, que nos hemos quedado desnudos... pero sin recordar el cómo (Recuerden niños: Nunca hay que infravalorar el humor divino).

La suerte es no espantarse de la propia desnudez, la suerte es sentirse tan cómodo con ella como cuando a penas levantábamos medio metro del suelo y nos dejaban corretear con los perros por el campo. La suerte es darse cuenta de que, aunque haya dos mundos llenos de cosas por descubrir, en los que podemos sembrar y recoger nuestra cosecha, en los que deberemos defender aquellas cosas que respetamos... las personas reales siempre son únicas, y los lazos que las pueden llegar a unir, trascienden con ellas la aparente dualidad, y el espacio, y el tiempo.

Así que... aunque me encantaría ser hiperproductiva, no es el momento. Tampoco se trata de un abandono; conociéndome, en cualquier momento se anima esto. Intentaré mientras tanto, aunque no sé si estará a mi alcance, que los posts no sean demasiado soporíferos...

Agradezco, una vez más, que todos sigaís no "aquí", sino "conmigo".

sábado, 7 de febrero de 2009

El Colgado

Entre los arcanos mayores, existe uno cuya aparición siempre consigue arrancarme una respuesta: “Oh, no”; se trata del Colgado que, en mi personal interpretación, viene a decirme que es el momento de armarse de paciencia, porque no hay nada que hacer por el momento. Un lapso de tiempo indeterminado – pero siempre excesivo a mi criterio – en el que permanecemos forzosamente paralizados, como si algo nos hubiera atado... Algo que puede resultar terrible si coincide con un momento en el que todas nuestras energías parecen despertar al mismo tiempo, y todo lo que desearíamos sería precisamente saltar y salir corriendo hacia allí donde las emociones nos señalan con la exigencia de un niño que no atiende a razones.
Sentimos, entonces que hemos caído – sin saber cómo- en una trampa, y nos preguntamos qué habremos hecho que sea tan malo como para vernos “castigados” de ese modo; cansados de forcejear con las cadenas que nos apresan, extendemos la conciencia de nuestros actos y pensamientos, buscando dónde está el error, qué es aquello en lo que hemos fallado, sin encontrar una respuesta convincente.

A pesar de esta sensata reacción ante la incomodidad, es muy posible que antes que un castigo o la consecuencia de un error, se trate de algo que, sencillamente, nos toca vivir en este momento. Una prueba que tarde o temprano debería llegar, y que es inútil tratar de eludir.
Como parte del aprendizaje constante al que nos somete una profunda conexión con la Vida, tarde o temprano llegará un momento en el que, para seguir el camino, deberemos deshacernos de parte de nuestro equipaje; lo cual no sólo incluye bienes materiales y vínculos emocionales, sino también en gran medida algunos de los conocimientos adquiridos con anterioridad.

En algún momento u otro de nuestra vida descubriremos que lo que hemos acumulado o aprendido ya no sirve. No significa que el bien o el conocimiento que ganamos, en ocasiones con verdadero esfuerzo, fuera erróneo sino, simplemente, que las condiciones o el medio han cambiado, o bien que nuestra persona y nuestras necesidades lo han hecho... lo cual es un claro síntoma de la fortuna de no estar muertos.
La Búsqueda es un verdadero viaje, a través de una infinidad de territorios, que pueden ser muy diversos; la moneda que es un tesoro en una región no ha de ser más que chatarra en otra. El aprendizaje consiste tanto en saber escoger lo más adecuado en cada ocasión, como en ser conscientes de lo pasajero de las circunstancias, de que lo que importa es aquello que en nosotros resiste por igual frío y calor, abundancia y escasez, sin que éstos puedan arrebatarle su esencia, o desviarlo de su propósito.

Hay trances y pruebas en la vida que no podemos evitar, pero sí elegiremos si nos damos por vencidos, resignándonos a lo que “nos ha tocado”, o si, por el contrario, enfrentaremos este cambio de condiciones que nos devuelve a la casilla de salida como un reto, y buscaremos el camino que esta vez sea necesario para reencontrarnos con el destino que un buen día decidimos forjarnos, negándonos a renunciar a él. Renovando nuestros votos, nuestro compromiso existencial.
En otras palabras; en algún momento u otro, por bien que hayamos hecho las cosas ( casi precisamente cuanto mejor las hayamos hecho), nuestra merecida corona rodará colina abajo desde nuestro cómodo trono en lo alto de la montaña, y nosotros tendremos que seguirla y meter nuestros regios pies en el lodo para recuperarla. Embarrarse los pies puede ser muy divertido, o suponer un mal trago, pero, en todo caso, lo importante es no olvidar que se trata de nuestra merecida corona, que aprenderemos a recuperar las veces que sea necesario.


No necesito hacer una lectura para que la imagen del Colgado aparezca en mi mente cuando ésta describe una situación en la que me encuentro. La parálisis puede manifestarse en nuestras vidas a través de una pérdida, una enfermedad o simplemente una sensación de que las cosas no están sucediendo como debieran; lo que antes funcionaba, ya no lo hace, y no entendemos porqué.
Es algo distinto de la hibernación, pues ésta nos impone la renovación a través del descanso físico y psíquico, del sueño durante el que recibimos de un modo maternal, subconsciente, los recursos y herramientas que más adelante deberemos emplear.
Las ataduras que señala el Colgado, por el contrario, nos imponen el estar despiertos y alertas, hasta que encontremos las herramientas o el camino adecuado para deshacernos de las cadenas que nos tienen presos. Necesitamos pensar, analizar, y saber redirigir las fuerzas que usualmente habíamos empleado de un modo determinado, hacia el nuevo procedimiento que sea necesario de acuerdo a las circunstancias, en lugar de permitir que, por inercia, se desvíen hacia nuestra propia destrucción ( que es lo que sucede cuando uno está demasiado aburrido, o desesperado).

Podemos haber aprendido, en el pasado, a escapar de una red, pero cuando damos con nuestros huesos en una jaula, no tenemos más remedio que calmar la rabia de estar encerrados, y no permitir que la impotencia nos ahogue, con el fin de observar cómo funciona el mecanismo de cierre, y luego proceder en consecuencia.
No significa que el haber aprendido a deshacernos de la red no haya servido de nada, nos sirvió en su momento, y seguramente pueda servirnos más adelante. Pero ahora lo que importa, la necesidad real, es salir de la jaula, y de poco va a servir desesperarse, menos aún desgastarnos, no hay otra opción que la de permanecer tranquilos y adquirir un nuevo conocimiento que nos permita, a través de su aplicación, recuperar aquello a lo que no podemos renunciar; que en este caso sería nuestra condición de seres libres.

Pase lo que pase, nuestra vida debe ser el resultado de nuestras elecciones, algo que recae por entero bajo nuestra responsabilidad personal. Por lo tanto, en una situación incómoda trataremos por todos los medios de no dañar aquel único elemento que puede recordar la forma que elegimos para dar a nuestra vida: nosotros mismos. Así, debemos confiar y ser conscientes de que las pruebas que superamos en el pasado no fueron “un golpe de suerte”, sino el triunfo de nuestra voluntad y capacidades; de que si lo logramos una vez, podemos volver a hacerlo. De que, el reencuentro con nuestra corona constituye no sólo un derecho inalienable, sino también un íntimo deber que el compromiso con nosotros mismos exige.
Cuanto antes nos tranquilicemos, antes dejaremos de enredarnos y empeorar las cosas, cuanto antes aprendamos a dejar a un lado nuestros prejuicios y condicionamientos adquiridos, antes llegarán a nosotros las nuevas soluciones que la situación presente requiere. Y aún cuando parece que no “estemos haciendo nada” , podemos, como en los cuentos, convertir esas energías que nos rebosan en una suerte de pequeños ratones asistentes, que roerán nuestras cadenas cuando no podamos mover nuestras manos. Porque, incluso cuando parece que todo está quieto, siempre hay algo que se mueve... los motores del mundo exterior y del interior siguen funcionando, y tarde o temprano veremos que, cuando un camino está cerrado, no falta un sendero alternativo, por más que sea un sendero bosque a través.

martes, 3 de febrero de 2009

Imbolg

What if you slept?
And what if, in you sleep, you dreamed?
And what if, in your dream, you went to Heaven
and there plucked a rare and beautiful flower?
And what if, when you awoke, you had the flower in your hand?
Ah, what then?

Samuel Taylor Coleridge


A mediados de enero se asomaban ya, las incautas flores del almendro.

Deambulando en un sueño que se prolonga más allá del despertar, las vi, asombrada, abriendo sus pétalos blancos y rosados entre las ramas oscuras, como si un enjambre de delicadas criaturas desperezara sus alas, tras un letargo que pareciera interminable, ensayando impacientes el movimiento, antes de emprender el vuelo...
A mediados de enero todo parecía ya preparado para la nueva primavera, y de las hojas muertas del otoño quedaba poco más que montones de polvo abandonados al olvido bajo la sombra de jóvenes tallos, de nacientes yemas, del revolotear de las mariposas, semejante al baile caprichoso de los lazos coloridos en la cola de una cometa.

Pueden hacerlo, aquí, en una tierra en la que la garra de las heladas de febrero no acecha. "Es el mismo clima, son diferentes los tiempos", cubierta por la fiebre, como si de una ligera capa de rocío se tratara, camino y observo, sintiendo el incómodo crujir de los ajustes de mi cuerpo.
Camino y permanezco atenta, cuando la ciudad que late bajo mis pies guía mis pasos abriéndome sus brazos en la soledad, susurrándome mil y una cosas que quedan por aprender acerca de este teritorio. Camino y permanezco en silencio, memorizando las lecciones; mientras siento vibrar la llamada de todo lo vivo a mi alrededor como un reclamo al despertar, con trazos de arena de colores las palabras se esbozan en mi interior, perdiéndose con el menor soplo de brisa, y volviéndose a trazar sin llegar a alcanzar una forma definitiva.

Como en un laberinto de espejos, muchos yoes se encuentran y se cruzan; el que acaba de abrir los ojos a un nuevo mundo, el que lleva en la sangre el ritmo de otra tierra, el que carga el pesado fajo de todo lo que otros esperaban de él, el que era incapaz de hacer nada que no quisiera hacer, el que se sentía viejo y cansado, el que siempre joven se maravillaba a cada instante... y entre tanto ir y venir me siento navegando de nuevo en un mar de posibilidades infinitas del que debo despedirme, una vez más, para despertar en la realización.

En una tierra en la que el sueño del invierno debe ser forzosamente ligero, a penas más largo que cualquier otro, he descendido en espiral hacia un centro ignoto, encontrando dispersas en la oscuridad alguna suerte de piedras mágicas, como fragmentos desprendridos alguna estrella resquebrajada, que aún brillan como en el día de su nacimiento. Con ellos he iluminado las húmedas paredes de las cuevas horadadas en mi ser, reencontrando los trazos de sus primeros moradores; y su alma a través de ellos. He recordado historias, que hoy puedo concluir, al fin, para emerger bajo el cielo azul, más ligera.

He dormido más de lo que debería estar permitido, porque a mi alrededor la primavera resuena con la potencia - y la impaciencia - de un poderoso cuerno de caza. Y he dejado media piel en el viaje de regreso, pero traigo conmigo tesoros que habrán de acompañarme, y serme útiles en una prolongada vigilia.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Solsticio de invierno

Desde la terraza contemplo las luces de la ciudad. Recuerdo por unos instantes un cuento en el que una sirena japonesa, sentada solitaria sobre una roca, se dejaba fascinar por el resplandor del puerto iluminado... Dos días más y serán seis los meses que llevo lejos de ese mar que nunca pensé que llegaría a extrañar.

Han pasado rápidos, tanto, que de no ser por lo intenso de lo vivido, me vería tentada a escribir que escaparon de mis manos. Pero no; en lugar de eso se han derramado sobre mi piel, cabalgado por mis venas, arremolinado en mis pupilas, evaporado en mis labios... dejando esa sutil pero permanente marca de su paso.

Hay un momento en el que sabes que no hay vuelta atrás; y otro en el que comprendes que - aún así, o tal vez precisamente por eso - siempre hay un refugio en el que tu ser respira sereno, sin percibir distancias entre aquello que es y aquello o aquellos a los que ama; "un lugar que no es un lugar".

Es preciso descender sin miedo a la cueva del invierno, acomodándose a esa oscuridad primigenia que acalla la agitación y el ruido. Llamar a la quietud para poder vernos - tal como somos-, en el negro espejo de las aguas subterráneas; entregarnos al silencio para no estorbar el lento florecer de esos sueños que envuelven y nutren la semilla de nuestra creación... Conservar la confianza en la promesa de que el nuevo sol resurgirá de la noche más larga, y podremos volver a jugar bajo su generosa calidez.

Pero no aún, no aún...

Y, con todo, hay todo un mundo aquí, bajo tierra, una miríada de universos, el mundo que llegó, para desintegrarse, el mundo nuevo que espera nacer; algunas cosas se pudren y deshacen para empujar hacia arriba aquellas que han de saludar a la primavera que vendrá. Nada se pierde. Unas viven dentro de otras.

No hay prisa.