jueves, 8 de mayo de 2008

Regeneración

CREÍ QUE TE HABÍAS MUERTO...

Creí que te habías muerto, corazón mío,
en Junio.
Creí que, definitivamente, te habías muerto:
sí, lo creí.
Que, después de haber esparcido el revoloteo púrpura
de tu desesperación, como una alondra caíste en el
alféizar; que te extinguiste como el fulgor atemorizado
de un espectro; que como una cuerda tensa te rompiste,
con un chasquido seco y terminante.
Creí que, acorralado por tus desvaríos, traicionado por
los todavías, alcanzado por las evidencias, exhausto,
abatido, habías sido derribado al fin.
Y contigo, se desvanecieron los engarces entre
sentimientos, imágenes, suposiciones y pruebas.
Se me fueron abriendo las costuras de la memoria: ya
me estaba acostumbrando a vivir sin ti.
Pero tus fragmentos estallados se han ido
buscando, encontrando, cohesionándose como gotas de
mercurio, sin cicatriz ni señal.
Y ahí estás, otra vez inocente, sin acusar enmienda ni
escarmiento, guiando, dirigiendo, adentrando en ti el
peligro, como si fueras invulnerable o sabio, como si,
recién nacido apenas, ya fueras capaz de distinguir, en
el mellado filo del clavel,
la espada.

Ana Rossetti

Fuente:www.amediavoz.com/rossetti.htm

martes, 6 de mayo de 2008

Recuerdos de Mayo

Hay mensajes que viajan a la deriva, como una flor roja en el cauce del río. Rescatada de la corriente por mi mano, la ajusto en mi pelo, y me llega el recuerdo de otros días de sol...

Una presencia sombría, acechando en el umbral, unas palabras dejadas ir al aire, como si mi oído no estuviera allí para beberlas... Como si mi espíritu no temblara cada vez que lo sorprendían, como relámpagos en el cielo oscuro, que deslumbran un instante y para desaparecer al siguiente, como si jamás hubieran sido. Una invitación intermitente, hacia regiones lejanas...

Atreverse a creer, o no hacerlo.

Y yo era tan joven que no tenía miedo de entregarme, por entero, a un sueño. Tan dispuesta que no sentía las heridas, o más bien, soportaba el embate de tus astas furiosas, cuando temías que lo que alimentabas como ambigua fantasía pudiera hacerse una realidad.

Aún sonrío.

No siempre nos hablamos bien, pero sé que nos llevamos bien, en el fondo, allí donde se entrelazan los hilos de un destino que no escojemos por completo. Como a los otros, te deseo la mejor de las suertes. Como a los otros deseo que no se haya extinguido el brillo en los ojos, que la vida no se haya convertido en una prisión. Que aún si la ceniza os cubre por completo, sople ese viento que tan bien conocemos, despertando los rescoldos; y os levanteis y salgais al mundo como las flamígeras criaturas que sois.

No importa que hayais olvidado, yo recuerdo por vosotros. No importa que no creais, yo creo por vosotros. En todo aquello que me contabais, sin la decisión de creer, sin dar el paso necesario hacia el vacío, la larga travesía de la noche oscura, el desierto.

No me pesa.

Es ya una ramificación de mis propias raíces, que aún en dias propicios sabe traer alimento a mi existencia. En algún rincón bajo el cielo aún estais, amigos o enemigos, en todo caso hermanos; yo no os busco ya... aunque tal vez nos volvamos a encontrar. Sino, encontrareis a alguna igual a mi, como yo encontré a quienes son vuestros iguales.

Tomará vuestras manos y os dirá que aquellas palabras descreídas se convirtieron con el tiempo en una especie de oráculo, que todo era real, y aún vive bajo la piel de los que están dispuestos a cobijarlo. Podreis entonces amarla u odiarla por ello, pero conscientes de nuevo, volvereis al principio de una historia que vale la pena vivir.

jueves, 1 de mayo de 2008

Víspera de Mayo

Salgo del trabajo echa sientiéndome como el protagonista del romance del prisionero,

Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor; sino yo, triste, cuitado, que vivo en esta prisión, que ni sé cuándo es de día ni cuándo las noches son, (...)

Mi prisión no está hecha de piedra o barrotes, es una red de tiempo preasignado a tareas pendientes y espacios cerrados ... de todo aquello que me separa de lo que quiero, y está cerca, pero aún no puedo abrazar.

Pero hasta en el muro más sólido, se abren rendijas, y puedo permitirme el lujo de desaparecer del mundo mientras regreso a casa andando, una hora o dos horas para mí. Sé a dónde ir, sé hacia donde caminar, incluso en esta gran ciudad, siguiendo la ruta custodiada árboles tan altos como los edificios a los que dan sombra y, sin embargo, parecen resultar invisibles para el que pasa bajo sus regias copas.

No es difícil encontrar el camino cuando tienes su olor en la memoria, cruzar el umbral por el lugar más insospechado, y adentrarte en ese otro mundo, que está aquí mismo. Aunque las aceras están llenas de transeúntes no andamos por el mismo suelo, en su lugar, algunos de los otros habitantes de la ciudad saludan en silencio desde lejos, cómplices, como viejos conocidos reencontrados.

Llego a las puertas de un lugar dañado, pero aún vivo. Un viento fresco ha despejado el cielo, de un limpísimo azul este mediodía; y el sol luce soberbio, filtrándose entre las hojas plateadas de los álamos, extendiendo su resplandor como un amante sobre el manto de hierba verde y brillante. Acaricia y calienta el lomo suave de piedra clara de las quimeras y dragones que vigilan desde las aguas, regios en esa inmovilidad que parece no tener que durar más de un segundo... y calienta esta piel mía que tanto lo ha añorado, encendiendo mis mejillas, dando nuevo brillo a mis ojos, que reverdecen como la vegetación circundante, enfrentando la amenaza de la ofensa, de la mutilación, del encierro y la extinción.

Hay un pacto secreto entre este mundo y mi corazón de fiera, que se entrega a él con devota lealtad, aún a escondidas de la conciencia. Mientras su belleza me colma sólo siento mis latidos con los suyos; no hay circunstancia ni persona que entre nosotros se interponga, ni me duelen los recuerdos, ni otra vivencia podría superar el dorado instante que reverbera en la eternidad.

Es amor. Es fuego.
Suaves pasos de leona.
Nos volvemos a encontrar.

Hablaremos del corazón y la piel, de los ojos y las garras. No puedo dar órdenes a mi corazón, no puedo pedir a mi piel que finja, ni a los ojos que me engañen, pero sí puedo controlar las garras.

No envidio a las personas a las que su corazón obedece, a aquellas que saben enmudecerlo, y toman las decisiones conforme a lo que creen que les conviene por intereses foráneos, personas que no respetan las señales de su piel, forzándola a caricias vacias. La fortuna es caprichosa, le importan bien poco nuestros planes; sabe derrivar aquello que parece más estable, de un soplo se lleva aquello que creíamos asegurado. Si traicionan su corazón por un bien pasajero, ¿qué les quedará cuando pierdan también ésto?

A mi nunca me faltará un hogar al que regresar.

Pido a mis ojos que sean sabios para ver la realidad más allá de la apariencia, de las proyecciones, libres del influjo del deseo y el temor. Y a mis garras pido que no sean caprichosas ni crueles, que guarden sus fuerzas y no me fallen cuando se haga necesaria una respuesta contundente y definitiva, limpia, sin arrepentimiento ni culpa.

Nadie me apresará.

La leona, descansando plácidamente, tendida en la roca; ser alimentado de sol y sangre. En algún un momento se levantara... irá a besar las aguas frescas con su lengua, roja inocencia entre las terribles dagas de marfil. O tal vez saldrá a acechar, silenciosa e invisible entre las matas, la presa escogida con suma sapiencia; luego una breve carrera, un golpe, un desgarro. Ninguna corrupción resiste su directa mirada sin abrasarse, nada puede detenerla salvo ese filtro preparado por los mismos dioses. Pero también es hermana, madre, cómplice.
Y aparece en el momento preciso.

lunes, 28 de abril de 2008

Tarde de lluvia con niña

Despierto de un modo automático, he dormido poco, abro los ojos y deduzco que el cielo está completamente nublado; empiezo mal el día.

Voy con prisa y, para no variar, las personas con las que me cruzo en el metro parecen ser precisamente aquellas que tienen la tendencia de ponerse delante de una andando despacito, o cortarle el paso... y si ya me ponen histérica los semáforos que tardan demasiado en ponerse verdes, esto... Grrr!
Y claro, el día que menos te apetece hablar, tienes a la jefa tras de tí tratando de iniciar una conversación tras otra, con el consecuente apuro de ver cómo estas mueren en el silencio, como volutas de humo que se deshacen en el aire...

Hasta que a media mañana decido regresar a casa, que es donde una debe estar en días así - en su defecto cualquier lugar donde estar calentito y solo para no ser molestados y no molestar a nadie-. Esperar a que llueva de una vez, respirar un poco, y tener una conversación conmigo misma acerca de lo que nos está pasando.

***

Una de las cosas más difíciles, al menos para mí, es el trato con el niño interior ... no dejar que se salga con la suya a base de berrinches y pataletas cuando se pone cabrito. Como sucede con los niños de verdad, no se le puede dar una paliza - aunque sintamos el impulso -, pero tampoco se le puede dar lo primero que nos pida, sólo para tenerlo callado.

Me doy cuenta de que hoy tengo la niña con una tremenda indigestión por haber engullido [el equivalente psicológico de] caramelos y dulces a dosis industriales, en parte proporcionados por mí como solución temporal, y en parte sustraidos por su propia mano aprovechando que estaba yo entretenida con otras cosas -tonta no es-.

Los niños son así... Y otro inconveniente que tienen es que cuanto más meten la pata, más difícil resulta ser firmes con ellos. No nos podemos aguantar la risa cuando con una genial ocurrencia y una práctica desinhibida decoran la pared del salon con ceras de colores, por más que la pintura para solucionar el desastre vaya a costar un dineral.
De hecho, ya que de todos modos lo tenemos que pintar de nuevo... nos apuntamos a la fiesta con unos garabatos propios y les damos las gracias y todo por darnos la oportunidad de jugar un rato.

Y a ver con qué ánimo les reñimos cuando los recogemos del suelo, ahogándose en llanto porque se han abierto esa dura cabecita... por hacer lo que les hemos advertido 1100 veces que NO hicieran. Pero en ese momento sólo piensas en asegurate de que la criatura esté bien, y lo que te preguntas es dónde estabas tú, no ella.

Pues con la niña interior es el mismo asunto. Aquí al lado la tengo, hecha un asquito, que después del último berrinche se ha quedado exhausta y no quiere más que cama "¡Estoy malita! Hazme caso, hazme caso, hazme caso, hazme caso...". No está enferma, está empachada, y yo le tengo dicho que no haga esas cosas, pero qué se le va a hacer.

No es tan difícil entender que a veces se desespera, cuando yo la llevo de un lado a otro, corriendo, elaborando listas de tareas y tachando pendientes por solucionar. Sé que hay cosas que echa de menos, que no pueden cambiarse por sucedáneos al alcance, porque le sientan terriblemente mal a ella, y me toca cargar las consecuencias a mí. Pero como ella no puede entenderlo en esos términos, repetirá el intento una y otra vez, hasta que lleguemos a un acuerdo.

La responsabilidad es, en todo caso, mía. Veré que tanto de trabajo puedo adelantar mientras duerme, y esperaré que mañana tenga mejor día. Por no estar atenta cuando correspondía, toca tarde de lluvia en casa... bueno, tampoco está tan mal.

viernes, 25 de abril de 2008

De libros, manuales, literatura y experiencia

Aquellos que hn leído los artículos de Perro Aullador (la web), o han estado en alguno de mis grupos, saben de mis exigencias acerca de las bibliográficas y las normas de transmisión de la información según cierto estándard académico, toda ellas adquirido en el tiempo que pasé en la universidad.
Y creo que es necesario conocerlas y darlas a conocer, puesto que queda mucho trabajo por realizar en ese aspecto, incluso dentro de las mismas instituciones que, se supone, deberían respetarlo.

Ahora bien, ese es sólo un aspecto de mi trato con los libros, la relación correcta a establecer con publicaciones tales como revistas especializadas, manuales académicos y obras de historia, antropología, y temas derivados.

En el caso del paganismo, lamentablemente, me da la sensación que la palabra "libros" equivale a los manuales o publicaciones de Buckland, McCoy, Cunningham y otros autores del sector... Digo, lamentablemente, no porque crea que esos libros estén mal en sí, sino porque al ser meras guías introductorias de las que no se puede sacar más que algunas directrices básicas. Desde luego, no se puede sostener una discusión académica basándose en ellos -para ser historiadora, por ejemplo, McCoy deja mucho que desear-.

Pero, más allá de eso, con ellos se no puede obtener una "experiencia lectora" de mayor nivel del que nos aportaría una "introducción al cultivo del huerto casero". Y ciertamente, aún hay paganos que creen que toda la formación requerida se puede alcanzar a través de esas obras, o de la misma red, sin que tengan que salir de sus casas (o, incluso, despegar el culo de la silla); pero es que la lectura de ese tipo de manuales, tampoco es lo que yo considero precisamente una experiencia literaria.

Hay otro tipo de publicaciones, otro tipo de lecturas, y un buen surtido de experiencias vinculadas a ellas. Hay libros, como los manuales, que son herramientas, que son técnicas; pero hay otro tipo de escritos que habla directamente a lo más profundo de nuestro ser, que llega al alma y la sacude, alterando nuestra percepción sobre la realidad circundante, que abre una grita en nuestras vidas, trazando con ella una línea entre lo que éramos y lo que somos... después de darnos cuenta de cómo algo que dormía agazapado en nuestro interior, se ha levantado, respondiendo al llamado de esas palabras que nos llegan como un hechizo de resurrección.

Hay libros que nos acompañan, cuando estamos aislados y todo en nuestro entorno nos hacen sentir como raros por aquello en lo que creemos o por la elección que tomamos; entonces la obra es un punto de encuentro con la voz del que escribe, y cada línea parece darnos aliento, animándonos a seguir. Aún separados por la distancia y el tiempo, no estamos completamente solos, alguien pensó eso que pensamos, alguien sintió algo parecido a lo que sentimos.

Hay libros que marcan una época muy concreta de nuestras vidas y luego dejamos atrás; y otros, inagotables, que releemos cada cierto tiempo, viendo en ellos algo nuevo acerca de la vida, y acerca de nosotros mismos; tomando conciencia de cómo han cambiado nuestras prioridades, nuestros deseos, metas o preocupaciones, nuestro modo de sentir.

Hay libros con los que dialogamos; leemos unas líneas, pensamos, respondemos, seguimos leyendo. Textos que nos enfrentan a lo que somos, como un espejo, nos guste... o no. Obras que vienen a apoyar nuestras teorías existenciales, otras que recuerdan aquello que ya sabemos pero nos cuesta aceptar, y que nos ayudan a aceptarlo. Porque un libro es paciente, un libro se muestra, puedes abandonarlo y volver a él, y allí estará esperando a que lo vuelvas a abrir, para hablarte en el silencio, en la intimidad que se crea cuando estás a solas y estás atento.

Hay libros sensuales, que nos hacen comprender o incluso adquirir maneras de percibir el mundo que ignorábamos antes de encontrarlos. Hay libros evocadores, que despiertan nuestros sentidos, que nos hablan acerca de la existencia de olores, matices de luz, tactos y sabores en los que hasta el momento no habíamos reparado, llamando la atención sobre ellos. Libros que nutren nuestra experiencia, tornándola madura como el sol a la fruta. Y aún nos enseñan el camino de interiorizarla, de llevarla bajo la piel, de hacerla tangible en nuestros pensamientos.

Es difícil, para el que no haya cazado libros, entender la alegría de un descubrimiento fortuito, o la responsabilidad que recae sobre ti cuando sostienes una excelente obra de la que sólo quedan circulando dos o tres ejemplares, o ya ninguno. O el placer de hacer llegar libros de una ciudad a otra, de un continente a otro; los libros adecuados a las personas adecuadas, como un insecto arrastra el polen o un ave las semillas.

Los buenos libros son un objeto de lujo, y aún en el plano más material es difícil describir lo que se siente cuando llega un libro muy esperado a nuestras manos, ese al que hemos seguido el ratro, ese que hemos esperado con la paciencia de un devoto. Ese libro cuya cubierta suave o ajada acariciamos con ternura; que abrimos ceremoniosamente sintiendo el olor de la tinta reciente, o de los años de encierro en los estantes de una vitrina o la humedad de una vieja caja abandonada.

Hay libros que nos lee nuestra voz interior como si alguien contara una vieja historia entorno a una hoguera, o como si una madre o una abuela nos susurrara un cuento antes de dormir.

Hay libros mágicos, porque en ellos se encierra la magia de las palabras, poderosa hoy día como lo fuera hace miles de años, capaces de abrir las puertas a esos otros mundos que están en este, pero no son manuales, ni académicos.

Son libros escritos por personas que vivieron y como naufragos de un tiempo y un espacio que lanzaran un mensaje al mar de las distancias, nos legaron esa experiencia, esa propia manera de percibir la realidad,exterior e interior. Es su voz interna la que nos llega, codificada en grafía, pero voz al fin, que revive al entrar en contacto, si sabemos ser buenos receptores.