,+Vaelia+Bjalfi.jpg)
domingo, 17 de octubre de 2010
A las puertas de Samhain
,+Vaelia+Bjalfi.jpg)
martes, 20 de julio de 2010
Exvotos
En "El poder de las imágenes: estudios sobre la historia y la teoría de la respuesta"(1), David Freedberg señala que desde el siglo VI la práctica de los exvotos fue criticada por sus orígenes paganos o bien por ser considerada una forma de superchería.
En el año 533 el Sínodo de Orleans impuso restricciones a todas las ofrendas realizadas con la esperanza de sanar o en agradecimiento por ello. Y poco después, hacia 587, el Concilio de Auxerre dejó claro al menos uno de los orígenes de esta costumbre cuando prohibió las expresiones de agradecimiento en fuentes y árboles sagrados o consagrados, para luego pasar a proscribir la manufactura de exvotos de madera. A cambió, recomendó que se hicieran vigilias en las iglesias y se entregaran donativos a los pobres. Más tarde, se sabe que San Eligio (m.661) ordenó talar los "árboles sagrados" y quemar "dondequiera que se hallasen" las figuras de pies hechas en madera "que se colocaban en los cruces de caminos". Además prohibió enérgicamente que se realizaran tales objetos.
David Freedberg, El poder de las imágenes. Estudios sobre la historia y la teoría de la respuesta, Madrid, Cátedra, 1992. p. 170
Los exvotos, además de una valiosa fuente documental para la historia de las mentalidades, y de las clases populares, son una manifestación clara de lo que lo que las personas de todas las épocas han hecho a pesar de las directrices que desde los centros de poder se ha pretendido imponer. La práctica de las ofrendas votivas implicaría también una relación directa, sin necesidad de intermediario alguno, entre la persona que realiza la ofrenda y la potencia que la recibe.
Obviamente las prohibiciones nunca sirvieron de mucho, y aún recuerdo cuando de niña se me ocurrió asomarme a la ventanita de una capilla del s.XVII que había sobrevivido en la ciudad. La única iluminación que recibía era la proporcionada por algunos cirios que flameaban en su interior, lo cual sólo hacía más tétrica la visión de las paredes de piedra tapizadas de brazos, piernas, cabezas, torsos y otras partes del cuerpo humano realizadas en cera, madera, metal o incluso plástico.
Sin embargo, aunque las partes del cuerpo humano sean una de las formas más usuales de los exvotos, lo cierto es que pueden adoptar una cantidad casi infinita de expresiones. A las figurillas hechas en cera o metal, se añaden posteriormente pinturas, y a medida que nos aproximamos a la actualidad también fotografías, collages y objetos de toda índole, desde material ortopédico (que gracias al milagro ya no se va a necesitar) hasta vestidos de novia, pasando por bicicletas.
La tradición de los exvotos pintados está muy arraigada en México. El "retablito" es una imagen de la escena del milagro, hecha o encargada por el receptor del mismo o sus allegados, a la que se añade una explicación escrita. En muchas ocasiones las imágenes y los textos llaman la atención por su inocencia, o por lo increíble de los relatos, y los favores agradecidos van desde auténticos "milagros" (personas que salvaron la vida o su integridad física en condiciones prácticamente imposibles como enfermedades graves, agresiones o intentos de ejecución), hasta situaciones que pueden parecer prosaicas (como la obtención de un crédito), faltas de ética (como que no se descubriera una infidelidad) o realmente divertidas ( como librarse de la persecución de unos extraterrestres).
Son varias las recopilaciones que se han hecho al respecto, actualmente en el Museo de las Intervenciones se expone bajo el título de "Los relatos pintados: la otra historia, exvotos mexicanos" una pequeña colección de exvotos populares que datan desde 1651 hasta la actualidad. Pero en el blog "La gracia de dar las gracias" (del que proviene la imagen de abajo), Selma Prieto ilustra cada uno de sus posts con un retablito, dejando patente la infinita variedad de imágenes que el género engloba.
lunes, 21 de junio de 2010
Adentrarse en el fuego
Cuando trabajamos con Magia la sala de máquinas de la realidad nos abre sus puertas, y tenemos acceso al entramado de hilos y nudos tras su tapiz. Es poco probable que tengamos el conocimiento necesario para manejar cualquiera de estos hilos sin modificar más de lo que nos habíamos propuesto en origen. Cuando tratamos de arreglar cualquier cosa sin el conocimiento necesario, podemos empeorar la situación que pretendemos resolver, o aún estropear algo que funcionaba bastante bien. Por esto en ocasiones resulta más prudente cerrar los ojos y confiar en la intuición, en la memoria que nuestras manos conservan de los procesos a seguir.
El mago o brujo comprende la necesidad de entregarse a las fuerzas más altas que se hallan conectadas a esta "punta de iceberg" que es la conciencia ordinaria. Podemos llamarlo Dios, o Dioses, o la Voluntad profunda de nuestro propio ser, pero en todo caso será preciso retener la idea de que esta potencia somos nosotros mismos. Tal como expresara Gibran Khalil: “(...)No debéis decir "Dios está en mi corazón", sino más bien "estoy en el corazón de Dios" ”. Es esta potencia la que tiene el conocimiento necesario para manejar sin riesgo alguno los hilos de la realidad, es la que sabrá darnos antes lo que realmente necesitamos que lo que somos capaces de formular como petición.
Todos hemos oído que en la magia todo tiene un precio, usualmente se hace uso de la expresión para referirnos a aquellas situaciones en las que un individuo cegado por la ignorancia o la desesperación se entrega a los aspectos más bajos de su lastimado ser. Sin embargo, el mismo principio funciona en la situación opuesta, cuando decidimos entregarnos a los aspectos superiores.
Lo más alto nos pide a su vez que seamos capaces de dejar atrás la vieja piel, la corteza o la crisálida de nuestro viejo ser, que seamos capaces de separar la escoria del oro para quedarnos con este último. Capaz de resolver cualquier situación del modo perfecto, nos empuja a dejar atrás todo aquello a lo que estábamos acostumbrados o acomodados, impulsándonos a abrazar la realización de nuestras necesidades, sueños y deseos más auténticos.
Sin embargo, a pesar de que la promesa de esta realización debiera resultar esperanzadora, a menudo la experimentamos como una tortura o incluso como un castigo. Esto es debido a nuestro apego a tantas cosas que, a pesar de ser manifiestamente disfuncionales, hemos conservado en nuestra vida, identificándonos con ellas. Por esto, al oír el llamado de nuestra voluntad más íntima, a menudo nos asustamos, nos parece que es demasiado pronto, o demasiado tarde, tratamos de negarla, sentimos que no estamos preparados para la tarea o la misión a la que somos llamados. No sentimos alegría por el crecimiento que nuestro ser experimentará a través de la experiencia, antes bien nos lamentamos como si fueran a arrancarnos un pedazo de nosotros mismos, a pesar de que éste se haya convertido en un lastre, en un peso sin el cual nos sentiríamos más libres, más capaces, más claros e, incluso, más felices.
Encontramos en este punto una perversión de la idea de lealtad, que si bien es correcta en ella misma, demasiado a menudo se vincula a un objeto equívoco. La única lealtad ineludible es aquella que nos debemos a nosotros mismos, a la inmensa realidad de nuestro ser completo, del mismo modo que nuestro primer y único deber real que tenemos en esta vida, en el tiempo que nos ha sido dado, es la responsabilidad sobre nosotros mismos y el pedazo de realidad que hemos contribuido a crear y que podemos mejorar. Aquello que otras personas puedan ser, o hacer, el modo en cómo gestionen su parcela es algo que nos está vetado. De este modo nosotros evolucionaremos en nuestra propia línea, y otros también lo harán, si de modo natural nuestros caminos se separan, no podemos hacer otra cosa que aceptarlo de buen grado, agradeciendo la experiencia compartida.
Entrar en contacto con la Magia, descubrir el puente que nos vincula con esta voluntad más alta o más profunda es jugar con fuego. Una vez iniciado el viaje, no podemos quedarnos a medio camino, será necesario seguir de etapa en etapa, trabajar de un modo atento, incansable, querer comprenderlo todo, y ser capaces de ver más allá de los límites de la estrecha perspectiva de nuestro ser consciente, de nuestros apegos físicos, emocionales e intelectuales. Si tratamos de escatimar nuestra ofrenda, con seguridad acabaremos atrapados entre dos mundos a los que jamás podremos pertenecer, terriblemente divididos en nuestro interior ( y tal vez a esto se refiere la expresión “nacido una vez y media”).
Una vez esta potencia interior despierta, no cesará de llamarnos a sí. Tarde o temprano llegará el tiempo de adentrarnos en el fuego por nuestros propios pasos, de permitir la quema y la reducción a cenizas de nuestro viejo ser, para emerger completamente transformados para nacer de nuevo a otro nivel, por nuestro mayor bien, pero también por el bien de la humanidad entera.
Es muy posible que no nos planteemos estas cuestiones cuando sencillamente prendemos una vela y pedimos por un trabajo, una pareja o un nuevo hogar. Es posible que un acto mágico aislado no tenga la fuerza suficiente para despertar esta potencia interna y que, en consecuencia, podamos mantener por muchos años el discreto desorden de nuestra cotidianidad. Hay pequeños dioses que nos ayudan a cambio de pequeñas ofrendas. Pero es igualmente posible que un día nos sorprendamos preguntándonos que se encuentra más allá de los muros de esta granja, que el resplandor del sol nos alcance y nos encante de un modo terrible y revelador. Para aquellos que han caído como enamorados del Arte, no hay otro camino posible.
A pesar de ello, al contrario de la idea generalizada acerca del tema, las increíbles transformaciones que se acontecen en nosotros mismos raramente son fruto de un solo impacto, sino que se llevan a cabo de manera gradual. A medida que avanzamos – y es importante señalar que aquí no se trata de los niveles dispuestos por una cultura o una escuela de conocimiento determinados, sino de algo tan natural como un río o una tormenta- cruzamos umbrales y fronteras que cristalizan como puntos de no-retorno. A menudo no podemos ver más allá de las limitaciones de nuestra perspectiva presente y cuando una visión del futuro cruza nuestra mente como un luminoso relámpago podemos concebir como “imposibles” situaciones que un día serán de lo más común en nuestras vidas.
Por esto no es necesario asustarse, o perder la calma, y de nada ha de servir tratar de correr y superar niveles – especialmente si se trata de escalones artificiales correspondientes antes a una construcción humana que a una realidad natural e ineludible -, pues las cosas se dan de manera espontánea, a su debido tiempo, del mismo modo que, a su debido tiempo florecen los árboles, maduran los frutos y finalmente se desprenden de las ramas.
Así las viejas partes de nuestro ser cumplieron su cometido, y ya caducas caen por su propio peso, desprendiéndose con suavidad. El Camino puede ser duro en ocasiones, pero especialmente cuando nos negamos a dejar ir aquello que ya no nos puede pertenecer. Lo único que podemos hacer al respecto, para evitar el sufrimiento innecesario, es no tratar de detener este flujo, esta corriente que nos lleva cada vez a una mejor versión de nosotros mismos. Renunciar a pagar nuestro precio, estancándonos, es posible: Significa optar por una muerte en vida, despreciando los tesoros que la existencia nos ha dado como una herencia.
viernes, 12 de febrero de 2010
Ofrenda de Ghi
Lo valioso no tiene porqué ser lo más caro, o más difícil de encontrar. Una simple piedra recogida en un lugar o fecha especialmente relevantes para nosotros puede ser más valiosa que una que sólo se encuentre en la cima de una montaña situada en las antípodas, o que una gema preciosa engarzada en la sortija de una joyería de lujo. Posiblemente nuestra piedra, tan similar a cualquier otra, lleva en sí una historia o una cadena de significados que sería demasiado larga de explicar, pero que la visión, textura o peso del objeto material resumen instantáneamente cuando lo sostenemos en la palma de la mano, o lo contemplamos en el altar.
Ofrendar implica darse cuenta que, en última instancia, realmente no poseemos nada más que ofrecer que nosotros mismos. ¿Qué podemos ofrendar a la Tierra, cuando cualquier cosa que pongamos sobre el altar proviene de ella? Llegamos a la vida sin nada, y nos marchamos sin nada... lo único que realmente poseemos, de hecho, es esa vida y lo que podamos hacer con ella. Cuando ponemos flores, o alimentos, o cualquier otra cosa entre nuestras ofrendas, sólo estamos dando las gracias por ellos, demostrando que hemos aprendido cuál es su valor real.
Cuando se acerca cualquiera de las festividades del ciclo anual, nuestra mente empieza a pensar en los colores, texturas, sabores, imágenes, sonidos, sensaciones, y demás elementos que van a formar parte de la experiencia de la celebración.
En mi caso, en esta ocasión, por más que el instinto mágico se viera saturado de nuevos conceptos y consideraciones, persistía el remanente de aquellas épocas en las que el nombre de “Imbolg” evocaba la luz de las velas, el blanco de la leche y su cualidad nutricia. Esto me dio la oportunidad de introducir entre las ofrendas un elemento realmente valioso, como es el Ghi.
El Ghi es una forma refinada de mantequilla, principalmente empleado en la India, tanto para el consumo alimenticio diario como formando parte de diversos rituales religiosos, teniendo un destacado papel en la medicina ayurvédica, es decir, tradicional hindú. Del mismo modo que podemos trabajar con los aceites esenciales de diversas plantas y flores, el ghi puede considerarse la “esencia” de la leche.
El proceso de elaboración del Ghi es muy sencillo, bastará con fundir unas barras de mantequilla sin sal en una cazuela, hasta que el líquido adquiera transparencia y una tonalidad cristalina dorada-rojiza , creándose un poso de partículas sedimentadas en el fondo de la cazuela. Antes de que este poso empiece a quemarse, verteremos el líquido en otro recipiente, sirviéndonos para ello de un colador de tela, preferiblemente de algodón. Si persiste la presencia de partículas, volveremos a filtrar el líquido las veces que sea necesario. Cuando se enfríe, adquirirá una consistencia sólida parecida a la de la mantequilla. Pero, a diferencia de ésta, si el ghi se guarda en un recipiente hermético, puede conservarse durante más de un año sin necesidad de refrigeración.
Como se decía al inicio, el Ghi tiene muchos usos. Se puede consumir como alimento, directamente, o ser empleado en el fritado. Cuando es empleado como aceite de masaje no se mezcla con otros aceites o esencias (es un aceite esencial en sí mismo). En sus usos rituales, el ghi se emplea en los baños rituales de los ídolos, se presenta en lámparas o es derramado sobre el fuego.
En referencia a este uso ritual, se ha dicho;
Concentrado de fuerzas vitales, la mantequilla simboliza todas las energías, las del cosmos, las del alma, las de los dioses y los hombres, que se supone que revigoriza, chisporroteando al fuego de los sacrificios. Todos los beneficios, espirituales y materiales se derramarán incrementados sobre el mundo como mantequilla líquida. Arrojada ésta en gesto ritual sobre la brasa, puede también evocar la plegaria, y en el espíritu de los creyentes se asemeja también a una fuente de energía sagrada capaz de levantar el universo.J. Chevalier ; A. Gheerbarant, Diccionario de Símbolos, Herder , Barcelona , 2003 p.688
Más allá del hecho que, hace algún tiempo ya, pude comprobar los efectos, como mínimo reconfortantes, de este producto, lo cierto es que el ghi, evoca tal multitud de significados, sensaciones y resonancias en mi persona que no estoy segura que sea transferible a otros mediante palabras, por lo que no puedo más que resignarme a recomendar hacer la prueba.
Para el pasado Imbolg, decidí emplear el ghi como combustible, que era el uso que me quedaba por probar - No está de más especificar que no era mi intención emular un ritual védico.- Para el experimento sólo fue necesario adquirir un trozo de mecha y reciclar un recipiente de cristal... Aunque como licencia estética adquirí también una pieza metálica, de las que se emplean en las lámparas de aceite. El proceso consistió en verter el ghi líquido en el recipiente de cristal, empapando un trozo bastante largo de mecha en él y dejándola caer hasta el fondo del recipiente. Después de varias pruebas me quedó claro que hay que dejar un trozo de mecha largo fuera del ghi, ya que para que queme correctamente el calor de la llama debe fundir parte del ghi, si éste se ha solidificado.


